Cornelio Hoppman
No comparto la opinión del Editorial de LA PRENSA del sábado 19 de junio del 2004, acerca de que los estados de la Unión Europea no comparten mucho.
Hay que echar un vistazo a mapas de los siglos XIII y XVIII para darse cuenta que la UE de ahora es la Europa católica-apostólica-romana, o sea el Occidente (dejando fuera por un momento la reforma protestante). Para completarla faltan solamente Croacia y Suiza. Y hasta Grecia y Chipre caben, pues durante siglos fueron parte del dominio veneciano o tenían nobleza franco-alemana.
Esta Europa reúne una tradición milenaria expresada en la tradición del derecho romano, la fe católica (y protestante) y el principio clásico del feudalismo germano que da origen a lo que hoy se llama “subsidiariedad” como principio abstracto, que poco tiene que ver con la encomienda española.
Hasta el siglo 18, cuando se crean los ejércitos permanentes y estables, había una Europa sin fronteras para sus ciudadanos —dejando los peones del campo afuera—, y se movían con familia y negocio de ciudad en ciudad sin importar nacionalidades. Es la Europa —salvo España, que eliminó la autonomía y autogestión de las ciudades en el siglo XVI, cayendo como último Toledo, en 1521— que tenía a las ciudades (de allí viene ciudadano) como eje principal de las relaciones socioeconómicas.
Hasta en los tratados de paz de Westfalia de 1648 se reafirma el concepto de Europa que es el territorio de aplicación de los mismos, y de algunos de sus principios como libertad de conciencia y del credo y culto privado, tolerancia religiosa en las ciudades autónomas.
Precisamente esta tradición ciudadana hace falta en Nicaragua. Quizás por eso desde aquí no se le nota como la “pega” sociocultural que sólo ha reencontrado su expresión política suprema en la UE, un poder central en base de la ley y el arreglo, sin capacidad de imponerse manu militari.