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Crimen inaudito
En la historia de la criminalidad en Nicaragua pocas veces había ocurrido un crimen como el asesinato de los cuatro oficiales de Policía en la madrugada de ayer martes 4 de mayo del 2004. En realidad, por la inaudita saña sin precedentes con que se cometió el múltiple asesinato de Bluefields, parece verosímil la versión de que los asesinos son sicarios profesionales extranjeros.
Como sea, las autoridades tienen que esclarecer y castigar este horripilante asesinato, averiguar quiénes fueron los asesinos y cuáles los móviles que tuvieron para ejecutarlo y hacer todo lo que esté a su alcance para capturarlos, enjuiciarlos y castigarlos, lo mismo que a los autores intelectuales si es que los hubiera.
Este execrable crimen reúne a la sociedad en solidaridad con todos los miembros de la Policía Nacional y con los familiares de las víctimas. Pero además es un dramático llamado de atención sobre el grave nivel que está adquiriendo la criminalidad en Nicaragua y la necesidad de enfrentarla con medios técnicos, humanos y sociales que sean también mucho más eficaces.
La seguridad ciudadana es uno de los valores esenciales de la convivencia. De ella depende que la gente pueda vivir en paz y practicar sus libertades y derechos individuales y sociales. Es cierto que el delito es un fenómeno humano y existe, por lo tanto, en todas partes del mundo, en mayor o menor grado según el desarrollo material y cultural de cada sociedad. Y si bien es cierto que no hay ninguna nación en el mundo que pueda vanagloriarse de haber erradicado para siempre el delito, unos países se destacan más que otros en su empeño por combatirlo y por garantizar más y mejor la tranquilidad y seguridad de sus ciudadanos.
En todo caso, lo inadmisible es que se tolere el delito y a los delincuentes y, peor aún, que se les promueva y proteja de cualquier manera. Como es el caso de las autoridades corruptas que a cambio de cualquier soborno dejan de perseguir a los delincuentes, los ponen en libertad al poco tiempo de ser detenidos, o los favorecen con sentencias benignas y luego los sueltan con cualquier motivo y pretexto.
Por otro lado, vivimos en una época de expansión de los derechos humanos —en los países democráticos, claro está— que repercute también en una mayor tolerancia a los delincuentes y, por lo tanto, de aceptación del delito. Es por eso que muchos ciudadanos se quejan cada vez más, con razón, de que ahora los delincuentes tienen más derechos que sus víctimas.
A todo eso hay que sumar el hecho de que Nicaragua está geográficamente ubicado en un punto de tránsito de la droga que es trasladada desde el sur hacia el norte, y por lo tanto se ha convertido en campo de operaciones de los narcotraficantes, los que junto con los terroristas son los peores criminales de la actualidad.
Se sabe muy bien que los vacíos que deja la autoridad del Estado lo llenan fácilmente los delincuentes. Sobre todo los narcotraficantes se aprovechan de esto, así como de la pobreza de la población para envenenarla con la adicción y “premiarla” con migajas de la narcoactividad, y de esa manera crean una base social para encubrir sus nefastas actividades.
En fin, el terrible asesinato múltiple de Bluefields, además de que tiene que ser esclarecido y los culpables atrapados y castigados rigurosamente con la ley y la justicia, debería ser un llamado de alerta a la conciencia de la sociedad para reflexionar sobre la gravedad del crecimiento de la delincuencia y tomar las providencias para contenerla, combatirla y reducirla.
Todas las personas honradas de Nicaragua, que sin duda son la abrumadora mayoría de la población, deben unirse y comprometerse en la lucha contra la delincuencia. Ésta es una tarea que no se puede ni se debe dejar sólo en manos de las autoridades policiales.
Al Gobierno le corresponde determinar si hay en el país y se está ejecutando correctamente una verdadera política de Estado en materia de seguridad pública, integral, efectiva y confiable. Y a los ciudadanos les compete participar en la lucha contra la delincuencia bajo el principio de que el crimen sólo prospera cuando las personas honradas lo dejan prosperar.