¿Es positiva la cooperación externa con Nicaragua?

José Luis Medal*

La pregunta parece inadecuada. Nicaragua vive de la cooperación internacional y si ésta se suspende, el país caería en una profunda postración económica de consecuencias impredecibles. La ayuda externa financia cerca del 80 por ciento de la inversión pública y gran cantidad de proyectos de los ONG y parte del déficit comercial. Sin embargo, algunos aspectos de la cooperación internacional han sido negativos. El principio de que se debe “enseñar a pescar y no regalar el pescado” no se ha aplicado en Nicaragua. Como resultado, después de más de veinte años de recibir ayuda externa, no se ha superado la dependencia de la cooperación internacional.

En el período 1950-78 Nicaragua no dependía de la ayuda externa. Esa dependencia surgió en la década del ochenta, bajo el gobierno sandinista. En ese período, la producción y las exportaciones decayeron y el país fue mantenido artificialmente por los flujos de cooperación proveniente principalmente de los países del desaparecido bloque socialista. Durante los ochenta, Nicaragua recibió cerca de mil millones de dólares anuales de cooperación. Esa ayuda fue negativa. Sirvió únicamente para prolongar el conflicto bélico. Por sí sola la economía nicaragüense no tenía la capacidad de soportar la larga guerra de los ochenta.

De 1991 al año 2003 Nicaragua aplicó políticas de ajuste estructural y recibió un promedio de cerca de 500 millones de dólares anuales —más de 6,000 millones de dólares— en cooperación internacional. ¿Cómo se explica que después de más de una década de significativos niveles de ayuda, Nicaragua siga enteramente dependiente de la cooperación internacional? ¿Por qué las políticas de ajuste estructural no han podido construir una economía que se valga por sí misma, a como lo era Nicaragua en el período 1950-1977 cuando no se dependía de la ayuda internacional y la producción y las exportaciones eran el motor del crecimiento?

Las explicaciones son diversas. La economía estaba virtualmente destruida en 1990. A partir de ese año la ayuda internacional ha contribuido de manera determinante y positiva en el proceso de reconstrucción económica. Con la cooperación externa se ha rehabilitado en algún grado la infraestructura de transporte, se han construido escuelas y centros de salud y se han creado programas para el combate a la pobreza. La ayuda internacional es aún indispensable en los próximos años. Sin embargo, debe mencionarse, que parte de la ya recibida se ha dilapidado. Se ha financiado al consumo más que a la producción y las exportaciones y se ha financiado indirectamente a la misma corrupción.

Después del huracán Mitch creció significativamente la ayuda internacional, pero parte se dilapidó en la generalizada corrupción que caracterizó al Gobierno anterior. Dado el carácter fungible del dinero, la ayuda internacional indirectamente terminó financiando la corrupción. El país también se endeudó para pagar sumas sustanciales a consultores internacionales y la ayuda internacional también financió un sistema de doble planilla dentro del Estado.

Desde una perspectiva macro, la ayuda internacional ha contribuido a la sobrevaluación cambiaria. Nicaragua padece de la llamada “enfermedad holandesa” con características tropicales: la cooperación externa —y las remesas familiares— sobrevalúan el tipo de cambio, lo que hace que sea más rentable importar —y luego consumir— que producir y exportar. Preferimos consumir el pescado, pero no aprendemos a pescar. El país se ha acostumbrado al subsidio de la cooperación externa y de las remesas familiares. Para los bancos es más rentable e implica menos riesgo el financiar el consumo que la producción y las exportaciones. Y para los organismos internacionales —que dan la luz verde a la cooperación externa—, es casi una herejía hablar de políticas de crédito dirigido que prioricen la producción.

En este contexto es hasta natural que hayan fracasado las políticas de ajuste estructural. Después de más de 13 años de políticas de ajuste, el país no se ha ajustado. Nicaragua sigue siendo como una familia que siempre consume más de lo que gana. El problema es que a la larga se irá haciendo cada vez más evidente el cansancio de los cooperantes externos y en algún momento habrá que restringir el consumo al nivel real de ingresos del país. Mientras ese momento llega, resulta fundamental que la aún indispensable ayuda externa priorice el enseñar a pescar y no la entrega del pescado, y que continúe contribuyendo de manera decidida en el combate a la corrupción, para que la cooperación internacional no sea, como algunos afirman, “el dinero de los pobres de los países ricos, que termina en las manos de los ricos de los países pobres”.

* El autor es economista

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