Julio Ignacio [email protected]
Dicen que al principio de los tiempos primero fue el caos, y después Dios —o la Naturaleza— ordenó la creación. En Nicaragua es al revés. Cuando se piensa que se tiene algún ordenamiento y hay posibilidades de progreso y desarrollo, se revierte al caos de una forma constante, como en la maldición de Sísifo condenados a subir la piedra que irremediablemente rodará de nuevo hacia abajo, eternamente.
El caos actual llegó cuando menos se esperaba, pues el Gobierno cuando fue electo era depositario, como todo nuevo gobierno, de las esperanzas de un cambio y un arranque social, económico, creación de nuevos puestos de trabajo, etc. Y a medida que fue pasando el tiempo, la situación nacional se metió como en un embudo que colocó a la sociedad en las puertas de un laberinto del que ahora no se sabe cómo salir.
El laberinto, dicen las leyendas mitológicas, consistió en un edificio que Minos II, rey de Creta, mandó construir al arquitecto Dédalo, padre de Icaro, para que nadie, una vez adentro, pudiera escapar por lo complicado de su estructura.
Se dice que dentro del laberinto fue encerrado el Minotauro, un monstruo medio toro y mitad hombre que se alimentaba de carne humana, hijo del propio Rey Minos II, que había nacido así por castigo del dios Neptuno.
Por discrepancias personales, Minos mandó a encerrar también al constructor Dédalo y a Icaro, en el laberinto. Pero siendo Dédalo un tipo de mucho ingenio (y audacia) pensó un medio de escapar, y con el pretexto de construir un regalo para el rey pidió a sus carceleros plumas y cera, y se construyó unas alas.
Una vez listas las alas para él y su hijo, le dio instrucciones de cómo volar sin problemas y le dijo: “Hijo mío, tenemos que volar con prudencia, debemos guardar siempre en el aire una distancia conveniente. Si te elevas demasiado, el sol calentará la cera y se derretirán tus alas. Si vuelas demasiado bajo, la humedad del mar las hará demasiado pesadas para tus fuerzas débiles. Por lo tanto evita los extremos”.
Dichos los consejos, se pusieron las alas y se lanzaron a volar. Icaro, confianzudo, se elevó queriendo acercarse al Sol, pero se derritió la cera de las alas y cayó en el mar.
Ésta es una leyenda. Lo que posiblemente ocurrió, según dicen, es que Dédalo lo que inventó fue poner velas a una barca, tomando ventaja a los barcos del Rey Minos empujados por remos, escapando así de su laberinto de problemas, y lo que pasó a su hijo Icaro fue que perdió la calma, dirigió imprudentemente y temeroso su barca y se estrelló contra los escollos.
Leyendo esta fábula, pienso que hubiera sido un buen capítulo en el Príncipe, de Maquivelo, aconsejar a los gobernantes evitar los laberintos, pero si tienen la mala suerte de caer dentro de uno, indicarles cómo salirse, esquivando los extremos, preparando sus velas con ingenio, conscientes de sus fuerzas y debilidades, volando ni muy alto ni muy bajo, guardando las distancias, con prudencia y audacia para llegar a puerto seguro, sin que se les ocurra pensar como Icaro que se pueden acercar al Sol, porque las alas que llevan a las alturas están pegadas con cera.
El autor es jurista, residente en el exterior.