La muerte de un titán

Francisco Aguirre Sacasa

El fallecimiento de Ronald Reagan a la edad de 93 años ha dado lugar a un debate mundial acerca del hombre que fue el cuadragésimo presidente de Estados Unidos, y su legado.

Interesantemente, en su patria son pocas las voces que se han alzado en contra de Reagan. Tanto republicanos como demócratas se han unido para alabar al líder caído por sus logros. Y las cadenas de televisión norteamericanas al igual que los grandes diarios de esa nación —que suelen ubicarse a la izquierda del espectro político estadounidense— le han dado una amplia y positiva cobertura a su vida y logros. Por otro lado, la nación se preparó para enterrar al ex Presidente con honores fúnebres que pocas veces se han visto. Las ceremonias durarán prácticamente toda la semana y se llevarán a cabo desde Washington hasta California.

Todo esto se debe a una relación especial que existía entre el ex actor de cine que llegó a ser uno de los presidentes más admirados del pueblo norteamericano. Ese “conecte” —como decimos nosotros los nicaragüenses— hizo que le llovieran honores a Reagan en vida. El aeropuerto de Washington lleva su nombre al igual que el edificio de oficinas de gobierno más grande de Washington y el más moderno portaviones de la flota norteamericano que zarpó hace algunos días del puerto de Norfolk en su primera misión. Este último ejemplo es muy significativo ya que nunca en la historia de la Armada estadounidense había llevado una nave de guerra el nombre de una persona que aún vivía.

La veneración que Estados Unidos tiene para Reagan se debe, en parte, a factores personales. Era un hombre campechano, sencillo, un descendiente de irlandeses cuyo padre padecía de alcoholismo y que era de raíces humildes. Este “hombre del pueblo”, era, además, patriota, optimista y dotado de un sentido del humor que desarmaba hasta sus más grandes adversarios políticos.

Pero todas estas bondades personales no explican la estatura que, con el tiempo, ha cobrado Ronald Reagan. Más bien se le considera un estadista porque basó su extraordinaria trayectoria política en tres sencillas pero poderosas ideas que lograron dinamizar y darle nueva dirección a un país que se encontraba desmoralizado cuando asumió la Presidencia a comienzos de 1981 por reveses como la derrota en Vietnam, Watergate, la crisis de los rehenes en Irán y una economía estancada que había sido afectada por las alzas de petróleo de la década de los setenta y una erosión en su capacidad de competir en un mundo globalizado.

La primera idea era que Estados Unidos era la nación más noble y poderosa del mundo y que sus mejores días estaban por delante. Para Reagan, el eterno optimista, era el “amanecer” del poder norteamericano, no el crepúsculo. Y el “gran comunicador,” como se le llamaba, logró infundirle su optimismo contagioso a sus compatriotas.

Segundo, identificó al exagerado tamaño del Estado, a los altos impuestos y al exceso de regulaciones gubernamentales como los responsables del estancamiento de la economía estadounidense y se consagró a reducir el papel del Estado y a recortar la carga impositiva que pesaba sobre la ciudadanía. Reagan orgullosamente proclamaba que el sector privado —no el Gobierno— era lo que había hecho grande a Estados Unidos y que sólo desatando al sector privado podría, de nuevo, realizar la nación su enorme potencial. Con estas convicciones, Reagan sentó las bases para el increíble período de ajuste estructural y crecimiento económico que ha vivido Estados Unidos en las dos últimas décadas y que han enmarcado la agenda económica de prácticamente todos aquellos países que han logrado crecimiento sostenido desde ese entonces.

Finalmente, Reagan era un feroz anticomunista cuya creencia en la libertad del individuo lo llevó a una confrontación con la Unión Soviética que terminó doblegando a lo que él llamaba “el imperio del mal” y acabando con la Guerra Fría. Un año después que Reagan completó su segundo período, cayó la muralla de Berlín. El totalitarismo comunista como fuerza —y amenaza— global desapareció y triunfó la democracia y la libertad en más de una docena de naciones que antes habían estado esclavizadas detrás de la cortina de hierro.

Por supuesto, el legado de Reagan es controversial en algunos países —como el nuestro— en donde la política internacional del ex Presidente chocó con el estatus quo y produjo enfrentamientos cruentos que fueron costosos y lamentables. Pero aún en Nicaragua, así como hay algunas personas que fustigan a Reagan, hay muchos —no, muchísimos— que le admiran y que consideran que él contribuyó a crear las condiciones que permitieron la democracia que ahora gozamos.

En su último discurso al pueblo estadounidense como Presidente a comienzos de 1989, Regan reflexionó que su objetivo había sido “transformar a una nación, pero que había terminado cambiando al mundo”. “No está mal”, observó, “no está mal del todo”.

¡Cuán acertado su valoración! Este hijo del pueblo, que gobernó con mucho sentido común y una visión optimista y estratégica que impulsó con determinación, pasó a la historia como un titán. Al igual que otros miembros de este selectivísimo club de estadistas —que incluye a Charles de Gaulle, Margaret Thatcher, Mijaíl Gorbachov y Deng Xiaoping— Reagan fue un trascendente agente de cambio en su país que tocó positivamente las vidas de sus compatriotas para generaciones.

El autor fue Canciller de Nicaragua

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