José Adán Silva
La Loma de Tiscapa, antigua y tenebrosa sede de las cárceles de seguridad de las dictaduras somocista y sandinista, tenía un ambiente festivo ayer: Sol radiante, jóvenes parejas mostrando su noviazgo en el césped; padres y madres caminando de la mano con sus hijos; niños jugando; risas, vendedores de helados.
Entre ellos caminó y, siempre sonriendo como político en campaña electoral, explicó su visita al lugar: “Vengo a demostrarle al pueblo nicaragüense que no hay necesidad de ser candidato a alcalde para cruzar Tiscapa”.
Era el diputado Tomás Borge Martínez, presidente de la Comisión de Turismo de la Asamblea Nacional, quien ayer mostró que a los 74 años muy poco se puede hacer en los deportes extremos como el canopy que desde hace dos semanas se practica en esta milenaria laguna de Managua.
RIESGOS QUE SON “PLACERES”
-¿No le tiene miedo a un accidente?
“Yo no sé si es peligroso, si así fuera no hubiese tanto joven cruzando esa cosa; además, a mí me gusta el riesgo; aparte vengo a demostrar que no es ninguna hazaña especial pasar esa cosa, como quieren hacer pensar algunos candidatos que andan buscando votos”.
-Pero es un riesgo, ¿o no lo cree así?
“No, esto es para demostrar que no hay riesgos, que no tiene ningún mérito cruzar eso”.
-¿Y no se requiere preparación física?
“No se necesita ni preparación física ni valor, pero aunque así fuese, yo tengo muy buena condición física y valor pues no sé si lo tengo, ustedes juzguen si alguna vez lo he demostrado”.
-La otra vez una señora se lastimó.
“Esto es un placer, y hay placeres que tienen riesgos. Además, durante toda mi vida he tomado riesgos más peligrosos que este jueguito. Aquí estuve nueve meses en una bartolina, incomunicado y torturado, y todo por una causa que sí era un riesgo”.
DIVIDIÓ A LA GENTE
Luego Borge estuvo unos minutos observando a los que se lanzaban y la gente, con suma curiosidad, no se iba en espera de ver al legendario comandante sandinista alzar vuelo a unos 70 metros de altura sobre la superficie de la laguna. Su presencia en el lugar provocó reacciones divididas: simpatías y antipatías.
“Ya vienen estos políticos a contaminar la laguna”, dice un señor por aquí. Otro, por allá, dice que ojalá se caiga el comandante, y una señora, más joven, responde que no, que se necesita mantener limpia de basura la laguna. Ambos estallan en risas. Alguien, molesto por los comentarios, se aleja del sitio.
Otros comentarios son menos políticos y pesados y giran más en torno a la edad del inusual diputado deportista y su imagen desgastada por el reloj: “no lo va lograr”, dice un vendedor. “Es más feo en persona ese hombre”, dice una joven señora, y un hombre, sin ningún respeto, grita desde la multitud: “Mejor cruce la laguna nadando”, y se oyen estallidos de risa.
Borge sonríe por la broma y dirigiéndose a los periodistas advierte: “En diciembre, cuando la laguna esté limpia, los voy a invitar a que me vean cruzarla”.
Ahora la gente se arremolina en torno a la estación y miran con atención la subida del último fundador vivo del Frente Sandinista.
Antes que él llegara, una adolescente esperaba su turno para subir, pero los guías e instructores le dieron la oportunidad al diputado.
Los padres de la chica, y unos cinco hombres más, protestaron: ¡Haga fila comandante! ¡No sea arribista, la muchacha estaba primero! El comandante sonríe y los ignora. Un señor serio, salta en defensa de Borge: “Es un diputado, hay que darle su lugar”.
¿Para qué habló? “No joda, que haga fila como la hacíamos en los años ochenta”; “como siempre, todo político para arribista”; “nunca se compusieron estos sandinistas”; “¡qué diputados jodidos más corruptos éstos!…”
Los comentarios cesan cuando ya el diputado está recibiendo las instrucciones y listo para saltar, asido del cable de acero y el rostro fruncido.
“Ya está”, le dice el hombre que le está poniendo los arneses y correas, y él, casco rojo, cinturón de doble fajilla, guantes de cuero y correas metálicas por todas partes, sube las gradas hasta la estación en forma de cabaña, desde donde ha de iniciar el salto.
Y salió. Todo mundo en silencio, siguiendo con la vista la trayectoria. Alguien dice por ahí, para que lo escuchen todos: “Va muy lento, se va a quedar a medio palo el viejo”. Y la advertencia se cumplió: como a los cien metros, el recorrido del diputado se detuvo, y quedó colgado entre las dos estaciones.
RISAS, APLAUSOS, ABUCHEOS
Entonces empezó otra vez el jolgorio y los comentarios picantes de la gente: ¡Que se suelte! ¡Que lo dejen ahí y lo vengan a traer mañana! A lo largo, se notaba el esfuerzo del diputado por tratar de hacer correr el carillo sobre el cable de acero, pero no lo lograba.
Menos de dos minutos después un guía se lanzó desde la misma estación de la que se tiró Borge, para rescatarlo. La gente desde arriba abucheó, aplaudió y río. Al llegar a donde estaba varado el antiguo guerrillero, el guía lo sujetó, lo acomodó como si lo acuñara en sus piernas y empezó a halar del cable. La imagen de un comandante avanzando en las piernas de un joven musculoso que lo rescataba, provocó ácidos comentarios entre la muchedumbre: ¡Hombre Tomás, ya viejo te jaló un chavalo! ¡Eso es lo que quería, que lo chinearan! Y las risas no cesaron hasta que otro guía acudió en rescate y lo logró subir a la próxima estación.
De ahí para allá, la travesía fue más sencilla. Al otro lado del cable de más de mil metros de extensión, un pálido diputado Borge justificaba el incidente: “No me dio miedo, me impresionó un poco, pero no me asusté”. Una vieja lesión en su hombro derecho, dice él, le impidió sostener con firmeza el cable y por eso detuvo. Pero lo volvería a hacer un día cualquiera. La gente seguía riendo.