- Revisan la casa en Bagdad, de Ahmed Chalabi, miembro del consejo de gobierno
Macarena Vidal/EFE
WASHINGTON.- El registro ejecutado el jueves por tropas de EE.UU. en una residencia del político iraquí Ahmed Chalabi, confirma la caída en desgracia del hombre en quien, en su día, Washington pensó muy seriamente para dirigir el Irak de la transición.
Según la organización política dirigida por Chalabi, el Congreso Nacional Iraquí (CNI), las tropas de EE.UU. querían detener, por causas hasta el momento desconocidas, a dos miembros de esa organización que no se encontraban en el edificio, situado en el lujoso barrio de Al Mansur en Bagdad.
En una rueda de prensa convocada a toda prisa en la capital iraquí, Chalabi, miembro del Consejo de Gobierno iraquí instaurado por EE.UU. y en su día el “niño bonito del Pentágono”, se despachó a gusto contra sus antiguos protectores.
“Soy el mejor amigo de EE.UU. en Irak. Si las autoridades de ocupación encuentran necesario ordenar un ataque armado contra mi casa, es fácil darse cuenta del actual estado de las relaciones entre estas autoridades y el pueblo iraquí”, denunció.
La redada contra la residencia y las oficinars del político, en la que las fuerzas de seguridad se llevaron papeles y ordenadores, se produce apenas dos días después de que el Pentágono confirmara la suspensión de los pagos secretos al CNI, que sumaban unos 340,000 dólares mensuales.
Chalabi, un empresario millonario exiliado de Irak durante más de 40 años y condenado “in absentia” por desfalco en Jordania en 1992, se había ganado el favor del Departamento de Defensa, donde sus dirigentes le tenían en mente como el posible líder del nuevo régimen, pese a su falta de apoyo dentro del país.
Durante años, el CNI, con sede en Londres, fue una de las principales fuentes de información sobre Irak para el Pentágono y los servicios secretos de EE.UU.
Pero la Agencia Central de Inteligencia (CIA, siglas en inglés) y el Departamento de Estado dejaron de compartir pronto –si es que alguna vez lo hicieron– el entusiasmo del Departamento de Defensa.
Donde los militares veían en la información aportada por Chalabi valiosos datos que confirmaban sus peores temores sobre las intenciones del presidente iraquí Saddam Hussein, los diplomáticos y los espías ponían en duda la fiabilidad de una organización que, sospechaban, estaba infiltrada por el régimen iraquí.
Del CNI y de Chalabi partió, por ejemplo, la información sobre los laboratorios móviles para la fabricación de armas químicas en Irak que el secretario de Estado de EE.UU., Colin Powell, incluyó en su discurso ante la ONU sobre las armas de destrucción masiva de Irak y de los que no se ha encontrado traza alguna.
Además, los funcionarios del Departamento de Estado sospechaban de las motivaciones del político y empresario para aportar semejante información –encaminada siempre a alentar una intervención en Irak–, y se preguntaban hasta qué punto no estaría motivado por una desmedida ansia de poder.
Chalabi, reclamó al presidente de Estados Unidos, George W. Bush, que “deje libre” Irak.