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Focos de violencia
Las universidades surgieron en la historia como centros de estudio e irradiación de cultura, lo mismo que focos de tolerancia, inteligencia, racionalismo, humanismo, civismo y educación para el respeto al derecho ajeno y la paz.
Su mismo nombre, universidad, deriva de la célebre frase latina Universitas magistrorum et scolarium, que consignó el Papa Inocencio II en la bula, por medio de la cual concedió amplios privilegios a la primera Corporación de Maestros y Alumnos de París, en 1220, refrendando de esa manera la previa decisión del rey Felipe Augusto de Francia. Y por eso mismo la universidad se hizo acreedora al apelativo de Alma Mater, Madre Benigna, antigua locución latina que aplicada al ámbito universitario significa reconocimiento a las virtuosas enseñanzas que obtienen graduandos y graduados de y en “su” universidad.
En Nicaragua, la universidad surgió en los albores de la independencia nacional, a principios del siglo XIX, después de un largo proceso que comenzó en 1680 con la creación del Seminario San Ramón Nonnato. Aquella circunstancia histórica influyó para que algunos de los primeros universitarios se inclinaran al uso de violencia para poner fin al régimen colonial español e impedir la anexión al imperio mexicano de Iturbide. Al respecto, el académico y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA, Jorge Eduardo Arellano, anota en su Reseña Histórica de la Universidad de León, Nicaragua, que el 4 de junio de 1823 “los estudiantes nicaragüenses intervinieron por primera vez en política, encabezando un movimiento armado contra el imperio de Iturbide”.
Pero después la universidad ocupó el papel de preeminencia cultural que le correspondía desempeñar, y aunque sometida a los vaivenes de la incierta política nacional llegó a ser calificada como “venero de riqueza científica”, según se señala en la obra antes mencionadas. Inclusive, cuando a fines de los años cincuenta del siglo XX, bajo la rectoría de Mariano Fiallos Gil, la universidad sustituyó su antiguo lema latino de Sic itur ad astra por A la libertad por la Universidad, la institución fortaleció su capacidad de libertad académica y tolerancia ideológica. Y si bien a título individual algunos universitarios se fueron a la lucha armada contra el somocismo, la participación estudiantil en la política y la vida social era pacífica. Los violentos y agresivos eran los guardias nacionales que reprimían con clavazos, culatazos y balazos las manifestaciones a las que iban los estudiantes sólo con pancartas, cánticos y el pecho descubierto.
En realidad fue hasta en la década setenta del siglo recién pasado, en los años previos al derrocamiento del somocismo y el establecimiento del régimen sandinista, que el ejercicio de la violencia se convirtió en una especie de virtud y hasta se institucionalizó el concepto de que buen estudiante sólo podía ser quien empuñara las armas, para hacer la revolución o para defenderla de sus enemigos imperialistas y contrarrevolucionarios. Y así, las organizaciones estudiantiles que antaño luchaban por la libertad se convirtieron en agrupaciones subordinadas al régimen establecido y en centros de reclutamiento del servicio militar obligatorio, para enviar a los jóvenes estudiantes a la muerte en combate contra otros nicaragüenses enrolados en el ejército de la contrarrevolución.
Y ahora, 14 años después de que comenzó el proceso de democratización de Nicaragua, en una época en que se considera que ya no debería haber más intolerancia, ni violencia, ni uso de la fuerza para imponer ni defender ninguna causa política, ideológica y social, sin embargo los organismos universitarios se mantienen aferrados a los viejos e incivilizados métodos de lucha y van a las manifestaciones armados con piedras, morteros y otras armas “hechizas” pero igualmente mortales, que disparan con intención homicida contra quien se les ponga en frente y no tienen escrúpulo en matar a alguna persona, como asesinaron el lunes de esta semana al oficial de Policía, Roger Rodríguez.
Las universidades, pero exactamente las públicas y algunas privadas o semiprivadas que son financiadas por el Estado, lamentablemente siguen siendo el ámbito donde se expresan con más virulencia la intolerancia, el dogmatismo y el radicalismo izquierda, cuando deberían ser “venero de riqueza científica” y foco de inteligencia, cultura y tolerancia, tal como debe ser una verdadera universidad digna del título de Alma Mater de sus estudiantes y de toda la nación.