Alberto L. AlemÁn Aguirre
Los resultados de las elecciones presidenciales de El Salvador nos dieron dos fenómenos apabullantes.
Uno, la derrota aplastante del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) por más de 20 puntos con una frecuencia electoral históricamente alta —70 por ciento del electorado—, y la obstinada resistencia que los sectores ortodoxos de ese partido muestran al cambio a pesar de que la mayor de la culpa del fracaso recae en factores internos.
En Europa y en otras democracias desarrolladas no europeas como Japón o Israel, la derrota electoral de un partido conduce inevitablemente a la renuncia del líder, ya que en sociedades competitivas, el éxito es la vara con que se mide la efectividad de la conducción.
No es ese el caso en El Salvador, y, como se sabe, tampoco lo ha sido en Nicaragua. El candidato perdedor, Schafik Handal, no sólo ha regresado tranquilamente a la jefatura de la bancada efemelinista en el Parlamento, sino que por sus méritos históricos —como arguyeron sus defensores— todavía seguirá jugando un papel importante en el partido.
Por si fuera poco, la dirigencia de línea dura acalló el clamor de muchos militantes que demandaban algo lógico: un análisis justo y un balance que indicaran porqué se perdieron las elecciones, a pesar del desgaste de 14 años de gobierno de la gobernante Alianza Republicana Nacionalista, Arena.
El analista Arturo Cruz considera que el FMLN tiene “una tendencia natural al suicidio”, al evaluar estas elecciones y las pasadas, en las que los ortodoxos boicotearon la candidatura del líder reformista Facundo Guardado y hasta celebraron su derrota.
No sé si la frase es un poco dura, pero se pueden sacar algunas lecciones de lo acaecido. Uno, que un candidato polémico y asociado a un pasado violento, no es capaz de convencer a un amplio electorado más allá de la propia base partidaria.
Dos, que mientras la mayoría de los ciudadanos no perciba que un partido político como el FMLN haya realmente cambiado, será fácil emplear campañas que usen el miedo al pasado como sustituto de un verdadero debate sobre el futuro, como sucedió en El Salvador, y que fue otro factor de peso.
Lo sucedido se vincula a una cuestión compleja: ¿cuál debe ser la forma moderna de una izquierda realmente democrática?
Los equivalentes de Handal y Daniel Ortega en los viejos países comunistas están totalmente retirados de la política. O bien escriben sus memorias, o bien guardan silencio y algunos están presos, como en Alemania. Los liderazgos de las fuerzas poscomunistas están en manos de jóvenes dirigentes que no alcanzaron la prominencia en las postrimerías del viejo régimen.
Polonia, por ejemplo, entró a la OTAN y la Unión Europea bajo la presidencia de un presidente poscomunista, un antiguo pero joven “aparatchik”, y ha sido un buen aliado de Estados Unidos en la guerra en Irak.
Luiz Inácio Lula da Silva, en Brasil, es una brillante muestra de pragmatismo. No ha dudado en distanciarse de su propia base partidaria para preservar los intereses mayores de Brasil ante demandas populistas que pueden llevar a un caos económico.
No necesariamente la izquierda centroamericana debe seguir los mismos pasos de sus colegas de Europa del Este, pero sí está obligada a dos tipos de reflexión: un cambio a lo interno y para el país. Como lo proponen Alejandro Serrano Caldera y Andrés Pérez Baltodano:
Es imprescindible una reflexión profunda —de la cual no se libra tampoco la derecha— y responder a uno de los desafíos pendientes de Centroamérica: establecer un consenso social para construir un verdadero Estado-Nación, y así poder elegir sin miedo a los fantasmas del pasado.