Una lucha antigua

César Augusto Bravo Vargas

Nada, o casi nada ha permanecido inalterable ante la marcha corrosiva del tiempo. A medida que avanza todo lo muta, lo transforma, a todo le da vida y muerte. El trabajo —actividad humana aplicada a la producción o creación de algo— ha permanecido casi invariable desde sus orígenes, su fin sigue siendo el mismo, trabajar con esfuerzo para obtener alguna remuneración económica, o en alguna medida satisfacer una necesidad, como la de sentirse satisfecho por lo que hace, aún si ser premiado pecuniariamente, por el hecho inapelable de su integridad personal.

El trabajo es sin duda la primera práctica del hombre. Es más, el Libro del Génesis dice que el hombre fue sacado del jardín del Edén y puesto a trabajar. Lo que denota que el trabajo es más antiguo que el hombre mismo y desde que ambos existen han sido indisociables. Por esta razón cada civilización ha dejado sus huellas en las arenas de la historia a través de su legado, legado que forjaron milímetro a milímetro con arduo trabajo.

Con toda propiedad podemos decir que la lucha por los derechos laborales es tan antigua como el mismo trabajo. En la actualidad tenemos un calendario colmado de efemérides que dan testimonios de estas luchas. Cuando el 1° de mayo de 1886 los trabajadores de la industria McCormick de Chicago se hicieron sentir a través de una fuerte manifestación que pedía ocho horas de trabajo como jornada máxima, fueron disueltos por la fuerza pública al arrojarles una bomba en Haymarket Place, en donde resultaron muertos muchos trabajadores. Cuando se perpetró este hecho dramático y sanguinario, los protestantes no sólo hicieron sentir su clamor que exigía justicia laboral, sino que también instituyeron, en la mayoría de los países del mundo, el Día Internacional de los Trabajadores. Desde antes y desde entonces, los hombres y mujeres de todo el mundo han pagado un alto costo por las conquistas laborales que hoy se constituyen como leyes, pero que aún no son suficientes por falta de un estricto cumplimiento de estas leyes y convenios colectivos.

Por ello, este primero de mayo me parece un día propicio para reflexionar de cómo andan los derechos laborales de los nicaragüenses. La difícil situación económica que se agrava con las políticas económicas que están ejerciendo, cada día que pasa, una mayor cohesión al pueblo, hace que hasta los sectores laborales más fuertes estén siendo víctimas de insospechados atropellos.

Los índices jamás alcanzados de trabajo infantil son verdaderamente alarmantes, y “el viejo de El Raizón” y sus asesores han ignorado por completo la Declaración de los Derechos de los Niños que dice, entre otras cosas que: “El niño debe ser protegido contra toda forma de abandono, crueldad y explotación”, la actitud gubernamental hace que esta proclamación no sea otra cosa que tinta decorativa sobre papeles inútiles.

Un segundo sector vulnerable lo constituye la mujer, para quien la doble jornada no es el único obstáculo que vencer en su inserción en el campo laboral, los bajos salarios que perciben por la misma labor que desempeña un varón es otra de las desigualdades. Las estadísticas señalan que el porcentaje de hombres que recibe un salario mínimo mensual es de 14 por ciento y en las mujeres son de 25.9 por ciento. Esto se debe a la idea preconcebida de que las mujeres aportan al hogar un ingreso compensatorio en términos monetarios, ya que son los varones los que dan el grueso del gasto, no obstante, hoy en día cuatro de cada diez hogares nicaragüenses son mantenidos por el trabajo de una mujer.

Crueles han sido las medidas económicas estatales y privadas con que castigan al trabajador nicaragüenses, considerando que un salario mínimo mensual promedio es de 1,100 córdobas, valor que es totalmente insuficientes para adquirir la canasta básica y que menos para llevar una vida digna. A esta realidad tan sólo escapan la alta clase política y la aristocracia más refinada.

El constante y sucesivo deslizamiento de la moneda, las alzas incontroladas en los precios de los productos básicos, los salarios estancados y el poco interés del Gobierno por resolver esta problemática, hacen de cada trabajador nicaragüense una persona noble, paciente y sobre todo pacífica.

Aún cuando la idea y concepto de trabajo, varían de acuerdo con los distintos regímenes económicos de cada país, los derechos laborales deberían de ir más allá de la participación de los trabajadores, tanto en las utilidades como en la dirección y administración de la empresa, sobre todo cuando sabemos que el trabajador da base a las ganancias y a los pretendidos derechos del patrón.

El autor es escritor

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