Aunque lleno de canastos de pescado seco, el regreso fue más tranquilo porque viajamos en un bote más grande y nuevo.

Odisea en el Cocibolca

¿Se puede viajar a lo desconocido? Claro que sí, para conocerlo. Pero, ¿se podrá viajar a lo inexistente, a lo virtual, a lo ficticio? Aunque parezca mentira, un equipo de LA PRENSA viajó a lo que parece ser la dimensión desconocida, una película de ciencia ficción, en la que el traslado se hace en una […]

  • ¿Se puede viajar a lo desconocido? Claro que sí, para conocerlo. Pero, ¿se podrá viajar a lo inexistente, a lo virtual, a lo ficticio? Aunque parezca mentira, un equipo de LA PRENSA viajó a lo que parece ser la dimensión desconocida, una película de ciencia ficción, en la que el traslado se hace en una especie de máquina del tiempo, pero de la Edad Media y donde las emociones y el peligro son tan reales que no necesitan de efectos especiales.

Orlando Valenzuela

Nuestro viaje empieza en la costa lacustre de la ciudad de Cárdenas, en el departamento de Rivas. El itinerario indica un destino hasta hace pocos años inexistente en los mapas oficiales de Nicaragua: Colón.

¿Colón de Nicaragua? Es la primera vez que escucho tantas veces este nombre en un mismo día que me parece increíble que sea desconocido en el resto del país. Pero allí estamos, Jehú Hernández y yo junto a catorce viajeros, a la orilla del Lago Cocibolca esperando la llegada del barco que nos trasladaría al sitio bautizado con el apelativo del descubridor de América.

Tal vez el mismo nombre del lugar, Colón, ubicado en la costa sureste del gran Lago Cocibolca, evoca el deseo de sus habitantes de ser descubiertos, de salir del anonimato, como lo hicieron hace seis años, cuando desesperados por el abandono de los gobiernos del último siglo, estremecieron al país y al Gobierno de turno con la amenaza de anexarse a Costa Rica para mejorar su precaria situación.

En aquella época parecía ridículo que una comunidad nicaragüense estuviera dispuesta a herir el orgullo y la dignidad nacional con semejante propuesta anexionista. Ridículo no por el “desbordante” patriotismo del Gobierno, sino porque el tal mencionado Colón no aparecía en ningún mapa, simplemente no existía. Después del escándalo, el Gobierno calmó los ánimos con ayuda de emergencia y ordenó que el lugar apareciera en los mapas.

EL VIAJE

Diez minutos antes de las 12:00 m. aparece por el oeste del lago, la pequeña embarcación de madera, cuyo nombre “El Esfuerzo del Sur”, pintado al costado derecho, no nos revela nada de lo que ocurrirá más tarde.

El “barco” se acerca a la costa con la misma pereza con que lo viene haciendo los últimos cinco años. Luego da un giro de 180 grados y faltando unos 70 metros para tocar tierra firme, un ayudante lanza el ancla al agua y el capitán apaga el motor de la nave.

Uno a uno, los varones se van quitando los zapatos y arremangándose los pantalones, mientras las mujeres hacen lo mismo con sus faldas, porque para subir al barco hay que adentrarse al agua y mojarse las nalgas, pues este puerto lacustre no tiene muelle.

Antes de montarse al barco, algunos pasajeros, quizás por costumbre, se persignan, como presagiando que éste puede ser su último viaje, porque en estos navíos, uno sabe con certeza el día en que se parte, pero no se sabe nunca si volverá.

Y sus temores no dejan de tener razón, pues el barco no es más que un bote de madera podrida que filtra agua por todos lados. En el centro, canastos de verduras, sacos de hielo y granos básicos incomodan los pies de todos los viajeros. Mientras se distribuye el peso a ambos lados, unos hablan sobre el problema de la carretera, el alto costo de la vida y otros temas similares.

Al fin, el capitán enciende el motor y el barco sale al encuentro de las olas. A los pocos metros de empezada la travesía, el crujir de la madera y el bamboleo que provocan los tumbos borran de tajo la visión que tenia de un viaje bucólico, en medio de tranquilas aguas observando al atardecer la fascinante silueta de los volcanes de la Isla de Ometepe.

AZOTADOS POR LAS OLAS

Pero al contrario, apenas empezó a rugir el motor, se hizo un silencio sepulcral, nadie habla, todos viajan con las miradas fijas en el vacío o en el piso. El silencio es tal, que literalmente hasta se puede cortar el aire con una hoja de afeitar. Unos aprietan los dientes mientras otros sudan a pesar del fuerte viento que entra por los cuatro costados.

El viaje sigue siendo tolerable para la mayoría de viajeros. Sin embargo, a medida que la embarcación se aleja de la costa, las olas empiezan a levantarse y a pegar con mayor fuerza en el costado izquierdo.

De pronto, la proa (parte delantera) del barco parece volar hacia las nubes, pues fue lo único que miramos cuando una robusta ola nos levanta y nos saca del letargo en que viajamos. Un segundo después, la proa cae abruptamente sobre el agua, haciendo crujir vigas y tablas, tal como si se fuesen a quebrar de un momento a otro e irse a pique.

A esta altura del viaje cada uno de los pasajeros quisiera tener ventosas en las posaderas para aferrarse duro a la banca y no caer a las embravecidas aguas del Cocibolca.

Si al principio daba miedo subirse al barco, ahora el pánico de estar dentro nos invade. Ya no preocupa tanto el agua que entra por los lados como la que entra por debajo, porque los dos hombres que se encargaban de achicar el agua, balde en mano ya no dan abasto, más bien parece que están sacando toda el agua del lago por el barco.

RUTEANDO EN EL LAGO

En medio del fuerte oleaje, el barco parece una hoja de papel azotada por el viento. En medio de la escena, unos jóvenes se divierten en la proa, mojándose con las baldadas de agua que les caen cada vez que la nave da un nuevo platanazo.

Que “tormenta perfecta” ni que “huracán”, aquí Steve Spielberg no necesita de efectos especiales para ver el dramatismo, la emoción y el peligro cuando las olas del lago azotan el bote, aquí se siente en vivo y a todo color el peligro, la osadía y la irresponsabilidad de un grupo de gente que se aventura a viajar sin la más mínima medida de seguridad, en un manojo de tablas podridas, sin el menor consuelo de salvavidas.

Aunque el viaje es “directo” a Colón, durante el trayecto la embarcación va haciendo escalas en medio del lago para dejar o recoger pasajeros.

Los viajeros que descienden deben tirarse al lago y caminar con el agua hasta la cintura y a veces hasta el pecho para alcanzar la costa. Por suerte para ellos, ya casi no quedan tiburones en el lago, pero aún así, en cualquier momento puede aparecer uno en busca de un buen filete de talón o de glúteos.

Si alguien de una comunidad costera necesita viajar, pone en lugar visible de la costa una sábana blanca a manera de bandera para que el motorista la vea y se acerque lo más que pueda a la playa.

Después de dejar a varias personas en una comunidad cerca de Colón, nuestro viaje siguió con la misma emoción del inicio. Con el sol cayendo detrás de las montañas que apenas se divisan en la costa. Un viento frío del Este agita más las aguas y ahora las olas golpean con más impunidad la endeble embarcación. El barco se mece más, se ladea para ambos lados, crujen las tablas y los dientes de los pasajeros, que con vocación masoquista van aguantando el suplicio y conteniendo el vómito.

Pienso entonces que los pasajeros además de viajar incómodos, sin salvavidas, con las tripas revueltas, el agua en los pies y la ropa empapada, aún deben pagar 40 córdobas por exponer la vida durante el viaje.

COLÓN APARECE EN EL HORIZONTE

Por fin, en la costa aparecen las primeras casas de Colón. Un tendedero de ropa junto a varios ranchitos y un grupo de hombres y mujeres descansando sentados en la arena, nos dan la bienvenida.

El barco se acerca más y entonces comprobamos que no es ropa la del tendedero, sino pescados salados puestos a secar al sol. Tampoco los hombres y mujeres están descansando en la arena sino que están contando y empacando los pescados secos para entregarlos a los compradores que llegan desde Costa Rica y del interior de Nicaragua.

Colón es una comunidad de pescadores. Aquí no hay hotel, pero se puede obtener hospedaje en alguna de las casas de la comunidad hablando con el alcaldito.

El lugar es ideal para salir en la mañana o la tarde a pescar con caña, buenos ejemplares de guapote, róbalo, mojarras, guabinas para darse un buen banquete a base de chuletas de pescado frito.

También se pueden visitar las cercanas comunidades de artesanos del archipiélago de Solentiname o recorrer parte de la reserva de vida silvestre Los Guatusos.

Después de cuatro horas de suspenso y peligro, al ver la pequeña comunidad de Colón y sus bellos paisajes a su alrededor, uno se da cuenta que realmente valió la pena el viaje. Y confirma que el afán anexionista de sus habitantes no es más que un SOS para lograr apoyo. Luego de seis años, la población de Colón sigue demandando un mejor servicio de transporte lacustre y la construcción de la carretera Cárdenas-Colón.

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