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Historia del café y su desarrollo
Ha sido un hecho histórico reconocido el gran papel que la caficultura ha jugado en el desarrollo de Nicaragua, sobre todo incrementando las cifras de exportación. Basta saber que en el siglo XIX la construcción del ferrocarril, telégrafo, teléfonos y caminos de acceso fueron financiados con rentas fiscales producidas por el café, sin recurrir a préstamos extranjeros.
Ahora sabemos por las investigaciones del historiador Eddy Kühl que el cultivo del “coffea arábica” comenzó en tiempos de la Colonia, aunque no fue hasta el régimen de los treinta años que se logró el apoyo del Estado y la subsecuente expansión a partir de las sierras de Managua. En lo que no habíamos reparado lo suficiente hasta que leímos el “Café de Nicaragua” de Kühl, es en la influencia decisiva que ejerció la caficultura en áreas, como el transporte, organización social, relevo de élites políticas, cambios en el modelo laboral, y sobre todo en la emergencia de un nuevo tipo de empresario más dinámico y creativo que el agricultor y ganadero tradicionales.
Todas aquellas modificaciones justifican que se catalogue el manejo del café como una verdadera cultura, en lo que éste término significa o sea, valores, hábitos, costumbres, género de vida, etc. Uno de esos aportes fue la llegada al país de una pléyade de inmigrantes alemanes, franceses, ingleses, norteamericanos, italianos y suecos, que vinieron atraídos por los incentivos otorgados por los gobiernos de aquella época, a quienes venían a sembrar el “grano de oro”, empujados por la crisis que asolaba a Europa antes y después de la Primera Guerra Mundial.
Lástima que nuestro crónico y peligroso trastorno político evitó que valoráramos la importancia de fomentar las inmigraciones progresistas. Por cierto que fueron nicaragüenses los pioneros asentados en las sierras de Managua desde el kilómetro 14 de la Carretera Sur hasta Carazo. Todos ellos contribuyeron a vigorizar actividades colaterales como carpintería, mecánica, construcción, disciplina y creatividad.
Sin embargo no todo ha sido color de rosa para el café. Ha habido épocas en que el precio del grano de oro descendió significativamente, produciendo cuantiosas pérdidas y aún quiebras de algunos empresarios. Lo mismo podemos decir de los estragos causados por las emanaciones sulfurosas del volcán Santiago. No obstante, siempre ha quedado flotando la pregunta ¿por qué si el precio del café tiene ciclos de alzas y bajas, no se tomaron medidas preventivas, como el ahorro, en vez de endeudarse con los bancos? Y lo que es aún más desconcertante, presionar al Estado a que use fondos fiscales para enjugar aquellas pérdidas.
Existen otras circunstancias igualmente nefastas; mencionamos al respecto la revolución sandinista que confiscó cafetales en plena producción o acometió el despale inmisericorde “la sombra” de cafetales que arruinó varias haciendas y cambió el clima de ciudades como Jinotepe y Diriamba.
Hay otro lado de la moneda que merece atenderse. Nos referimos al trato que merecen los trabajadores de las plantaciones de café, quienes acuden cada temporada como sembradores, cortadores, patieros, mecánicos, transportistas, escogedores, ensacadores, etc. que si bien logran empleo asegurado, no disfrutan de las condiciones de vida y trabajo que merecen. Estamos hablando de albergues insalubres, como las clásicas galeras donde hay hacinamiento y promiscuidad; falta de médicos, medicinas y alimentación sana. En ese sentido es justo reconocer que la nueva generación de caficultores ha mejorando el deprimente ambiente social que predominaba en las plantaciones de café y que desafortunadamente aún perdura en ciertas regiones del país. Hemos visitado haciendas de café que disponen de facilidades para alojar decentemente a sus trabajadores, proporcionándoles acceso a agua potable, visitas médicas y pagándoles un salario más justo.
El problema es restablecer la confianza entre el caficultor y sus clientes extranjeros para superar el daño del descenso de los precios, debido a un exceso de oferta. Felizmente el tipo de café de los nuevos productores del sureste asiático es inferior. Por ello lo que hacen algunos caficultores para neutralizar aquel efecto es lo correcto o sea, producir una mejor calidad, de tipo gourmet. Y algo más, ordenar mejor sus finanzas, recurriendo al ahorro, a la modernización y practicando una mayor sensibilidad social.