José Adán Silva
Recientemente me tocó realizar un ejercicio académico de prácticas de televisión, en el Laboratorio de Medios, de la Facultad de Comunicación de la UCA. El ejercicio, que me salió de improviso porque no estaba preparado ni designado para moderar en un debate de seis minutos, sería transmitido este mismo sábado en el programa Tele Vista, un esfuerzo enternecedor y jocosamente desorganizado de los estudiantes de Periodismo.
Ya me iba cuando una joven que hace de productora del programa, casi me asaltó: ¡Hey! José Adán, ¿querés ser presentador de mi sección? No sé en qué momento dije que sí, pero cuando lo dije olvidé por un momento mi miedo a las cámaras y sólo se me ocurrió preguntar cuál era el tema.
Me respondió que era sobre taxistas, usuarios, el problema del combustible y el mal servicio del transporte público. Me pareció buena idea y creo que fue mi principal aliciente para vencer por eternos cinco minutos el horror a luces y cámaras.
Y fue así que de pronto, maquillado y nervioso, me encontré frente a dos actores reales de un problema social cotidiano: el transporte público.
Ella, Miyali Payán, universitaria valiente para decir las cosas, y él, Roberto Gutiérrez, franco, ingeniero agrónomo obligado a ruletear para comer. Nunca había tenido la oportunidad de tener al mismo tiempo las dos caras del asunto. Y así comenzó el “debate”, y lo digo entrecomillado porque cinco minutos no bastan para escuchar los planteamientos de un debate verdadero.
Él, primero, que no todos los taxistas son criminales y que si muchas veces andan aprisa, es para ganar tiempo, montar más pasajeros y obtener un poco más de dinero, no por avaricia, sino por necesidad porque nadie se hace rico ruleteando. Que las cosas están mal en el servicio porque el combustible, de tan alto, ya parece satélite de la Nasa.
Y ella, es verdad que no todos son iguales, pero por lo general la mayoría son groseros, no respetan las leyes de tránsito y ponen en riesgo la vida de los pasajeros. Él, que es urgente que el Gobierno haga algo, congele los precios del combustible o por lo menos autorice el incremento del transporte diferenciado porque esto, ya no se aguanta.
Ella, es verdad que se debe hacer algo, pero para que un pasajero pueda pagar más, se debe mejorar el servicio, el trato al usuario, y garantizarle más seguridad, no más asaltos en los taxis. Él, que la seguridad no es cosa de los taxistas, sino de la Policía, porque han habido más taxistas asesinados que usuarios asesinados.
Al final, con la productora haciéndome señas que se agotó el tiempo, decidí terminar el programa y despedirme con una gran sonrisa comercial de pasta dental.
Una vez fuera de cámara, vi marcharse a mis entrevistados con un aura de satisfacción por un hecho tan simple: aunque sea por cinco minutos, alguien escuchó sus problemas. Cómo deseé tener una varita mágica o una banda presidencial para resolver sus problemas, pero recordé que las alturas me dan pánico y que, desde la cómoda silla de un avión, no podría escuchar sus lamentos. Así que opté por quedarme con las ganas de tener una varita mágica y mandar la banda a la basura.