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Don Fruto en la historia
Hoy, 24 de abril del 2004, los restos mortales de don Fruto Chamorro, el primer Presidente de la República en la historia de Nicaragua, serán sepultados en el sitio donde deben reposar de manera definitiva.
Don Fruto, siendo Director de Estado en 1854 impulsó la aprobación de un decreto de la Asamblea Constituyente mediante el cual se adoptó la denominación de República de Nicaragua y se creó el cargo de Presidente, que él ejerció durante un breve período, hasta su fallecimiento en marzo de 1855.
De don Fruto Chamorro, igual que de todos los prominentes personajes de la historia nacional y universal, se dicen y se pueden decir muchas cosas, buenas o malas. Todo depende del cristal con que se mire. Sin embargo, como dijera en cierta ocasión otro ilustre nicaragüense e igualmente conservador, don Carlos Cuadra Pasos, refiriendo precisamente a don Fruto Chamorro, no se debe “juzgar a los hombres públicos por hechos aislados, porque, como humanos son todos propensos al error que puede marcarse en algún caso particular a pesar de sus méritos sustanciales”.
Cuando don Fruto Chamorro asumió el poder, como Director de Estado de Nicaragua, sólo habían transcurrido 32 años de vida independiente —de 1821 a 1853— pero el país había tenido ya 42 gobernantes, o sea que se vivía en permanente inestabilidad y desorden, muchísimo más que ahora. De manera que para don Fruto el orden era asunto primordial y por eso practicó como política de su gobierno que había que prevenir los males antes que remediarlos, lo que sin duda lo llevó a cometer excesos autoritarios.
Pero el autoritarismo ha sido una enfermedad política crónica de Nicaragua, y tan autoritarios o peores que don Fruto fueron los gobernantes liberales, como por ejemplo, Zelaya, y los Somoza. Además, don Fruto Chamorro hace tiempo desapareció de la escena política nacional; y si bien es cierto que no es absoluta la antigua máxima latina de que: “de los muertos hay que decir sólo lo que los favorezca”, tampoco es útil ni generoso hablar mal y mucho menos exagerar los defectos de quien ya no puede defenderse. En todo caso, don Fruto Chamorro es parte de la historia —igual que los otros personajes antes mencionados—, y lo sano y apropiado es estudiar las circunstancias en que les correspondió actuar, tanto para aprender de sus éxitos como para no repetir sus errores.
Distinto es el caso de los personajes vivientes que causaron agravios a sus adversarios o a cualquier otra persona cuyas heridas están frescas y abiertas y no cerrarán del todo mientras permanezcan con vida. Y peor si ven que sus ofensores —quienes los reprimieron, los confiscaron, los enviaron al exilio, asesinaron o mandaron matar a sus parientes— no pagaron por sus culpas ni pidieron perdón a quienes ultrajaron, y más bien pretenden regresar al poder para hacer lo mismo o algo parecido a lo que hicieron anteriormente.
Los filósofos de la historia aconsejan que es necesario conocer los hechos y los personajes históricos para comprender mejor los problemas actuales. Es cierto que el conocimiento de la historia no resuelve por sí mismo los problemas de la actualidad, sin embargo contribuye de manera muy importante a una mayor comprensión de los procesos del pasado e inclusive del presente, y ayuda a avanzar hacia el futuro de modo más seguro y con mejores perspectivas.
Pero a la historia no se le puede sacar la debida utilidad si se hurga en ella con interés partidista, con pasión y parcialidad que enturbian el entendimiento y distorsionan el hecho y la figura del personaje analizado.
Esto es muy importante tenerlo en cuenta en un país como Nicaragua, pues está comprobado que donde hay altos índices de pobreza y una cultura poco democrática —y como consecuencia los cambios sociopolíticos son lastimosamente lentos—, las imágenes de hechos remotos son tan vívidas como si hubiesen acontecido ayer. Y los temores, odios e intolerancias del pasado se erigen en murallas infranqueables que impiden un entendimiento nacional y civilizado, fundado en el respeto a la pluralidad y las diferencias, que es indispensable para construir el presente y abrir el camino al futuro en condiciones propicias a la paz, el trabajo y el desarrollo.