Antonio Lacayo
Con los precios del petróleo por encima de los treinta dólares el barril, son muchos los países que se lamentan ahora de no generar buena parte de su energía eléctrica en base al agua de sus ríos. Producirla con petróleo importado resulta hoy día tan caro que ya se habla de emergencias nacionales y de racionar el suministro energético.
Costa Rica, nuestro vecino al sur, no se muestra tan preocupado. A lo largo de los últimos 50 años ha dedicado buena parte de sus recursos a represar sus ríos, y ahora genera un 90 por ciento de su electricidad en base a esas presas, a costos fijos, favorables para sus industrias y su agricultura de riego, cómodos para sus ciudadanos en sus casas.
Nosotros, por el contrario, estamos profundamente arruinados. Nicaragua genera casi el 90 por ciento de su electricidad en plantas térmicas que no se mueven sin petróleo importado, mientras las aguas de nuestros ríos corren placidamente hacia los mares, lo que equivale a tirar el dinero al océano.
Hay países, sin embargo, que no pueden hacer nada al respecto. Tiene recursos hídricos limitados. El Salvador es uno de ellos. Nicaragua, por el contrario, tiene gran cantidad de lugares donde, con poca inversión pública o privada, se puede generar suficiente electricidad para no tener que aumentar nuestra actual dependencia del petróleo.
Hace pocos días visité en Honduras un proyecto que está a punto de inaugurarse, donde gran cantidad de carpinteros, armadores y albañiles terminaban de construir un murito de concreto para formar una poza en un pequeño río, y un túnel de 230 metros de largo, para desviar su caudal de 3 metros cúbicos por segundo y generar 7 megavatios de electricidad sin gastar una gota de petróleo, antes de devolver las aguas al cauce del mismo río. Una vez puesto en marcha, el próximo mes de junio, este proyecto dará energía para unas 200,000 bujías.
Con cuatro o cinco proyectos como ése cada año, Nicaragua podría ir atendiendo el crecimiento anual de la demanda de energía eléctrica sin necesidad de recurrir a la construcción de nuevas plantas térmicas que hagan más gruesa la soga con que nos estamos ahorcando.
Allí mismo supe que las autoridades del Gobierno han aprobado la construcción de varios proyectos como ése, que suman 68 megavatios, uno de 12, otro de 18, y así por el estilo, todos de inversionistas privados, sin que los mismos signifiquen nuevo endeudamiento para el Gobierno.
El Presidente de la República, a quien vi en esa ocasión con motivo de otra inauguración, al referirse al asunto comentó que la idea era reducir la dependencia del petróleo importado en base a los recursos renovables del propio país.
Todo me pareció correcto. La verdad es que no hace ningún sentido estar haciendo cada vez más ricos a los jeques árabes con nuestros dólares, en lugar de utilizar una parte de ellos en generar empleos en el gremio de la construcción, aquí en nuestro país, en diferentes sitios de la geografía nacional, y ahorrarse el resto, año con año, para gastarlos en educación, salud, carreteras y otras necesidades urgentes.
Lo único que me hubiera gustado, además de lo que vi y oí, fue que hubiese sido en Nicaragua. No fue así. Como digo, estaba en Honduras.
Quizás valdría la pena que nuestros diputados se diesen un compás de espera en sus asuntos políticos, aunque sea por un par de días, y revisasen cómo se puede levantar la prohibición existente en Nicaragua para construir presas hidroeléctricas de más de cinco megavatios, dado que la Ley 467 de julio del año pasado limita a esa capacidad tan baja el otorgamiento de permisos de aprovechamiento de agua para la generación de energía eléctrica en base a la hidráulica de los ríos.
Me cuesta entender que los hondureños estén tomando pasos inteligentes para liberarse de la dependencia petrolera, y que los ticos lo hayan hecho mucho antes, mientras nosotros los nicaragüenses no estemos haciendo lo mismo. Debemos tomar acciones concretas para lograr nuestra liberación energética. En esto no hay tiempo que perder. Cada semana de atraso es dinero que tiramos al mar. Y es evidente que no se justifica seguir así.
El autor fue Ministro de la Presidencia de Nicaragua.