José Rojas R.
Para ejecutar un proyecto de ampliación de una carretera o la construcción de una nueva, generalmente se considera como beneficio el menor tiempo que tomará transitar por dicha vía y los menores costos de combustible y mantenimiento, asociados a un tránsito menos congestionado. Es decir, lo que se pretende es aumentar la velocidad promedio con la que se puede desplazar.
Por ello, cuando se coloca una cantidad excesiva de reductores de velocidad se reducen también los beneficios que se pretendían otorgar con el proyecto, pues disminuyen la velocidad y aumentan los costos al transitar por la misma. Por ejemplo, en la Carretera Sur hay una zona con siete reductores en un tramo de cuatro kilómetros. Y pareciera que quieren colocar más.
Cuando se destina una gran cantidad de recursos para un proyecto carretero y se disminuyen sus beneficios colocando reductores de velocidad, se consigue la misma rentabilidad para la sociedad que la que consigue una persona que compra una computadora para usarla como calculadora.
Algunos argumentan que los reductores se justifican por los constantes accidentes que provocan quienes manejan, en forma irresponsable, a velocidad excesiva. Pero entonces el problema no se soluciona alterando las condiciones de la carretera (con ello sólo se traslada el problema a zonas donde se puedan dar las condiciones para conducir a altas velocidades). Se soluciona con mejor educación vial como requisito para obtener la licencia de conducir y con mayores controles policiales en las horas de más tránsito e incidencia de accidentes (los reductores de velocidad afectan a todos en todo momento)
En todo caso, si se prefieren los reductores de velocidad, entonces sería más rentable no mejorar ni darle mantenimiento a las carreteras, y utilizar este dinero en proyectos de educación vial y fortalecimiento de la Policía de Tránsito.