¿Cómo hablamos el español en Nicaragua?

Róger Matus Lazo

Toda lengua adquiere, en sus formas dialectales, rasgos particulares más o menos diferentes en las distintas regiones y estratos en los que se habla. En este aspecto, el español de Nicaragua evidencia en sentido general rasgos propios y característicos, independientemente de que sean, total o parcialmente, compartidos con otros países y zonas de habla hispanoamericana.

RASGOS DE TENDENCIA CONSERVADORA

El español de Nicaragua, reacio a veces a la corriente innovadora de la lengua, manifiesta su predilección por algunos modos de decir antiguos. En este sentido, conserva:

1) La preferencia por la construcción pasiva refleja del tipo se alquilan cuartos, de corte tradicional, frente a la construcción impersonal activa, como se vende huevos, de tendencia moderna y de uso frecuente en otras zonas de la comunidad lingüística española.

2) La distinción de las formas átonas de los pronombres personales de tercera persona. Así, le no se emplea como objeto directo masculino, ni la como indirecto femenino.

3) Expresiones en desuso en el habla cotidiana de España, como el caso de cada cuando (‘de vez en cuando’): Ella viene a verme cada cuando; y al otro día (‘al día siguiente’): Yo llegué el lunes y al otro día, o sea martes, me regresé.

4) Formas propias del español clásico, como el uso del prefijo re-, rete-, con valor enfático o superlativo, con adjetivos o con adverbios: remalo, rejodido, retebien.

5) Voces o significados olvidados o debilitados en la Península, como lindo (bello), pararse (ponerse de pie), bravo (valiente o enojado), dilatarse (tardar, retrasarse). Asimismo, el uso de recordar, en su clásico significado de ‘despertar’: Me recordé como a las tres de la madrugada, y el término huertero, con el antiguo significado de ‘hortelano’: Los chontaleños son campistos y huerteros.

RASGOS DE ÍNDOLE VULGAR O RURAL

El español de Nicaragua manifiesta una marcada tendencia a:

1) La diptongación: puertear (portear), pior (peor), peliar (pelear), cuete (cohete), almuada (almohada), etc.

2) Los comparativos perifrásticos. Se prefiere el uso de los comparativos perifrásticos (más pequeño, más bueno, más grande), en lugar de los orgánicos (menor, mejor, mayor).

3) La adjetivación del adverbio medio: Ellos son medios locos; Ella es media malcriada.

4) Pluralización de la forma impersonal del verbo haber (hay, había, hubo, habrá, habría, haya): Habían muchos heridos; Hubieron varios premiados; Habrán tormentas; Habrían unos cien asistentes…

5) Confusión de número del objeto directo y el indirecto en construcciones con se: Ya se los dije a ustedes (‘Ya se lo dije a ustedes’).

RASGOS INNOVADORES

El español de Nicaragua ha experimentado caminos diferentes en relación con el español peninsular. Por ejemplo:

1) Gran vitalidad de las construcciones perifrásticas constituidas de ir + gerundio, con sentido terminativo (Espérese, que ya voy terminando); perfectivo (Todavía no he felicitado al cumpleañero, porque voy entrando); incoativo (Bueno hombré, vamos empezando a trabajar); de acción repentina (Yo estaba ingrido con el problema del carro, cuando en eso lo voy viendo que se me viene encima).

2) Uso de la construcción con todo como nexo conjuntivo de valor concesivo: Con todo y que no estudia, sale bien en los exámenes.

3) Innovación semántica en muchos términos, como el adverbio de tiempo, siempre con valor de ‘definitivamente’, ‘resueltamente’, ‘de todos modos’: ¿Siempre vas a estudiar en la misma universidad? El empleo de necio con el significado de ‘obstinado, terco’: Lo corrió su mujer y sigue de necio. En lugar de ‘césped’, se usa grama; pena, en vez de vergüenza; panteón, en vez de cementerio.

4) Empleo de hasta con significación de comienzo, en lugar de fin de una acción: Abre la oficina hasta las ocho de la mañana (‘no abre la oficina hasta las ocho de la mañana’).

5) Uso de la preposición desde para referirse al momento inicial de una acción durativa: Mi esposa está en la casa desde el domingo.

6) Empleo del verbo andar en construcciones perifrásticas en las que pierde su idea de movimiento: Donde quiera que esté, se anda durmiendo.

7) Sustitución del futuro de indicativo por la perífrasis ir + infinitivo: Mañana voy a ir al mar (‘iré’).

8) Sustitución del pospretérito (forma en ría) por la construcción perifrástica ir a + infinitivo: Me dijo que me iba a escribir (‘escribiría’).

INFLUENCIA DE LAS LENGUAS INDÍGENAS

Miguel León Portilla, uno de los principales investigadores de la América precolombina, nos recuerda que si las lenguas indígenas eran incapaces de expresar los misterios de la santa fe cristiana –como se consigna en una cédula de Carlos V, de 1550– tampoco los españoles podían expresar los misterios de la religión mesoamericana.

La huella indígena más notoria y valiosa es en el terreno del vocabulario. Por eso a su retorno a España, los descubridores llevaban consigo no sólo una nueva visión de estas tierras ignoradas, sino las nuevas palabras que llegarían a sustituir a las españolas. Ya en 1492, Colón y sus acompañantes hablaban de la palabra portadora de un idioma –la canoa india–, término que el mismo Nebrija se apresuraba a registrar en su Vocabulario Latino-Español.

Moreno de Alba afirma que muchos indigenismos figuran ya documentados en el Diccionario de la Real Academia Española, y muchos otros –aunque no los registra el DRAE– se emplean en el español peninsular.

En el español de Nicaragua, la presencia del maya –según Mántica– es casi nula: chele, culumuco, cumba, pijul, pocoyo, cususa, garrobo, chiclán y naborí (laborío). Del chorotega se conservan unas diez, de las que cinco son las más difundidas: lapa, nambira, ñámbar, ñoca, ñoño. Del subtiava: dundo y mejenga y sus expresones: va mejenga, pura mejenga. Del matagalpa: tafiste; del sumu: pipante; del miskito: poponé, congo, zajurín y pijibay.

La influencia indígena más importante es la de la lengua náhualt, cuya pervivencia en el español de Nicaragua se expresa en los siguientes rasgos:

1) Coexistencia con la voz española general, como mecate (‘reata’), zopilote (‘cuervo’), cusuco (‘armadillo’), etc.

2) Voces con matiz especial, distinto al de la voz hispánica correspondiente: pepenar, diferente a ‘recoger’; mayate, diferente a ‘amarillo’; chachalte, diferente a ‘acre’; cachipuco, diferente a ‘cachetudo’ (cachetón), chacalín, diferente a ‘camarón’.

3) Voces que han desplazado a las españolas correspondientes: zacate (‘hierbajo’); milpa (‘maizal’), chapulín (‘saltamontes’), etc.

4) Voces que designan realidades nuestras para las cuales no existe el equivalente en español: zapote, cenzontle, guatusa, posol, tamal, pinol, huacal, comal, tenamaste, etc.

En síntesis, el español de Nicaragua –como toda lengua– se mueve entre el arcaísmo y la innovación. Voces viejas ceden el paso a otras denominaciones en la búsqueda de nuevas posibilidades expresivas.

El autor es miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua

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