Jacson Mornard y William Hurtado

Silvio Mé[email protected]

“Todo crimen lleva consigo una incapacidad natural y un germen de desgracia”.
Chateaubriand

El 21 de agosto de 1940 ocurrió, en la ciudad de México, un asesinato político que estremeció a ese país, pues se vieron mencionados en el crimen, prominentes figuras como los famosos pintores Alfaro Siqueiros y Diego Rivera.

El día del crimen fue la fecha en que el dictador Joseph Stalin decidió terminar con la vida de León Trotsky, quien sabía y hablaba mucho; era un disidente comunista exiliado en México después de haber sufrido prisión en las ergástulas de Alma-Ata, en Asia Central, por disentir y rivalizar el poder de Stalin, denunciando después en el exilio al estalinismo como una forma de perversión del comunismo y con su publicación de la “teoría de la revolución permanente”.

El hechor del crimen, Jacson Mornard, un comunista español, fue enviado a asesinar a Trotsky por la policía secreta soviética de ese tiempo, la NKVD, antecesora a la KGB. Mornard fue capturado por las autoridades mexicanas y condenado a 20 años de cárcel, término que cumplió, al quedar en libertad fue expulsado y entregado a autoridades comunistas checoslovacas, en mayo de 1960. Durante el juicio Mornard mantuvo ser el único culpable del crimen, nunca incriminó a nadie. La policía mexicana hizo lo que pudo para conseguir el esclarecimiento del “caso Trotski”. El mismo, tras el primer atentado, que falló, y luego su mujer, Natalia, después del segundo, fatal para el viejo bolchevique, hubieron de reconocerlo así. Pero, por entonces, Bélgica y Francia gemían bajo el yugo nazi. La Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin se habían aliado, toda investigación en Europa era imposible a causa de la guerra, y el episodio no tuvo la resonancia internacional que merecía. Con esto contaban Stalin y Beria, así como sus agentes en México y Estados Unidos, encargados de organizar y llevar a cabo el asesinato.

Al obtener su libertad, Jacson se fue a Moscú, donde fue bien recibido, condecorado, otorgado el rango de general de brigada de la KGB y premiado con una “dacha” lujosa, donde vivió hasta sus últimos días en abundancia. El crimen que cometió Monard, conocido también con su nombre español, Ramón Mercader del Río, fue tan brutal como el cometido por William Hurtado en la persona del periodista Carlos Guadamuz, con la diferencia que Monard utilizó un piolet de alpinista para cometer el crimen, y Hurtado una pistola. Ambos eran alumnos de la escuela de represión comunista, la NKVD y su sucursal tropical de los ochenta, la DGSE, siendo de esa manera, ambas víctimas, presas del “largo brazo de la revolución”, escuela leninista de cómo mantenerse en el poder.

Estas dos víctimas del terror fueron miembros de las estructuras políticas de extrema izquierda de sus respectivos países, convirtiéndose los dos en disidentes peligrosos, al ser Trotsky un crítico tremendo del Komintern y Stalin, Guadamuz de la cúpula del FSLN y sus directores.

Ambas víctimas fueron profundos conocedores y cómplices de las intimidades de sus respectivas organizaciones y sus líderes, que al exteriorizar sus ponzoñosas críticas con verdadero conocimiento, daba veracidad a sus escritos y comentarios. Nadie mejor que ellos conocían el “modus operandi” de sus antiguos camaradas, lo que provocó la ira y la venganza. Ahora estos dos crímenes son historia que se repite, con causa y acción similar.

William Hurtado se ha declarado único culpable de este crimen, negándose a implicar a nadie más que a sí mismo. Y dos meses después del asesinato lo único que está claro es que los autores intelectuales quedarán en el “misterio”.

La escuela leninista enseña a sus “alumnos” que el terror es básico y muy importante para el control de la ciudadanía y de sus principales adversarios. La historia nacional guarda los múltiples crímenes políticos achacados a grupos extremistas de izquierda, crímenes ocurridos en momentos críticos y que nunca han sido resueltos, pero que todas las sospechas han caído en miembros de extrema izquierda. Pedro Joaquín Chamorro, Eleázar Herrera, Jorge Salazar, Fanor Rodríguez, Arges Sequeira, Enrique Bermúdez y etc. y etc. y etc. ad nauseam. Todos ciudadanos probos, que de diferente forma contribuyeron al avance democrático de Nicaragua y que fueron inmolados cobardemente, con el único fin de acallar y aterrorizar a sus amigos y seguidores. El pueblo ensangrentado siempre será amedrentado.

“No hay que abdicar de nuestra libertad, todos estamos sometidos al tiempo y la fatalidad”. Erich Fromm.

El autor es candidato a PhD en Ciencias Políticas.

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