Jorge Eduardo Arellano
En su obra UUsos del Español actual (1996), mi amiga Elsie Alvarado de Ricord –hasta el año pasado Directora de la Academia Panameña de la Lengua– contestó una consulta elemental: la diferencia entre halla y haya, vocablos que en zonas yeístas como las nuestras resultan homófonas. No engendran problema alguno en la expresión coloquial, porque el contexto lingüístico deja claro su sentido; pero en la escritura puede tender a confundirse. De hecho, ya pagó ese “pecadillo” uno de los mejores escritores de Centroamérica.
Halla: la tercera persona singular del presente de indicativo del verbo hallar es sustituible por encontrar. “La maestra se alegra cuando no halla (no encuentra) errores en las tareas”. “Buscando con la vista entre el trapero en el suelo mi vestido de baño –cuenta un personaje femenino de Juan Aburto–, no la hallaba” (Prosa narrativa, 1985: 293). “Hallan en territorio costarricense el cuerpo decapitado” –leí una noticia en un diario local. “Tratemos, pues, de salir de estos ámbitos en que nos hallamos metidos” –concluye su ensayo “Persona y paisajes en busca de autor” Mariano Fiallos Gil (Humanismo beligerante, 1958: 101).
Haya: inflexión del verbo haber. Como auxiliar de otro verbo, se puede usar en todas las formas gramaticales. Alvarado de Ricord pone dos ejemplos: “Cuando haya terminado la lectura, te prestaré el libro”; “No creo que hayas dejado vencer por el vicio del cigarrillo”; “Cuando yo me haya ido y tú te hayas ido /Y todos se hayan marchado” –recordamos dos versos de “La puesta en el sepulcro– de CMR (Ventana, Num. 13, 1962: 31). “Os agradezco que hayan traído a España una muestra tan variada de vuestro folclor” –diría una madrileña; “Espero que me hayan perdonado” tituló un artículo rectificador el doctor Sergio Ramírez.
Pero como auxiliar de haber no se usa en plural. Se debe decir: “No creemos que haya habido muchas dificultades para este acuerdo”. También haya se usa como presente de subjuntivo de haber con el sentido de presencia o existencia, sólo se emplea en tercera persona singlar. He aquí un ejemplo de una celebrada autoridad literaria de nuestro país “Es lo probable que él [Crisanto Sacasa] haya sido entonces el granadino más vinculado con los leoneses” (Reflexiones sobre la historia de Nicaragua. II B, 1967: 110).
Existen otras dos palabras homófonas, pero que no se dan en el español usual nicaragüense, ni en el panameño. Alvarado de Ricord nunca vio un haya, árbol cuyo nombre leyó en un libro de ortografía durante la escuela primaria. Pero, consultando al botánico don Novencido Escobar, confirmó que no es propio de la flora panameña. Y tampoco lo es de la nicaragüense, pues no lo registra ninguno de nuestros inventarios botánicos. Copio la definición del Diccionario Académico: “haya: Árbol de la familia de las fagáceas, que crece hasta treinta metros de altura, con tronco grueso, liso, de corteza gris y ramas muy altas, que forman una copa redonda y espesa”.
La otra palabra homófona es aya. Tampoco es usual en el habla nicaragüense. El mismo diccionario la define: “aya (de ayo). f. Mujer que en las casas acomodadas está encargada de cuidar niños y cuidar de su crianza”. Se trata de un peninsularismo que equivale a nuestra china. Sólo Pablo Antonio Cuadra la ha empleado en su artículo viajero: “Segovia, cuna de piedra de la política nicaragüense”: “Aquí en este balcón sobre el abismo se soltó, por un movimiento imprevisto de la aya, el infante Pedro y cayó desde esta altura mareante” (Otro rapto de Europa, 1976: 198).
El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.