Marcela Sánchez
Ronald Reagan es probablemente recordado en América Latina más como un implacable anticomunista que hizo lo que pudo —incluso fuera de la ley— para apoyar a los contras antisandinistas en Nicaragua y para fortalecer regímenes brutales en países como El Salvador y Guatemala, siempre y cuando permanecieran leales a su cruzada contra la influencia soviética.
Para Centro América, ¿fue el presidente número 40 de Estados Unidos un enviado de Dios que ayudó a la región a alejarse del destino cubano o, por el contrario, un destructivo intervencionista que no tenía ningún respeto por las soberanías? Independientemente de la respuesta, el hecho es que el apoyo de Washington durante los años de Reagan ayudó a avivar conflictos que dejaron a miles de personas inocentes muertas o huyendo de la violencia. Muchos de los que huyeron, vinieron a este país ilegalmente.
Pero en noviembre de 1986, meses antes de la peor crisis de su presidencia —el escándalo Irán-Contras— Reagan firmó la ley más radical de reforma a la inmigración en décadas que permitió que cerca de tres millones de inmigrantes ilegales se quedaran, trabajaran y, aún más importante, se hicieran ciudadanos.
El legado de Reagan para América Latina y para los latinoamericanos es contradictorio. Fue penosamente miope en algunas ocasiones y visionario en otras. Su cruzada contra el “imperio del mal” dejó una destructiva estela en Centroamérica, pero su optimismo hacia el individuo ayudó a abrir las puertas de Estados Unidos a millones de inmigrantes.
Mucho antes de que se le conociera como el gran comunicador, antes de que fuera el paladín del conservadurismo estadounidense, Reagan fue un hombre que “tomó riesgos”, al decir del biógrafo Lou Cannon. En 1932, a los 21 años, dejó su casa en Illinois y como muchos de Asia, Europa y Latinoamérica buscó mejores oportunidades en la tierra prometida de California.
Este “inmigrante” que se hizo gobernador contemplaría más adelante la idea de una “frontera abierta” con México. Martín Anderson ,asesor político de Reagan, recordó en una entrevista que un día a finales de los 70, cuando discutieron el tema de los mexicanos que cruzan el Río Bravo, Reagan jugó con la idea de que “no debería haber dicha frontera”.
Reagan nunca lo expresó en público exactamente en esos términos, pero la libertad de movimiento del individuo estaba en el centro de su ideal de una libertad más completa. En su discurso al aceptar la nominación republicana en julio de 1980, llamó a los Estados Unidos “isla de la libertad” donde gente que escapara de la opresión o el hambre podría buscar refugio. De nuevo en enero de 1989 en su discurso de despedida, Reagan habló acerca de Estados Unidos como una iluminada ciudad edificada sobre un monte y que abre sus puertas a quien quiera venir.
Ese era su ideal por lo menos. En 1986, la realidad política requirió que la amnistía para inmigrantes ilegales fuera complementada con la aplicación más estricta de las leyes de inmigración. La reforma aumentó la vigilancia en la frontera e incluyó sanciones a empleadores que contrataran inmigrantes indocumentados.
Los controles fueron ineficaces. Millones más cruzaron la frontera ilegalmente y nunca regresaron. Ciertas formas de amnistía han sido otorgadas temporalmente a varios grupos durante los últimos 10 años o más, pero otra amnistía radical y general es inaceptable políticamente.
El heredero político de Reagan, George W. Bush llegó también a su cargo con una idea optimista acerca de los inmigrantes y su contribución a la sociedad estadounidense y las empresas. Pero el 11 de septiembre movió una especie de palanca moral que convirtió al líder comprometido con buscar un acuerdo migratorio histórico con México en un líder cautivado por una concepción del mundo reducida a una lucha del bien contra el mal, donde los predicamentos de los individuos parecen olvidados.
El optimismo de Reagan sobre el individuo parece anticuado ahora, al menos cuando se considera a la inmigración a través de los ojos de la actual administración y muchos en esta sociedad. Reagan tenía una firme fe en el individuo sin importar de donde había venido. Hoy parece que todos los forasteros son sospechosos.
Leer el discurso final de Reagan como presidente es como redescubrir algo que perdió actualidad y está fuera de lugar en el clima actual. Es difícil creer que pronunció esas palabras apenas hace 15 años:
“He hablado de la ciudad iluminada durante toda mi vida política pero no sé si comuniqué bien lo que veía cuando lo decía. Pero en mi mente era una ciudad altiva y orgullosa construida sobre rocas más fuertes que océanos, golpeada por el viento, bendecida por Dios y colmada de gente de toda clase viviendo en armonía y paz una ciudad de puertos libres agitados por el comercio y la creatividad, y si tenía que tener murallas, las murallas tenían puertas y las puertas estaban abiertas a todo el que tuviera la voluntad y el corazón para llegar hasta allá.
“Así es como lo veía, y todavía lo veo”.