Joaquín Absalón Pastora
Desde que fue aprobado el “seis por ciento” ha quedado constancia de la violencia. La “protesta estudiantil” se ha convertido en una andanada que lleva el temperamento cíclico de los huracanes.
No es ésta una condena al porcentaje. La formación universitaria está dentro de los parámetros de la prioridad. Lo que se cuestiona —y con verbo alarmado— es la desastrosa característica que tiene el estilo virulento de su campaña en la que la palabra no responde a la palabra, prevaleciendo el “popurrí” de las máscaras manipuladas.
La Corte Suprema de Justicia acaba de ordenar al Ejecutivo el pago integral del “seis por ciento”, y eso es de ineludible cumplimiento. Pero independientemente de que eso pase por el acatamiento, lo perceptible es la posibilidad de que vuelvan los morterazos a ejercer su función depredadora en las desvencijadas calles donde transita la población igualmente desvencijada buscando “el pan de cada día”, ignorando con la misma dosis de inocuidad que “el pan de la enseñanza” es tramitado por los adoquines. Piedras contra piedras en la promoción de los enfrentamientos inútiles.
Los catedráticos togados es esas circunstancias se quitan la toga y se ponen en la fila de quienes con la capucha nublan su identidad para tutelar la bronca. El grueso de todos los disturbios no es estudiantil sino que de unos intrusos sin causa para quienes aprovecharse del “río revuelto” es una sustanciosa ventaja.
En ese sentido todas las formas parecieran ser buenas para lograr el objetivo. No importa la sangre vaciada sobre el pavimento o, en el peor de los casos, las vidas perdidas. Lo que importa es “el seis por ciento”.
Llama la atención que no se hable de un acuerdo racional compartido para dirimir el negocio jurídico “del tuyo y el mío”. Sentarse las partes aludidas en la mesa y operativizar las cifras conducentes a una resolución. Éste no es el mecanismo visible. La idea es sembrar de nuevo la onza infertil del “uyuyuy”.
Por un lado la “bala en boca”, por el otro el aumento de los impuestos más la reducción en las planillas adoloridas y el horroroso espectáculo de ver una vez más a Nicaragua ante los requisitos impuestos por el primer mundo, ella del tercer mundo, desnuda e impropia con un profundo letargo en su autonomía económica.
Vistos los fenómenos controversiales en lo único que hay algo de concordancia es en aumentar la tensión del nicaragüense común a quien sólo se le invita como si fuera una golosina deliciosa y apremiante a “tomarse las calles”, maniobra recurrente del oportunismo partidario.
De ese alud está harta la indefensa colectividad cuyos clamores por los efectos de la equidad se ven perturbados por las incontrolables reincidencias. No se trata de desmantelar el sistema de la educación universitaria tan útil como cualquiera de los otros sub-sistemas —el primario y el secundario— que injustamente siguen siendo las minúsculas discriminadas. Se trata de afirmar con fuerza que “el seis por ciento” parece ser blasón diseñado para estar ahí, impávido, intocable.
Aquí hay un 1.4 por ciento de técnicos en relación al setenta por ciento que debería haber para satisfacer las otras necesidades de la educación. Se ha llegado al colmo de importarlos mientras los recién egresados universitarios son figurines anónimos del desempleo.
Más de 13 años tiene la ecuanimidad didáctica de estar en la cárcel. Es hora de sacar del claustro a la razón.
El autor es periodista.