Heracles (4)

Luis Sánchez S.

Al respecto de Heracles, el maestro, poeta y académico Guillermo Rothschuh Tablada me hizo recordar lo que el insigne literato nicaragüense, Salomón de la Selva (1893-1959), escribió sobre la mitología griega, y específicamente acerca de Hércules como se llama en la mitología romana al gran héroe mítico de los antiguos griegos.

Ciertamente, en su obra titulada Ilustre familia Salomón de la Selva describió de manera singularmente brillante el mundo mítico de los dioses y héroes griegos. Y le dio a su narración un profundo sentido pedagógico al presentarla en forma de los (siete) tratados: 1. Tratado del amor, la política y la religión; 2. Segundo tratado de la política; 3. Segundo tratado del amor; 4. Tercer tratado de la política; 5. Tratado de la lujuria; 6. Tratado de la moral; y, 7. Tratado de la belleza, de la guerra y de la muerte.

Es en el tratado de la lujuria que Salomón de la Selva llama “el décimo tercio trabajo de Hércules”, en el que el gran poeta y erudito nicaragüense narra la impresionante hazaña sexual de Heracles. Y precisamente por eso tituló Tratado de la lujuria ese capítulo de Ilustre familia.

Cuenta De la Selva que después de matar al gigantesco león del monte Citerón, que aterrorizaba a los habitantes de Tespia y devoraba el ganado del rey Tespio, el monarca agradecido, también deseoso de que el semi-dios le diera un nieto, le dio en ofrenda sexual a sus cincuenta hijas doncellas, las hermosísimas Tespidas.

Y así, una por una fueron pasando, durante una sola noche, por el lecho de Heracles, y perdiendo su virginidad, todas las bellas y virginales Tespidas: Polycasta, Nike, Glycera, Graya, Lalage, Alcyone, Neda, Maira, Fòloe, Clyte, Adesia, Septeria, Estèropa, Plinteria, Foronee, Dorichia, Phaenna, Ariona, Deiìdia, Brima, Cleodora, Althea, Euriganeia, Agallis, Ardota, Inaca, Lyca, Nausìthoa, Esquìmforia, Gygas, Jacinta, Leuke, Kèrite, Eurifilia, Elocia, Glauca, Deidamia, Crisa, Lyssa, Pirena, Oreada, Thalassiana, Xutha, Trissauleya…

Por fin, le tocó el turno a Leda, la menor, tan sólo una niña que “temblaba de miedo y parecía que iba a desmayarse”, narra De la Selva. Y agrega que, entonces, Polycasta, la hermana mayor y la primera que había sido desflorada por Heracles, sustituyó en el lecho a su aterrorizada hermanita, para ser poseída por segunda vez por el infatigable hijo de Zeus y Alcmena.

Pero el héroe no se dio cuenta del engaño debido a la oscuridad que reinaba en el aposento. Pero además él nunca se dio cuenta que había pasado por las cincuenta vírgenes hijas del rey Tespio y de la Oceánida Eurysthemys; siempre creyó que sólo había poseído, cincuenta veces durante la misma noche, a Polycasta.

Y cuenta De la Selva que Heracles, al llegar el día “que ya brillaba esplendoroso —porque grande era la alegría de Júpiter (Zeus) por la potencia de su hijo— se alzó del suelo (al que había caído al llegar al éxtasis con Polycasta) y sin despedirse de su huésped cargó su león y su báculo de caminante y salió del palacio de Thespio, y abandonó la ciudad amada por los dioses excepto sólo de la implacable Juno (Hera), y se volvió, tristón y fatigado, a la compañía casta de sus maestros, los Centauros, en Tesalia boscosa”.

(Otros autores aseguran que en realidad Heracles poseyó a las 50 Tespidas no en una sola jornada sino en cincuenta noches consecutivas. Y que cada una de ellas tuvo un hijo de Heracles, de manera que Tespio pudo tener cincuenta nietos varones)

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