En Letra Pequeña

Fabián Medina

DESCORTÉS

Un día me sorprendí viéndome en el espejo de mi conciencia como un conductor bastante descortés. Principalmente con los taxistas y buseros. Comencé sin darme cuenta una guerra personal con esa plaga que maneja como si sólo ellos tuviesen derecho de circular por la calle, con el brazo colgando de la puerta como quien “voy por mi carril pero reservo el otro” por si se les ocurre cambiar; que usan su brazo izquierdo como usó Moisés hace miles de años su vara, separando los mares de carros para abrirse paso entre ellos, que no distinguen el rojo del verde en los semáforos y que, principalmente, cuando te ven en aprietos hacen todo lo posible para que no podás salir de ellos.

BATALLA

Entonces comencé yo también a acelerar cuando veía que un vehículo, principalmente taxis y buses, quería entrar a mi carril, a arrancar rápidamente en los semáforos para no darles tiempo a que se tiren la roja, a guerrear con ellos a pitazos e insultos… A no dar ni pedir cuartel en este terreno de batalla que son las calles de Managua. Por milagro me libré de mil choques, pero mi ya tradicional mal humor se acentuó para esos días.

GOLPE DURO

Sucedió en una de esas batallas cotidianas. Estaba atrapado tras un taxi (para variar) descompuesto en plena vía. Maldiciendo mi mala suerte por el atraso (siempre lo hacía aunque no tuviese urgencia) y sin esperar piedad de la fila de carros que pasaba a mi lado y no me dejaba salir del carril obstruido, cuando un taxi se detuvo, y con las luces me hizo señas para que saliera del hoyo en que estaba metido. ¡Un taxi! Ninguno de los insultos que me habrán podido soltar en esos días los taxistas me dio en la cara tan duro como esa cortesía. Me desarmó y me hizo preguntarme: ¿y qué diablos estoy haciendo?

CADENA

Un poco más adelante vi otro vehículo que estaba en el mismo aprieto que yo padecía hace unos minutos. Y si antes hubiera acelerado para no darle oportunidad de salir de su embrollo, esta vez me sentí obligado a detenerme y hacerle las señales de cortesía necesarias para que tomara su camino delante de mí. Y luego vi cómo aquel vehículo también le permitió a otro vehículo ingresar al carril en el que nosotros hacíamos fila. Es que la cortesía tiene la virtud de multiplicarse. Esa vez entendí que si yo tengo un gesto de cortesía con alguien, ese alguien posiblemente se sienta obligado a ser cortés con otro, y que así pasando de uno a otro, en algún momento de aprietos me va a tocar a mí, como aquella tarde en que recibí inesperadamente ayuda de un taxi.

TRANQUILO

La verdad es que ahora conduzco tranquilo por las calles. Me siento mucho mejor. Me di cuenta también que el manejo temerario no me ayudaba, como creía, a llegar más temprano a mi destino. Mi humor mejoró y trato de ser cortés con cuantos puedo, incluyendo los taxistas que aún me sacan de mi casilla de cuando en cuando. ¿Con los buseros? Con los buseros es otro el cuento.

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