New York, New York

Edgard TijerinoEnviado especial/Nueva York La última vez que estuve en Nueva York la encontré convulsionada. Era natural. Fue en septiembre del 2001 después del ataque terrorista a las Torres Gemelas. Vine impulsado por la curiosidad periodística de ver la ciudad en medio de las dificultades, y estar en la pelea que Bernard Hopkins le ganó […]

Edgard TijerinoEnviado especial/Nueva York

La última vez que estuve en Nueva York la encontré convulsionada. Era natural. Fue en septiembre del 2001 después del ataque terrorista a las Torres Gemelas.

Vine impulsado por la curiosidad periodística de ver la ciudad en medio de las dificultades, y estar en la pelea que Bernard Hopkins le ganó por paliza al hasta ese momento invencible Félix Trinidad.

Desde 1971 cuando la conocí, siempre me ha impresionado Nueva York. La canción de Frank Sinatra, y el libro de Tom Wolfe, La hoguera de las vanidades, así como los escritos de Norman Mailer y Jim Murray, la han graficado con precisión.

La calle 42 parece haber estado ahí desde antes del boleo de Herodes a Pilato, y por supuesto Times Square, la más famosa esquina del planeta.

Ésta es la ciudad del Empire State, de la Estatua de la Libertad, del puente de Queens, del aeropuerto Kennedy, de Soho convertido de barrio pobre en una luminosidad, de la quinta avenida, de los publicistas de Madison, de la Estación de trenes de Penn, de hoteles como el Waldorf Astoria y el Plaza, del Centro Rockefeller, de City Hall, del Teatro Amsterdam, del Yanqui Stadium y del Garden.

Ahí, donde Alí enfrentó a Joe Frazier en 1971, el mismo sitio que vio coronarse a Roberto Durán en 1972, y en el que peleó Alexis Argüello, estará Ricardo Mayorga mañana buscando cómo derrotar a José “El Gallo” Rivera y regresar a la notoriedad.

Como siempre, Mayorga es un inquilino inadvertido en el Hotel Southgate Tower.

Rigoberto Garibaldi funciona como un escolta permanente.

“Nueva York asusta por su grandiosidad, pero estimula a la vez”, dijo el argentino Oscar Bonavena cuando vino para enfrentar a Muhammad Alí en diciembre de 1970.

Ésa fue mi primera impresión hace 33 años, y después de 18 visitas, incluidas 4 en 1977, algo de eso queda.

Es una ciudad de extremos cercanos. Enfrente de la majestuosidad del Hotel Marquis de la cadena Marriott, un prójimo económicamte inhabilitado, utiliza una caja de cartón para armar “su cama” en pleno Broadway, y todo lo que lo rodea le vale.

La Nueva York de Sinatra, de Mailer, de Woody Allen, sigue siendo la misma después de Giuliani. Pueden preguntarle a Hillary Clinton.

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