La otra cara del amor

Myrna Dávila Castellón

Siempre que se habla del amor se piensa únicamente en el que debemos profesar, excluyendo totalmente el que deben darnos a nosotros. Así es como una madre no desea que sólo unos hermanos quieran a los otros, sino que éstos también amen a aquéllos. Igualmente el anhelo del Señor no es sólo que una parte de sus hijos ame a la otra, sino que haya verdadera reciprocidad. Es por eso que Jesús fue bien explícito al decirnos: “Amaos los unos a los otros”. Pero esto no se lleva a cabo porque el amor siempre se queda a medias, pues los dichosos “otros” muchísimas veces no responden a ese amor que reciben, y es por ello que en el mundo existen los buenos y los malos o, llamándolos de otra forma, los conscientes y los inconscientes.

Nunca olvidaré a este respecto la prédica de un sacerdote que dijo que para que se cumpla el precepto del amor no sólo tenemos que amar, sino darnos a amar. Por ello cabe preguntarse: ¿con nuestra actitud de cada día hacia los demás, los estamos invitando a amarnos?

Cristo vino a establecer en nosotros su reino de amor, de paz, de justicia, pero no debemos construirlo sólo unos, sino todos a fin de que se realice de verdad, aún en esta vida. Jesús no redimió ni salvó a la mitad de la humanidad, sino a toda. “Ruego para que todos sean uno”, pero nunca podremos ser uno si no nos responsabilizamos todos. “Si tu hermano peca contra ti, llámalo a solas y corrígelo”, dice Jesús. Como vemos, Dios quiere que unos y otros disfrutemos de la paz y amor mutuo que procede de la fraternidad, por lo que cuando una persona ama y la otra no, se rompe inmediatamente el eslabón de la cadena que forma ese sentimiento.

Cuántas veces oímos pláticas religiosas en las que se nos exhorta a amar a los demás, a perdonarlos y a quitarnos los resentimientos provocados por ellos, siendo esto excelentísimo; sin embargo, resulta que los otros, los que nunca devuelven el amor —sino más bien hacen daño— siempre se quedan sin corregirse porque a ellos pocas veces va dirigido este mensaje enfatizándose sólo en una cara del amor sin voltearlo al otro lado para decir: “Tú que me ofendes, deja de ofender, tú que haces mal al que te quiere sinceramente, deja de hacerlo porque a quien ofendes no tiene ninguna obligación de aguantarte, y si lo hace es porque ama a Dios, al que tú desde hace años has olvidado”.

Como vemos, todo sermón debe ser completo, lanzándolo a ambos lados, pues el otro seguirá haciendo daño una y otra vez sin detenerse jamás porque no se les insta a cambiar de actitud hacia la persona que ofenden o hacen daño, pues solamente escucha que los demás deben amarlo y perdonarlo —como apunté arriba— llegando a creer incluso que los cristianos deber ser pasto de él.

Si bien es cierto que toda predicación va dirigida a los que ya son cristianos, no hay que olvidar que a las multitudes que Jesús predicó no lo eran aún, y si se volvieron tales fue precisamente por escuchar a Cristo y aplicar en su vida sus principios. Verdad es que sólo Dios puede cambiar el corazón humano, pero, ¿no es precisamente la predicación un medio de que se sirve el Señor para la conversión?

La autora es secretaria ejecutiva

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