Alejandro Serrano Caldera
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Leopoldo Zea: Filósofo y maestro de América
Alejandro Serrano Caldera
Ha muerto Leopoldo Zea, el Maestro de América. Amigos nicaragüenses y mexicanos, discípulos suyos por el aula o por el libro, o por ambas cosas, me comunicaron la muerte del Maestro, ocurrida el 8 de junio en ciudad de México, a pocos días de cumplir noventa y tres años.
En mayo del año pasado y en ocasión de mi visita a México para participar en el encuentro “Tres espacios lingüísticos” promovido por la Organización de Estados Iberoamericanos, tuve ocasión de ver por última vez a don Leopoldo.
Giovanna y yo brindamos con él en su casa junto a María Elena, su esposa, filósofa, maestra e investigadora de la Historia de las ideas en América Latina y luego cenamos en Los Angelinos, cerca de la casa del maestro en donde en animada conversación presidida por su palabra, me insistía en que debía asistir a la reunión mundial de la Federación Internacional de Estudios sobre América Latina y el Caribe (FIELAC), la que se celebró en Japón en septiembre del año pasado bajo su venerable dirección.
Leopoldo Zea estuvo en Nicaragua para recibir el título de “Doctor Honoris Causa” que le otorgó la UNAN Managua durante mi rectorado y regresó a nuestro país en el año 2000 en ocasión de celebrarse en Nicaragua, en la UNAN Managua, el congreso de Solar.
La obra de Leopoldo Zea es una obra monumental de Filosofía de la historia y con ella se desarrolla en su forma más sistemática e integrada lo que se denomina la filosofía latinoamericana, alrededor de la cual se ha tejido un intenso debate de más de medio siglo, en el que figura como uno de sus momentos cumbres el acaecido entre el filósofo peruano Augusto Salazar Bondy, quien preguntaba y se preguntaba: ¿Existe una filosofía de nuestra América?, y, por supuesto, el propio Leopoldo Zea.
La identidad cultural, la propia realidad y la historia de las ideas, constituyen la raíz y destino del filosofar en América Latina y de ellas deriva su propia especificidad. La liberación es, por supuesto una condición expresada en la libertad de pensar abierto a todos los horizontes filosóficos, pero a partir de una realidad histórica como la nuestra, y de una determinada perspectiva cultural.
No se trata de mutilar la universalidad de la filosofía amurallando el pensamiento a una circunscripción espacio temporal, Zea nunca lo planteó de esa forma, pero tampoco se trata de pensar haciendo abstracción de la propia realidad desde la que piensa.
Conviene señalar que Zea dio un énfasis singular, pero no excluyente de otras formas de reconstruir nuestro pensamiento y realidad, a la historia de las ideas a través de una labor insuperable en la que creó una verdadera escuela, una epistemología y una legión de investigadores pertenecientes a muchas generaciones y a muchos países de América Latina y el mundo, agrupados en la Sociedad Latinoamericana de Estudios sobre América Latina y el Caribe (Solar) y en la Federación Internacional de Estudios sobre América Latina y el Caribe (FIELAC), ambas fundadas por él, así como numerosos centros de investigación en todo el continente, entre ellos, de especial significación, el CCYDEL de la UNAM.
El reconocimiento a esta enorme labor quedó evidenciado de manera especial, en junio de 1992 cuando México y filósofos e intelectuales de América Latina y de todos los continentes le rindieron un homenaje en ocasión de celebrar sus ochenta años. Todos, o casi todos, provenían de instituciones académicas, revistas especializadas y centros de investigación de las ideas, inspiradas en el pensamiento y las propuestas de Leopoldo Zea.
De esas bases sentadas por Zea, con sus continuidades y rupturas, identidades y diferencias, aparecerá en 1971, la filosofía de la liberación, intercomunicada con la teología de la liberación y cuyas figuras más destacadas, entre muchas otras, son la de los filósofos argentinos, lugar de nacimiento de esta propuesta filosófica, Enrique Dussel, Juan Carlos Scannone y Horacio Cerutti Guldberg.
Quiero cerrar este pequeño homenaje a Leopoldo Zea con dos citas que a mi modo de ver son especialmente claras y aleccionadoras: “La historia de la filosofía, dice, es precisamente la historia de los esfuerzos hechos por los filósofos para conciliar lo uno con lo múltiple, el individuo con su mundo, con la naturaleza y la sociedad de la que es parte ineludible”.
Y en otra parte, concretamente en su obra de 1949, Dos etapas del pensamiento hispanoamericano, del Romanticismo al Positivismo, nos advierte que “el pasado si no es plenamente asimilado, se hace siempre presente” y que “la historia no la componen los puros hechos, sino la conciencia que se tenga de ellos”.
* El autor es filosofo.