La batalla del general Naamán

Franklin Bordas Lowery

Hay quienes opinan que los generales lo tienen todo. El general Naamán, aunque era famoso le faltaba algo. Tenía casi todo. El favor y la estima del rey por las victorias dadas a Siria, su país, poder e influencia, dinero, mujeres a su disposición; pero con todo no era feliz. Estaba enfermo, tenía lepra (2 reyes 1-27) ¿De qué servía el poder, el dinero y las influencias, si nada ni nadie podía sanarlo? Naamán era un hombre amargado y, en el fondo de su corazón, desdichado.

¿Cómo no iba a ser Naamán un hombre desdichado con una enfermedad tan temida por todos? Como castigo de Dios esa enfermedad era considerada contagiosa e incurable. El temor al contagio era masivo. Hasta de los enemigos recibía el enfermo conmiseración solidaria y silenciosa. “Tsarath” o “Zaarath” era el nombre hebreo de la enfermedad que al considerarla contagiosa el pueblo judío tomaba medidas preventivas de aislamiento y retiro de la sociedad, para los enfermos. Imagínese cómo podía sentirse el general Naamán.

Por fortuna el general recibió sanación de parte de Dios. La Biblia lo explica así: Naamán supo que el profeta Eliseo, un hombre de Dios, podría sanarlo y fue con su carro y sus caballos, y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo. Pero éste envió un mensajero a decirle: “Ve y lávate siete veces en el río Jordán, y tu cuerpo quedará limpio de la lepra”.

El profeta Eliseo ni siquiera salió a la puerta. El soberbio general estaba acostumbrado a ser obedecido por sus subordinados al mínimo gesto y a ser celebrado donde llegara. ¿Cómo iba a soportar semejante desplante? No podía entenderlo. El versículo 11 (2 Reyes 1), dice que “Naamán se enfureció y se fue diciendo: Yo pensé que iba a salir a recibirme, y que de pie iba a invocar al Señor su Dios, y que luego iba a mover su mano sobre la parte enferma, y que así me quitaría la lepra. ¿No son los ríos de Damasco, el Abaná y el Farfar, mejores que todos los ríos de Israel? ¿No podría yo haber ido a lavarme en ellos y quedar limpio?”

A veces las pruebas que recibimos del Señor están llegando a su fin y, casi al momento de obtener las bendiciones, las rechazamos con un corazón rebelde y orgulloso. Naamán, al ser informado de las instrucciones del profeta, “se fue enojado de allí”. Pero sus criados se acercaron a él y le dijeron: “Señor, si el profeta le hubiera mandado hacer algo difícil, ¿no lo habría hecho usted? Pues con mayor razón si sólo le ha dicho que se lave usted y quedará limpio”.

Como podemos ver, la lepra del general estaba enraizada también en su alma. Pese a tener la oportunidad de sanarse quería que el profeta le rindiera pleitesía, honores a los que él estaba acostumbrado. Quería ser curado de su enfermedad pero que lo trataran con la deferencia que le daba su cargo. La realidad es que delante de Dios todos los seres humanos somos iguales y Él nos trata conforme nuestro corazón, no a nuestros apellidos, títulos, cargos o nombramientos. El rey o el presidente, magistrado, diputado, ministro, general, exitoso empresario, etc., ante Dios simplemente son hijos. Y los hijos todos somos iguales. Naamán podría haberse sentido “especial” por su cargo de general, pero en realidad esto sólo era vanagloria e ilusión, ya que aunque ordenara en el ejército la lepra no cejaría con una orden.

Explica la Biblia que aunque herido y desconfiado, el general Naamán fue y se sumergió siete veces en el Jordán, según se lo había ordenado el profeta, y su carne quedó limpia como la de un niño. La curación del general Naamán fue parte del plan de Dios para su vida. Era el Jordán adonde Dios lo enviaba para sanarse. No eran los ríos de Damasco, el Abaná y el Farfar como el general quería. Simplemente era el lugar y el momento que Dios decidió para sanarlo. Así como el ciego sanado en Jericó, este leproso sería sanado en el Jordán.

Los nicaragüenses seremos sanados de nuestra lepra espiritual y nuestra ceguera para los asuntos de Dios, en nuestra casa, Nicaragua. El general Naamán es una lección viva para hoy. Hay sanidad en Dios. Hay libertad en Dios, hay paz en Dios y sólo con Él, podremos sobrellevar las cargas angustiosas de todo aquello que trata de doblegarnos. Delante de Dios de nada sirve ser general, si no caminamos como hijos verdaderos.

El autor es escritor.

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