Derechos Humanos son para todos

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Derechos Humanos son para todos





Las fotografías de los prisioneros de guerra iraquíes que supuestamente han sido sometidos a infames vejaciones por sus carceleros militares estadounidenses y británicos, han hecho que mucha gente del mundo occidental olvide las dramáticas escenas de la matanza terrorista del 11 de septiembre del 2001, en las Torres Gemelas de Nueva York; las fotografías de los cuerpos de las víctimas del terrorismo musulmán en la estación de Atocha, en Madrid, hace menos de dos meses; de los cadáveres de miles de kurdos asesinados de una sola vez por orden de Saddam Hussein; la patética foto que dio la vuelta al mundo de la mujer afgana en el momento en que sus verdugos talibanes le cortaban la cabeza porque la acusaron de que había cometido el pecado de adulterio; los rostros ensangrentados de los afganos a quienes les mutilaban las orejas porque los sorprendieron escuchando música occidental, etc.

La verdad es que no está claro todavía si las fotografías de los supuestos prisioneros iraquíes sometidos a infames vejámenes por sus carceleros son reales, o sólo un montaje propagandístico contra Estados Unidos. El Gobierno británico ha expresado sus dudas al respecto del material fotográfico difundido profusamente por algunos medios, pero el Gobierno estadounidense prácticamente las ha admitido como veraces y asegura que castigará severamente a los culpables.

Como sea, Estados Unidos y los demás países de la coalición internacional que ocupa militarmente Irak están obligados a respetar y hacer cumplir el Convenio Relativo al Tratamiento a los Prisioneros de Guerra, que fue adoptado en Ginebra el 12 de agosto de 1949 y que en su artículo 13 señala expresamente: “Los prisioneros de guerra deberán ser tratados en todas circunstancias humanamente… y deberán igualmente ser protegidos en todo tiempo, especialmente contra cualquier acto de violencia o intimidación, contra insultos y contra la curiosidad pública”.

El derecho humanitario para los prisioneros de guerra —que se comenzó a reconocer internacionalmente mediante el Acuerdo de La Haya de 1907 y fue perfeccionado en el Convenio de Ginebra de 1949— se basa en la concepción humanista y civilizada de que los derechos humanos son inherentes a la persona, que no dependen de la voluntad de nadie y que, por lo tanto, deben ser respetados en todas las circunstancias, inclusive durante las guerras que hacen aflorar al comportamiento personal de algunos individuos los instintos criminales más perversos que anidan en su interior. En fin, el derecho humanitario obliga a reconocer que aún en el caso de los criminales más despiadados y despreciables, como son los terroristas fundamentalistas contemporáneos, al ser capturados se les debe respetar los derechos que ellos negaron a sus víctimas.

En realidad, la perversidad sin límites de los terroristas y el ensañamiento con sus víctimas que casi siempre son personas inocentes, no justifica que se les niegue los derechos establecidos en las convenciones internacionales, y que también a ellos les corresponden por su condición de seres humanos, aunque no lo parezcan ni actúen como tales.

Precisamente la superioridad moral de la civilización y la cultura occidental se basa en su reconocimiento al carácter natural de los derechos humanos, a la supremacía de las normas de respeto a la dignidad personal y los principios de derecho y justicia que son válidos para todos y en todas las circunstancias.

De manera que Estados Unidos e Inglaterra tienen que aclarar ante la opinión pública mundial las denuncias de los maltratos a prisioneros de guerra en Irak; y si no es un montaje propagandístico de sus enemigos, tienen que castigar de manera rigurosa y ejemplar a los que resulten culpables.

En lo que se refiere a los prisioneros de guerra de Estados Unidos en Guantánamo, ellos deberían ser juzgados lo más pronto posible de acuerdo con el derecho internacional y la ley estadounidense. Y no porque así lo exija el régimen comunista de Cuba, que perversamente pretende poner en el mismo plano a un periodista como Raúl Rivero, condenado a 20 años de prisión por ejercer su derecho humano a informar y expresar su opinión libremente, con cualquier terrorista asesino de los que están recluidos en Guantánamo, sino simplemente porque los derechos humanos son de todos y para todos.

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