Peter R. Bernal
Cuatro años después de las elecciones presidenciales, los votantes estadounidenses están divididos, con la diferencia de que ahora es más enconada, una polarización casi sin precedentes, a favor o en contra de la administración o del precandidato de la oposición. Acudiendo al maestro de las encuestas de opinión pública de esta generación, John Zogby, un dato resulta predominante. Según el encuestador, en el año 2000, tres días antes de las elecciones generales, éste realizó un experimento en una supuesta contienda edilicia en la mítica ciudad de Oz, en la cual se le daba a escoger al votante entre un candidato con cerebro, pero sin corazón, y otro con corazón, pero sin cerebro. El resultado fue de 46.2 por ciento de apoyo para cada uno de ellos. Claro que no se trataba de personajes reales sino ficticios, identificado uno como “Scarecrow” (Espantapájaros) y el otro como “Tin Man”. Salvando las distancias y con todo el respeto que merecen verdaderos candidatos a cualquier posición política, todo indica que hoy estamos más o menos en las mismas proporciones de apoyo que los aspirantes imaginarios.
Retomando aquello de “cuatro años después”, y eso que hemos pasado por las traumáticas experiencias del 11 de septiembre del 2001 (11-S) y las guerras contra el terrorismo en Afganistán e Irak, ninguno de los dos aspirantes principales cuenta con una mayoría absoluta de apoyo en la población. En otras palabras, que según Zogby, “la mitad del país quiere a Bush” y “la mitad a Kerry”. Es más, añade lo siguiente: “No hemos visto una división en el electorado como ésta desde la Guerra Civil. Estamos paralizados numéricamente”. Un repaso objetivo de otros sondeos de firmas serias de opinión de los últimos meses (Gallup, Pew, Newsweek y otras) revela que la diferencia entre los precandidatos está incluida en el margen de error, unos pocos puntos arriba o abajo, según el viento, la marea o el último titular del periódico. Aquí nadie ha despegado. Después de lo que él llamó “un periodo inusitado de unidad nacional, acontecido después del 11-S”, el director de la compañía investigadora Pew, una de las más acreditadas del mundo, Andrew Kohut, declaró “pero la manera de enfrentar los ataques, entiéndase la guerra en Irak, se convirtió en el tema que nos dividió nuevamente…” Si lo vemos de manera muy diferente, no nos quedaría más remedio que visitar la óptica más cercana, siempre hay un optometrista esperando por nosotros.
Y si pensamos que todo se limita al voto popular o a la verborrea de los entusiastas y enconados propagandistas de ambos bandos, tenemos ante nosotros otro dato real. Según Zogby, esta división se refleja también, increíblemente, en el Colegio Electoral, los compromisarios que eligen al presidente (538 en total). La situación está tan cerrada como en el 2000. Los grandes Estados liberales se van de un lado y los pequeños, pero numerosos, Estados conservadores, se van del otro. Se necesitan 270 votos electorales para llegar a la Casa Blanca. ¿Quien los tiene asegurados? Hoy esa pregunta no tiene respuesta.
El último sondeo Gallup revela que el 91 por ciento de los republicanos aprueban la gestión del presidente Bush, pero sólo el 17 por ciento de los demócratas lo apoyan. Este es el más grande abismo de diferencia desde que ellos empezaron a medir “el índice de aprobación presidencial”, es decir, en 1948. La firma Pew, por su parte, concluye de forma casi igual a Zogby en su propia investigación histórica de sondeos a través del tiempo: “Este sigue siendo un país casi dividido a la mitad políticamente, con la mayor separación entre ambos sectores en cuanto a valores políticos que jamás haya existido”.
Otro encuestador, Scout Rasmussen, dice que una explosión de opiniones en los medios de comunicación social de la última década sigue polarizándolo todo. Los votantes más conservadores escuchan a Fox y los llamados progresistas y liberales a CNN. Y continúa diciendo, si pregunta a un republicano le dice que la economía “está buena y mejorando”, pero si le pregunta a un demócrata le dice que la economía “es pobre y se está poniendo peor”. Pero lo más explícito de todo es la opinión del propio Rasmussen: “No escuchamos ya puntos de vista diferentes”. En otras palabras, el abismo es infranqueable. No hay tolerancia para el adversario.
Retomando a Zogby, este estima que el número de votantes indecisos o que sólo se inclinan ligeramente a un candidato (los llamados “swing voters”) no cree que pasen del 5 por ciento. ¿Qué tal les parece ésto? Se acabaron los “landslides” (avalanchas de votos) del pasado. Habría entonces que llegar a una conclusión propia. Las campañas políticas de ambos partidos aparentemente no están cambiando la opinión ya casi cimentada en concreto de quién va a votar por quién. Eso es por lo menos lo que hoy parece ser una realidad. Tanto Bush, como Kerry están gastando millones de dólares en publicidad que sólo inclinan uno o dos puntos porcentuales, sujetos a modificación cuando llega la otra serie de noticias, buenas o malas, tanto del frente de batalla como en la economía, los temas de la salud, el aborto y otros asuntos que pueden llegar a influir en la decisión de los pocos votantes indecisos que quedan. En el universo de los indecisos, la mayoría de éstos son mujeres y moderados. Ojo. Como se le dijo al profeta: “Largo camino te resta” y como lo expresa el poeta “se hace camino al andar”. Nadie sabe nada de lo que va a suceder después de las convenciones partidistas que es cuando realmente se inicia el proceso electoral. Para entonces habrá candidatos vicepresidenciales, plataformas programáticas, contiendas de senadores, representantes y gobernadores que puedan interesar a los indecisos.
Aún así, los acontecimientos internacionales o los movimientos económicos pueden hacer variar el voto de esos que contemplan todo desde la clásica cerca. Y si nos trasladamos al lenguaje del boxeo, lo que está sucediendo es que hay un sector esperando la clásica “revancha” y otro tratando de evitarla. Todo indica que la pelea será de quince asaltos.
El autor es columnista internacional