El histórico, excelente y ejemplar teatro londinense

Nicasio Urbina*

William Shakespeare es sin duda el mayor dramaturgo de la historia de la humanidad, lo que le da a Inglaterra, por derecho de herencia, la hegemonía en el mundo de las tablas. Por supuesto que del teatro de Shakespeare al teatro actual del West End hay una diferencia similar a la que existe entre los filmes de Charles Chaplin y la actual industria del cine de Hollywood. Apartando toda la crítica que los expertos y los inconformes siempre podrán imponer, Londres ofrece al amante del teatro un festín jubiloso e interminable. Los precios son un poco más bajos que Nueva York, la calidad es a veces superior, y varía según la compañía y el elenco que han podido contratar. La industria es cada día más competitiva, y para muchos se ha convertido en una trata de esclavos sin ley y sin compasión.

Sólo en los últimos días se han puesto en escena dieciocho nuevas obras en Londres, con una variedad de temas y tratamientos capaces de satisfacer todos los gustos. Desde “The wooden frock”, pasando por una versión más de “Romeo and Juliet”, hasta obras más eclécticas como “Swinging from the Chandelier”, donde Dole Diamante, actriz de vaudeville de gran experiencia, cuenta su vida dedicada al estrellato y la cirugía plástica; o “Mama Mia”, un musical divertidísimo de Benny Anderson y Björn Ulvaeus basado en el libro de Catherine Johnson. En Londres hay para todos los gustos y para todos los bolsillos.

En Nicaragua desgraciadamente no tenemos una tradición teatral ni medianamente aceptable. Durante el sandinismo se hizo el esfuerzo más grande por popularizar el teatro, nacieron decenas de compañías aficionadas, se montó teatro callejero por todo el país, se le llevó teatro a gente que nunca en su vida había visto a un actor en escena. Desgraciadamente este teatro degeneró en vehículo de mensaje político, en educación ideológica e indoctrinamiento, y por tanto no logró lo que podría haber llevado a cabo: una auténtica revolución artística y cultural en el seno de la sociedad, entre las clases populares, con poca educación académica, y sin ninguna posibilidad de ver teatro profesional. Un poco como lo que Shakespeare hizo en el siglo XVII.

La televisión también ha hecho más difícil la vida de los empresarios teatrales. La gente prefiere quedarse en casa cómodamente y ver cualquiera de las telenovelas deplorables que nuestros canales programan, gratis y sin molestarse, en lugar de ir a un teatro, pagar por entrar, y ver una obra que acaso nos cuestione y nos perturbe, acaso nos entretenga o nos aburra. Para el que ha asistido a representaciones memorables sabe que una cosa no se compara con la otra. Una obra de teatro es un espectáculo único, cada performancia es diferente, como audiencia participamos del evento semiótico que estamos (vi)viendo. Las actrices y actores son influidos por el público. La energía humana que se da en el espacio de la sala de teatro configura una experiencia vital incomparable con la fría recepción de la pantalla de la TV. El teatro es otra cosa y todos debemos enseñar a nuestros hijos a apreciarlo, si queremos que sean seres integrales y completos.

El festival anual de teatro de Bogotá que acaba de terminar, es el evento de teatro popular más importante de América Latina. Los colombianos encuentran en sus festivales de teatro y poesía, entre los mejores del mundo, solaz y tranquilidad, en medio de la catástrofe militar y social que están viviendo. El drama y la comedia, el mimo y la ópera, la zarzuela o la tragedia, son todas formas del teatro que nos ayudan un poco a sobrevivir.

El musical es quizás la forma más entretenida y light del teatro profesional, y por lo tanto es una buena forma de empezar a explorar el fascinante mundo de las tablas. “Anything goes” de Cole Porter, dirigido por Trevor Nunn está en escena en el hermoso Drury Lane Theatre Royal, a un costado del Royal Opera y el Royal Ballet. Una historia de amor complicada por las conveniencias económicas y los verdaderos sentimientos y pasiones. La obra se desarrolla a bordo de SS America, donde Reno Sweeney, una cantante de cabaret viaja con sus cuatro acompañantes a Londres y lleva el liderazgo vocal a lo largo de toda la obra. Liberal y desinhibida, Reno ha tenido sus coqueteos con Billy Crocker, joven pobre y apuesto que ha empezado a trabajar recientemente en Wall Street, y está enamorado de Hope Harcourt. Hope, una debutante de la alta sociedad norteamericana va a Londres acompañada de su madre y su prometido Lord Evelyn Okley para casarse. Los lectores con imaginación no necesitan más explicaciones para ver la cantidad de escenas cómicas y complicaciones que esta trama puede propiciar.

La escenografía es maravillosa, transformando en segundos el escenario en cuatro diferentes partes del trasatlántico. El jazz es impecable, los vestuarios brillantes y exactos para el período, los peinados al estilo de los años veinte. El lenguaje demasiado posmoderno para la época en que se sitúa la obra, y las referencias al sexo y los psicotrópicos demasiado actuales; esfuerzo evidente de los adaptadores Timothy Cruise y John Weidman para hacerla más apetecible a nuestro tiempo. Como toda comedia el final es feliz. Cada oveja encuentra a su pareja. Billy se casará con Hope, Reno se casará con Lord Okley, y hasta la madre de Hope encontrará amor y estabilidad económica en este gran final con “I get a kick out of you” donde dan ganas de levantarse y bailar y aplaudir con los actores.

Ahí radica la gran diferencia entre el cine y el teatro. Aunque en el cine podemos reir y llorar, aplaudir y abuchear, la cinta no reacciona ante nosotros. Su celuloide, o peor aún, sus códigos digitales no saben que nosotros existimos, les somos totalmente indiferentes. Los actores en las tablas saben que estamos ahí, nos ignoran y nos observan, nos hacen parte del espectáculo, se emocionan cuando nosotros nos emocionamos, se entristecen cuando abucheamos. Ven la sala vacía o repleta, ven los rostros hipnotizados por el arte. Ese diálogo fático que se da entre público y elenco no se da en ninguna otra forma del arte. Por eso es importante el teatro. Creo que mientras haya humanidad habrá teatro, porque si algún días el teatro muere, todos habremos muerto un poco.

* El autor es catedrático de la Universidad de Tulane en Nueva Orleáns.
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