Matando en nombre de Dios

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Matando en nombre de Dios





Los días de Semana Santa son apropiados para reflexionar sobre el contrasentido de matar en nombre de Dios, que se creía superado por el desarrollo de la civilización pero que ha renacido en algunos lugares del mundo con tanta fuerza como en el pasado.

Y es paradójico que sea el Oriente Medio, donde está la Tierra Santa de las tres grandes religiones monoteístas del mundo: judaísmo, cristianismo e islamismo, el lugar en el que más se emplea la violencia para matar en nombre de Dios; lo que en realidad es un crimen contra Él mismo, porque para todas las religiones la vida humana es una creación a semejanza divina, un don sagrado que se debe respetar incondicionalmente.

La verdad es que no existe ningún texto religioso fundamental, llámese Torah (judía), Biblia (cristiana) o Corán (islámico), que propugne la muerte violenta de las personas porque piensan de manera distinta. Lo que sucede es que algunos fanáticos siguen sustentando y practicando el totalitarismo religioso medieval, según el cual la fe propia debe ser impuesta a toda la humanidad, y por lo tanto todas las demás religiones deben ser negadas y extirpadas, y sus creyentes castigados inclusive con el asesinato individual, en grupos o masivamente.

Este fanatismo causa y justifica tranquilamente matanzas espantosas de seres humanos inocentes e indefensos, como las del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York y Washington, y la del 11 de marzo del 2004 en Madrid. Y se funda este fanatismo en la deshumanización de seres que son irracionalmente intolerantes y violentos, los que a su vez inducen a cometer crímenes monstruosos a otras personas extremadamente ignorantes y crédulas.

Ciertamente, a los jóvenes musulmanes que se inmolan haciendo estallar poderosos artefactos explosivos en lugares de gran concentración de sus “enemigos” (centros comerciales, jardines infantiles, parques, restaurantes, estaciones de trenes, paradas de autobuses, etc.), les hacen creer que al morir cometiendo esos terribles asesinatos colectivos se convierten automáticamente en mártires (shahid) de la guerra santa (jihad) ordenada por Dios (Alá). Y que asesinando “infieles” serán premiados yendo de inmediato al paraíso (janna), un mítico lugar celestial atravesado y circundado por ríos de agua, leche, miel y vino; donde se puede tomar todo lo que se quiera de ese licor divino que enerva pero no emborracha, comer sin límite la deliciosa —y en la tierra prohibida— carne de puerco, y ser atendidos permanentemente por bellísimas mujeres (huríes) de esculturales cuerpos y hermosos ojos almendrados.

Sin embargo, según los musulmanes moderados y sensatos, que no son pocos, el fanatismo es una aberración. El islam es una doctrina dictada por Dios (Alá) al profeta Mahoma por medio del arcángel Gabriel. Es una gran religión que como todas las grandes religiones se basa en el amor a Dios y al prójimo. La Palabra de Dios revelada al profeta está contenida en el Corán, el que, como todos los grandes libros religiosos de la humanidad, enseña que son mejores la paz y el amor que el odio y la guerra, que la tranquilidad espiritual y la salvación anímica se alcanzan por medio de la oración, la caridad, el ayuno y la peregrinación a los santos lugares.

En realidad, quienes han hecho de la religión islámica un instrumento de intolerancia, terror, muerte y destrucción, son los militantes y simpatizantes de una secta llamada wahabista, que fue fundada hace unos 300 años por el fanático Muhammad ibn Abdul Wahab. Él interpretó la jihad como una guerra total e incesante contra todas las personas no musulmanas, y además reclasificó a judíos y cristianos —y en general cualquiera que no profese el islamismo— como “mushrikun”, o sea idólatras que deben ser exterminados donde sea y como sea.

Durante tres siglos el wahabismo permaneció confinado al territorio de Arabia Saudita, pero en los últimos años logró expandirse hacia casi todos los países musulmanes y prácticamente por todas partes del mundo. De manera que el wahabismo tiene ahora células o agentes (que aparecen como misioneros o imanes) en más de cien países del planeta.

Eso es lo que explica que la red terrorista Al Qaeda tenga militantes de tantas nacionalidades, que matan en nombre de Dios pero que en realidad son asesinos infernales.

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