Eduardo Enríquez
Cientos de obreros marchan hoy y se congregan en plazas públicas de Managua para celebrar su día y hacer sus reclamos, que a estas alturas se traducen en uno: mejor salario.
Digo cientos porque el movimiento obrero está desde hace mucho tiempo venido a menos. No los destruyó la patronal. Tampoco se trata de que todos los problemas de los trabajadores hayan sido resueltos. Sin embargo, parece que los obreros se han convencido de que los sindicatos tampoco logran resolverles.
Y no es que pretenda menospreciar la lucha obrera, en esta misma edición el periodista e historiador Roberto Sánchez Ramírez hace una reseña del obrerismo nicaragüense que data de 1923, y como bien lo dijo el legendario Domingo Sánchez, “Chaguitillo” en el perfil que le realizó la revista Magazine, de LA PRENSA, la semana pasada, esa lucha ha dejado “mucho”: vacaciones, proporcionales, séptimo día, décimo tercer mes, contratación colectiva y seguridad social”.
Pero los años y las décadas han pasado y los obreros más bien parecen haber retrocedido. En nombre de la lucha social se han hecho cosas que como resultado neto han dado un saldo negativo: menos riqueza, menos inversión, menos empleo, y cuando lo hay, con salarios bajísimos.
No se puede pensar que con un salario mínimo que oscila entre los 600 y 1,400 córdobas y con una canasta básica que cuesta al menos el triple que eso, la demanda y la discusión sobre un salario mejor para los obreros no está justificada, pero la verdad es que las cosas no por ser justas se resuelven solas.
¿Es solución aceptar salarios de hambre para evitar morirse de hambre? No, pero demandar aumentos, mejores salarios, sin un análisis serio de la capacidad de respuesta de la contraparte, también es irreal. Ver este problema desde un solo ángulo es fantasioso. La llamada “lucha obrera” ya no puede dirigirse contra los empresarios como si fuesen enemigos a muerte, en realidad, más que enemigos deben ser socios en el negocio de la sobrevivencia.
Este es un país quebrado y aunque los obreros cargan con un gran peso, es menor al que tienen que cargar los desempleados. Y si los obreros no pueden seguir viviendo con los salarios de hambre que les pagan, menos que puedan vivir los desempleados; y tampoco las empresas pueden subsistir con altísimos costos de producción y una pesada carga tributaria; pero el gobierno no podrá hacer lo poco que hace si no “le saca el jugo” con impuestos a todas las actividades que puedan producirle algún tipo de ingreso.
El trabajador podría trabajar con más ahínco; el empresario podría reducir sus márgenes, y el gobierno podría ser más eficiente y gastar menos en los lujos de sus altos funcionarios, eso es deseable en las actuales circunstancias, pero dentro del panorama completo cada una de esas mejoras tiene un peso mínimo.
En este barco que está haciendo agua estamos metidos todos, desempleados, asalariados, empresarios, funcionarios públicos. Y pensar que cuando se hunda, unos nos salvaremos a costa de hundir a otros, es una gran equivocación. Si no trabajamos juntos no salimos del problema, si no se sacrifica cada parte, seguiremos en las mismas o peor, todos lo sabemos, ¿pero cómo lo traducimos en acciones concretas?