La historia en la calle

José Adán Silva No por avatares de un tiempo que no se va, ni de otro que regresa, pero la historia en Nicaragua sigue corriendo todos los días tres turnos; con menos impacto, la tragedia o la alegría ya disminuidas, siguen ahí, casi siempre raudas y caóticas. De tan pequeñas ahora, que ya nadie se […]

José Adán Silva

No por avatares de un tiempo que no se va, ni de otro que regresa, pero la historia en Nicaragua sigue corriendo todos los días tres turnos; con menos impacto, la tragedia o la alegría ya disminuidas, siguen ahí, casi siempre raudas y caóticas.

De tan pequeñas ahora, que ya nadie se fija en esas fechas y hombres, en esos hechos importantes que un día cambiaron la historia de este país, o en esas cosas que están ahí desde siempre, como el guardabarranco y ese hombre de aspecto fúnebre como Simón Bolívar, El Libertador de las Américas.

Uno ve así, si acaso tiene la cualidad de la curiosidad, que el 19 de julio está destartalado y que Arnoldo Alemán no es rojo liberal, sino verde conservador y no renquea, sino que casi vuela, lo cual viene por consiguiente a recordarnos que no está preso, sino en las calles tarareando a frenazos su canción favorita de 1996: Yo tengo fe.

La otra mañana, el 25 de febrero de 1990, estaba oloroso a orines mientras oía a todo volumen las siempre escandalosas noticias de la Radio Ya y su infernal “última hora”. Hace no menos de una semana, la Nicaragua Libre casi cae presa por tocarle las nalgas azules a la guerrillera Arlen Siú, en una atestada calle de la 14 de Septiembre.

Hace dos meses frente a la Asamblea Nacional, la Unidad Nacional gritaba con tono de bocina metálica porque no le subieran a los seguros por daños a terceros. Tras sus gritos se asomaba, en señal de respaldo, Carlos Núñez Téllez, René Chávez López, Camilo Ortega y La Hermosa Soberana, junto a El Patriarca y la Santa Rosa.

Ellos estaban molestos porque Jorge Salazar, San Sebastián y Simón Bolívar, junto al poeta Pablo Antonio Cuadra, no habían querido sumarse a las protestas.

He tenido la oportunidad de ver un 2 de agosto en cualquier mañana decembrina, a un 21 de enero a mitad del año, y un nada clandestino comandante Carlos Fonseca de anteojos polarizados, sin su carabina disparando auroras.

Sé que por ahí anda un guardabarranco, y no precisamente como un ave inocente, sino en zanganadas perseguibles de oficio por la Policía de Tránsito. Pedro Joaquín Chamorro no es ya periodista y está parado afuera de la Zona Franca en Carretera Norte, esperando llevar al grupo de muchachas explotadas que siempre piden rebaja en sus recorridos nocturnos. ¿Y qué me dicen de Arges Sequeira Mangas? No pelea ya por los derechos de los empresarios privados del país, porque ahora se queja que el combustible está caro y la vida imposible.

El comandante 3.80, Enrique Bermúdez, no usa ya su uniforme de campaña ni lo siguen sus legiones de campesinos entrenados para la guerra, y por el contrario, se ve triste recorriendo Managua desde la puerta abollada de un anacrónico Lada soviético.

En este maremagno de nombres importantes, fechas memorables, días desconocidos y palabras significativas, no podía faltar una cooperativa de taxis que se bautizase Daniel Ortega Saavedra, quien aun con sus tres derrotas electorales al hilo, sigue por ahí haciendo malas maniobras en esta Managua de calores infernales.

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