José Adán Silva
El amor puede estar ahí, al lado del volante; y de ahí, pasar a dormir contigo todas las noches para compartir esos momentos de rabia y dulzura que atañen a toda pareja común.
Dice que la conoció allá por el Instituto Manuel Olivares por 1996, vestía de colegiala, de azul y blanco, y era mucho más flaca de lo que luego se volvió. Eduardo Rodríguez, adolescente entonces que manejaba el carro Nissan de su padre, dice que sonrió levemente a la muchacha y le preguntó su nombre: “Carmen”, dijo ella, y regresó la sonrisa.
Sobre la marcha, hablaron un poco y él le preguntó que si siempre la podía ir a traer a esa hora. Ella le dijo que a veces salía más temprano, otras más tarde, y que no siempre andaba para pagar taxi. No hay problema, decime más o menos a qué horas salís y yo puedo venir a traerte cuando vos querrás. Ella dijo que no era necesario, que su papá la regañaría si la miraba llegar siempre en taxi.
Él no se dio por vencido y desde ese día inició un largo proceso de cortejo que duró dos años y que se extendió más allá del bachillerato de Carmen. Todos los días, al mediodía, él estaba ahí afuera, esperándola.
El caso es que el amor floreció junto a los pleitos de los padres de la muchacha por separarla del joven taxista, pues para ellos un taxista no es hombre que prometa dicha a una mujer decente. Eso a él le dolía, y por eso prometió ahorrar para comprar su propio auto, para tener con qué mantener a su adorada.
Un día decidieron fugarse. Todo lo que parecía posible de lograr con el amor que ambos se prodigaban, vino siendo misión imposible. El taxi no daba para mucho y él no había podido ahorrar lo suficiente para comprarse el suyo. Luego, con el primer embarazo, las cosas empeoraron. Ella ya no soportaba las influencias de su suegra en sus asuntos, ni las críticas del suegro sobre la mala suerte de su vástago, de lo cual la culpaba a ella por haberlo enamorado.
Ella quería más espacio, más intimidad con su pareja, libertad, y así, sin que lo notara, la añoranza por la casa materna ocupó sus sentimientos.
Y empezó a odiar el olor a gasolina, las ropas manchadas de aceite, las quejas sobre lo mal que está el trabajo, la falta de repuestos y todo lo que oliera a vehículos, a taxis…
Por eso se fue. Y atrás dejó la habitación que compartió con él, su poca ropa ya envejecida por tres años de vida en pareja y con la amarga sensación que dejaba un pedazo de su vida que fue un error.
Eduardo ahora ya tiene carro propio, un Hyundai; no habita en casa de su padre, tiene mujer y un hijo. Odió y lloró a su ex, sobre todo cuando se graduó de contadora y se casó con un señor maduro. Ella dejó la vida al lado del taxista, y mejoró su vida; él siguió en el oficio, con nueva mujer, pero sigue igual de pobre, oliendo a gasolina, con las ropas manchadas de aceite y quejándose de lo caro de los repuestos y de lo mal que está la vida.