Juan Triana
Él se levantó de mañana. La mujer y los niños se quedaron dormitando. Buscó entre trastes sucios; podía haber hallado un café con un pico de a cinco reales, de los que dilatan; podía haber tomado el café y dejar el pico a los niños; puede que sólo bebiera chingaste del café de ayer, diluido en agua, si no hubo para comprar el de hoy, pero él se fue a la calle donde debe estar el hombre que busca la vida.
Toda la noche anterior, cada vez que se despertaba pensaba en el trabajo que debía encontrar al día siguiente; y así salió con el alba, a pie porque no tenía para el bus. En el camino pudo apedrear el primer palo de mango que encontró.
Vagó por diferentes rumbos no planificados siguiendo su instinto para encontrar “pegue”; las radioemisoras de la mañana dieron los primeros noticieros con declaraciones de uno que otro diputado barrigón, hablando en nombre del pueblo. ¡Qué triste! Individuos que no se sabe con qué artimañas están ahí rechonchos recluidos en sus butacas saboreando los bocadillos y dándose la buena vida a costillas del pueblo. ¡Qué denigrante!
Mientras el sol sigue subiendo rumbo al cenit y cuanto más calienta el día, el cuerpo comienza su protesta original, el retumbo interno del aparato digestivo es reprimido por el chorro de agua de la paja de la gasolinera que de suerte tiene agua, y si tiene más dicha algún amigo que encontró le compartió un poco de su almuerzo.
“No hay vacante” —una y otra vez—. “No hay vacante”. Cayendo la tarde, en la oficina del sindicato no hay ni un solo rótulo que diga si hay o no vacante. Se muestra muy poco interés por ayudar. Mientras en un escritorio descansa un burócrata sindical también rechoncho, con paperas y cachetón de tanto comer, dicta seudo comunicados, ya parece diputado, como ensayando su próxima meta: “compañeros luchamos contra el hambre de nuestro pueblo… somos los verdaderos defensores de los pobres…”
No hay noticias de próximas fuentes de trabajo, no hay proyectos, pues los que deberían promoverlos están ocupados haciendo planes y estrategias para futuros comicios electorales y seguir adelante en su carrera política, la cual es muy lucrativa.
Paciencia, por el momento nuestro amigo tiene que llevar a la casa un manojo de leña de árboles caídos por ahí, tucos de repollos y tomates sobrantes que le regaló alguna mercadera amiga; tal vez su mujer consiguió algo donde su mamá, mañana será otro día.