Mauricio Díaz Dávila
Se ha abierto en Nicaragua el debate sobre un proyecto político que emerge como una propuesta nueva, en base a la constatación del cansancio que le provoca a la nación el pacto y la inestabilidad política. Los primeros en criticarlo señalan que es el equivalente del Pronal que intentó crear el ingeniero Antonio Lacayo; otros, que busca la perpetuación del “bolañismo” en el ejercicio del poder. Que es un non nato y que de consolidarse duraría lo que el período gubernamental del actual Presidente.
La realidad es que urge algo nuevo en el país, que rompa las cadenas de la subordinación a dos “caudillos” y al control personal y partidario de las instituciones del Estado.
Para crear una alternativa se requiere de mucha sabiduría, paciencia y sobre todo despojarse de pretensiones mesiánicas o de perdonavidas de uno que otro dirigente. Asimismo, evitar la confusión entre los intereses del Estado y los del nuevo proyecto político, pues hacerlo equivale a dar un salto atrás en el tiempo.
Se necesita ir dejando atrás las pugnas del pasado y divisar los desafíos del futuro, teniendo presente que nuestro destino dependerá de la manera en que enfrentemos los retos presentes, pues avanzarán los países que hayan logrado desarrollar estrategias nacionales acertadas y quedarán a la vera del camino los que no se pusieron de acuerdo.
La capacidad para estructurar políticas de alianza que permitan el fortalecimiento de un nuevo proyecto requiere también de pragmatismo, de un liderazgo eficaz, creíble y que articule una visión viable, que dé fuerzas a una alianza eficiente, honesta y transparente capaz de vencer resistencias y de impulsar un programa de reformas estructurales venciendo los desafíos que se le opongan. En síntesis, una estrategia de construcción de capacidades.
Sin lugar a dudas que, hoy por hoy, un obstáculo determinante para el desarrollo democrático lo constituye la misma clase política y su visión —o miopía— del mundo, por lo que urge una transformación axiológica que garantice la gobernabilidad democrática, pues la gobernabilidad depende de la calidad de los liderazgos.
Citando a Charles Péguy y guardando las distancias del concepto revolución: “Toda revolución será moral o no será”. Esa lapidaria afirmación es fácilmente constatable en Nicaragua donde la revolución “no lo fue”.
El arte de gobernar requiere de un sistema institucional que permita el buen gobierno. Si las instituciones fallan obviamente el sistema no funciona adecuadamente, lo que exige su adecuación y reforma. En ese sentido el liderazgo es parte vital para el cambio institucional.
Un nuevo liderazgo requiere legitimidad, que nace de la visión que sobre el proyecto de nación asuman los líderes, que se fortalece articulándose con las necesidades más sentidas de la población y cuya fuerza emana de la credibilidad que el discurso y la acción (la praxis) arraiguen en el pueblo.
La legitimidad del liderazgo no depende del hecho de detentar el poder (todos los líderes son detentadores actuales o potenciales de poder, pero no todos los detentadores de poder son líderes), depende de la credibilidad y la confianza que inspira en sus bases y de la coherencia entre su decir y su hacer.
Una de las tareas más acuciantes para el nuevo liderazgo consiste en hacer ver su realidad política a quienes creen estar ungidos, como individuos o como organizaciones, para “salvar” a Nicaragua porque poseen una franquicia partidaria, una personalidad jurídica, o una foto en los diarios locales. Ver, analizar, verificar, constatar le verdad de los hechos sociales sin obnubilaciones ni espejismos, pues son esos fenómenos los responsables de los desastres políticos de Nicaragua. Los síndromes napoleónicos, los complejos mesiánicos y la falta de comprensión de nuestra propia realidad partidaria conducen a pretender ser los grandes líderes sin los que ningún proyecto, ninguna alianza tendrá éxito. Pareciera que a algunos dirigentes hay que analizarlos no a la luz de las ciencias políticas sino de la psiquiatría.
Nicaragua se ha ido preparando, casi en silencio, para avanzar hacia la modernidad, por lo que los dirigentes tienen el deber moral de ser luz y guía, no lastre. En esa dirección se vuelve un imperativo trabajar por la creación de un nuevo proyecto político inspirado en los valores de la democracia, del humanismo y la solidaridad.
Los nicaragüenses, cansados de tener que escoger entre opciones desgastadas, deben ahora ser partícipes en la reconstrucción de la República. Para decirlo en palabras del Mártir de las Libertades Públicas, el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal: ¡Nicaragua volverá a ser República!
El autor es vicepresidente nacional del Partido Social Cristiano (PSC)