Hugo F. Castillo*
En esta Nicaragua, la que por más esfuerzos no ha logrado escapar del hambre, de la miseria –material y espiritual– de las enfermedades endémicas, de la ignorancia, de la dominación política de los encastados y de los desclasados. Se pretende con optimismo utópico –tal vez– una valoración más activa de nuestras cualidades humana, de la importancia de demostrarnos a nosotros mismos que estamos destinados a la independencia, sin ligarnos a nadie, menos aún a una Patria maltrecha e indigente; cosa fácil; sobre todo si tomamos en cuenta que existen otras, que aunque nos rechacen constituyen un sueño quimérico, en virtud de nuestra profunda mediocridad de imitadores. Pienso, si aparte de las desgracias señaladas, existe algo que sea nicaragüense.
La Iglesia Católica ha vivido tomando conciencia –entre comillas– de nuestra desgracia. Baste para ello recordar las grandes Encíclicas como la Rerum Novarum del Papa León XIII, la Cuadragesimo Anno de Pío XI, la Mater et Magistra y la Pacen in Terris de Juan XXIII, los mensajes dramáticos de Pío XII y ya no digamos la famosa Populorum Progressio de Pablo VI, que nos hablaba de justicia y paz, en tanto nuestro pueblo sigue hoy clamando dramáticamente –valga decir poseído por el hambre– por un progreso, por una justicia social y por una ayuda sin subordinaciones que mancillen nuestra dignidad. Todo ha quedado en papel mojado, el todo poderoso imperio de esos días, está más poderoso hoy en tanto nosotros estamos más empobrecidos, con la angustia de que ahora se pretende justificar nuestra pobreza diciendo que somos pobres por que tenemos actitud de pobres.
Seguimos aspirando a vernos libres de la miseria, a tener una ocupación más estable, a tener salud a vernos libres de cualquier opresión, a ser más instruidos y a asegurarnos nuestros pleno desarrollo humano y un puesto en el concierto de los pueblos y naciones del mundo.
Estas encíclicas y particularmente la Populorum Progressio hacían un llamado a sus misioneros a una mayor toma de conciencia práctica o sea comprometida en contra del colonialismo y del neocolonialismo, pero al mismo tiempo les compelía a reconocer las cualidades y rendir homenaje a los colonizadores por el aporte al desarrollo científico-técnico y a los grandes frutos de su presencia en nuestros pueblos con inversiones de modernización, capacitación y desarrollo de las comunicaciones; cualidades todas que en su conjunto son para comernos mejor, como en el cuento de la Caperucita Roja. Aceptaban, sí, que nuestra miseria no era merecida, que era producto de las disparidades lacerantes en el goce de los bienes desde el ejercicio del poder de las oligarquías criollas originado fundamentalmente en los que nos engordan para comernos mejor. Es probable que ese cuento peregrino del lobo, no tenga nada que ver y, sí, seamos los Hansell y Gretel de la otra historia.
¿Qué ha pasado entonces, incluso desde la Gaudium et Spes, que decía que para ser autentico habría que ser integral y que no se aceptaba la separación de la economía de lo humano? Lo que debe de contar es el hombre y que el hombre sea cada vez más hombre, sin estorbos e influjos de aquellos que los educan en la sumisión y el respeto a aquellos que nos encierran como en una prisión, sin que podamos ver más allá. ¡Cantos de cisne! Fuimos privilegiados, por que independientemente de nuestros pastores, pese a los que se sienten dioses; con la necesidad creciente de creer en Dios, en un Dios que murió en la cruz, los que no aguantan la honorabilidad de un hombre honrado; seguimos interesados y sorprendidos ante las verdades vestidas y complejas.
* El autor es sociólogo.