Heracles (2)

Luis Sánchez S.

En la columna anterior sobre Heracles, el súper héroe mitológico griego que en la mitología romana es conocido como Hércules, anoté que la primera de sus muchas hazañas fue haber estrangulado con sus propias manos, cuando apenas era un bebé de ocho meses, a dos gigantescas serpientes que la diosa Hera, esposa de Zeus, envió a su cuna para que lo mataran.

La segunda hazaña de Heracles (a quien también le llamaban Alcides porque era de la estirpe de Alceo, el hijo de Perseo), la llevó a cabo también siendo aún bebé.

Como se recordará, para que Heracles pudiese ser inmortal como quería Zeus, éste se las ingenió para hacer que el niño mamara los pechos de Hera, de los que manaba la leche de la inmortalidad. Pero tan poderoso y ansioso era Heracles desde que nació, que al mamar mordió con tanta fuerza uno de los pezones de los pechos de Hera, que un chorro de leche salió violentamente despedido hacia el espacio. Así se formó la Vía Láctea, la galaxia donde está nuestro planeta Tierra y que se ve como una franja blanquecina en el cielo, sobre todo durante el verano cuando las noches son limpias y serenas.

Precisamente la palabra galaxia se deriva del vocablo griego galactos, que significa leche, pues seguramente a los antiguos griegos la visión blanquecina de esa inmensa conjunción de luces estelares les parecía como leche derramada en el cielo.

La Vía Láctea está compuesta, como se sabe, por unos 10 mil millones de estrellas —o sea soles con sus respectivos sistemas solares—, de las cuales las más brillantes están en los brazos de la espiral que forma a la vista dicha galaxia.

Según los astrónomos, en el telescopio la Vía Láctea tiene el aspecto de una especie de torta plana (un disco de más o menos 80 mil años luz de diámetro) de la que brotan cuatro brazos en espiral. Por cierto que el Sol del sistema planetario en el que se encuentra la Tierra, se localiza más o menos a una “altura” de dos tercios hacia fuera de uno de esos cuatro brazos.

Desde los tiempos de los antiguos griegos hasta principios del siglo XX se creía que “nuestra” galaxia era todo el Universo. Entonces, los astrónomos consideraban que las sombras que se podían ver en el espacio lejano, eran sólo nubes de polvo estelar que se desprendían de la misma Vía Láctea. Sin embargo, en los años veinte del siglo pasado, el astrónomo estadounidense Edwin Hubble, con un inmenso telescopio ubicado en el Monte Wilson, en California, consiguió distinguir estrellas individuales en otra galaxia, que fue bautizada como Andrómeda —el nombre de la mujer del mítico Perseo— que fue convertida por los dioses en una constelación, es decir, un conjunto de estrellas que forman aparentemente la figura de algo o alguien. Andrómeda es en realidad la galaxia más cercana a la Vía Láctea.

Vía Láctea se le llama también al Camino de Santiago, o sea la ruta de peregrinación cristiana que va de los Pirineos franceses hasta Santiago de Compostela, en Galicia, España. Al respecto, en otra de mis columnas (Peregrinos, LA PRENSA, 16 de abril del 2004), mencioné la creencia de que quienes hacen el Camino de Santiago sufren una transformación espiritual por el efecto de las radiaciones cósmicas procedentes de la Vía Láctea, pues dicho Camino discurre precisamente debajo de donde se ve en verano la blanquecina galaxia en la que vivimos.

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