Rafael Ibarguren
Siempre se ha considerado al corazón como uno de los más nobles órganos del cuerpo humano. Además de su función vital de impulsar la circulación de la sangre, se le atribuye reflejar los sentimientos y los afectos, los modos de ser y la mentalidad.
Más que una convención llena de sentido se trata de una atribución rica en simbolismo. Se habla de “corazón compasivo”, “corazón magnánimo”, “corazón duro”. Son expresiones corrientes que dicen mucho. Todos tenemos un corazón que no es la mera víscera anatómica sino el rostro moral y psicológico de nuestra personalidad.
Jesús de Nuestro Señor y Su Madre, la Virgen María, abrigaron en sus pechos corazones incomparables, insuperables, perfectísimos: el Sagrado Corazón y el Inmaculado Corazón o, sencillamente, como se los suele nombrar, los Sagrados Corazones de Jesús y de María. En estos días el calendario litúrgico nos propone esas inefables realidades, esas tiernísimas devociones. Son las fiestas del Sagrado Corazón de Jesús, ayer viernes 18 de junio y hoy la del Inmaculado Corazón de María.
De uno y otro corazón hace referencia explícita la Sagrada Escritura. Y la tradición y el magisterio de la Iglesia enriquecen e interpretan los tesoros que se encierran en estos dos corazones traspasados. Para no remontarnos mucho en el tiempo, digamos que en los albores del siglo XX la Virgen mostró su corazón a los niños de Fátima y manifestó el deseo del cielo de establecer en el mundo la devoción a su Inmaculado Corazón. Más tarde, en Polonia, en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial, el Señor de la Divina Misericordia se reveló a Santa Faustina ostentando su Sagrado Corazón y dando un mensaje de amor y esperanza a una humanidad que estaba hundiéndose en el odio y en el desánimo.
Algo que para las mentalidades contemporáneas —tan dadas al cálculo e insensibles al idealismo— puede parecer impropio y hasta exagerado, es que Dios se complace en perdonar, y que el mismo pecado cometido le da la oportunidad de manifestar su infinita misericordia. Sin el pecado, los destellos del perdón divino nos serían desconocidos.
La inocencia agrada a Dios. Mas la penitencia tiene un fulgor que llega a enternecerlo. Sin falta no hay redención. ¡Feliz culpa que nos mereció un tal Redentor!
Lo que más hiere al Corazón de Jesús no es el pecado; es que las almas no quieran refugiarse en Él después de haberlo cometido. ¿Qué sentido tiene que Nuestro Señor haya derramado hasta la última gota su preciosa sangre y que haya muerto por cada uno de nosotros pecadores, si no es porque nos ama, nos perdona y nos quiere salvar? Jamás comprenderemos a fondo esta verdad aunque los Evangelios sean pródigos en sugerirla: el buen samaritano, el hijo pródigo, las preferencias manifiestas por el publicano, por la oveja perdida, por la adúltera, por los enfermos, los pobres, los que lloran…
Donde está el Hijo está la madre. En los gozos de la Encarnación y de la infancia de Jesús, en las luces de su vida pública, en los dolores de su pasión y de su muerte, bien como en las glorias del triunfo, el corazón de María palpitó en el mismo diapasón que el de Jesús.
Hecha Madre de Dios en Nazareth por la embajada del ángel y Madre de los hombres por la voz de su propio Hijo en el Calvario, el corazón de María acoge a toda la humanidad e intercede por ella. Intercede con especial cuidado por los más necesitados, es decir, los más pecadores, los más recalcitrantes, por los últimos.
¿Será mayor nuestra maldad que el designio amoroso de un Dios y de una Madre? Lo que la razón comprueba con la fuerza del silogismo, el corazón lo acoge a ciegas, ¡es tan evidente!
Y si nuestro corazón, mezquino e imperfecto capta esa realidad esencial, ¿Qué decir del Corazón divino de Jesús, lleno de bondad y de amor, y del Corazón purísimo de Nuestra Señora? Ellos no perdieron ni sus penas ni su tiempo y tendrán la última palabra.
Del Corazón de Jesús muerto en la cruz brotó sangre y agua, brotó la redención. Nació la Iglesia inmortal y su ministerio de perdón y misericordia. Grandioso triunfó en medio de la desolación más absoluta.
A la humanidad de nuestros días que se debate en los escombros de las guerras y de los vicios, María le hace en Fátima esta promesa radiante: “Por fin mi Inmaculado Corazón Triunfará”.
Definitivamente, el corazón tiene un lenguaje diferente y a veces opuesto al de la razón. ¡Felizmente!
El autor es miembro de la Asociación de Fieles de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio
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