Un niño iraquí extrae agua del único pozo de la ciudad de Um Qasar, al sur, del que se abastecen cientos de familias a pesar de sus pésimas condiciones sanitarias y la basura en el fondo del mismo.

Irak: un nuevo “Salvaje Oeste”

A un año de la guerra, Irak se asemeja más a un “Salvaje Oeste” de las películas de vaqueros, que a un moderno Estado. Pese a que han florecido adelantos antes proscritos como los café Internet, la televisión por satélite y la prensa libre, también lo han hecho el robo, los secuestros y los asesinatos. […]

  • A un año de la guerra, Irak se asemeja más a un “Salvaje Oeste” de las películas de vaqueros, que a un moderno Estado. Pese a que han florecido adelantos antes proscritos como los café Internet, la televisión por satélite y la prensa libre, también lo han hecho el robo, los secuestros y los asesinatos.
    Nadie está seguro y nadie sabe qué pasará mañana

Javier Martín y Pedro C. Martín/ EFE REPORTAJES

Un año después de la guerra, Irak se asemeja más al rudo y peligroso “Salvaje Oeste” que conquistaron los colonos norteamericanos en el siglo XIX, que a un moderno Estado del siglo XXI que trata de avanzar y encontrar su camino junto a las naciones democráticas. El paro y la inseguridad atenazan a sus ciudadanos.

Pese a que han florecido adelantos antes proscritos como los café Internet, la televisión por satélite y las emisoras de radio y los medios libres, el sonido que más se escucha es el hosco detonar de las bombas y las pistolas, y el trágico ulular de las ambulancias.

Armas por todos los rincones, en todos los coches, bajo los fregaderos, en los porches de las casas. Pistolas y fusiles que arrancan vidas, armas permitidas –que portan los soldados ocupantes y los guardaespaldas–, y las prohibidas, las infames, en manos de los insurgentes, de los ladrones, de los terroristas.

Todas perturban cada noche el sueño de los niños, que no duermen de un tirón desde hace más de un año. Sueños y cristales rotos, también algunos ladrillos que se adosan, algunos andamios, obreros aquí y allá. Novedades, teléfonos móvil, progreso.

Pero también mucho vagabundo y desempleado. Mucho buscavidas, mucho oportunista, mucho nuevo rico, mucho abandonado, mucho soldado desorientado.

En todos, la inseguridad, la desconfianza y el miedo tatuado en la mirada, en cada diálogo, en la puerta de las casas.

LAS AK CUIDAN EL CAMINO A LA ESCUELA

“Un año después, me preocupa sobre todo la seguridad”, confiesa a EFE, Najwa Lana, una mujer moderna, acomodada, propietaria de una floristería en la céntrica avenida Al Mansur de Bagdad, antes arteria de la ciudad y pulmón social.

“Es verdad, ahora podemos hacer lo que queremos, pero yo necesito un guardaespaldas para regresar a casa por la noche. Tengo miedo de que me secuestren”, se lamenta.

Aparte del robo, cada vez más habitual, el mayor peligro en la capital iraquí son los secuestros. Sobre todo de niños, obligados a ir al colegio acompañados de hombres corpulentos armados con Kalashnikovs.

Bandas organizadas, fuertemente armadas y con potentes carros llegados de Jordania y Kuwait sin impuestos, llegan a toda la velocidad, inmovilizan a la víctima, y demandan una fuerte cantidad, en dólares, por su vida. Dinero fácil.

Najwa, la florista, ha puesto un guardaespaldas y a contratado un chofer para que acompañe a su hija a clases todos los días. Es una de las afortunadas. Su negocio, en una de las zonas más acomodadas de Bagdad, le permite vivir bien y pagarse esa especie de protección privada, más psicológica que real.

“Antes, el único que robaba era el Gobierno. Recuerdo que el dinero bajo cuerda estaba a la orden del día. Cualquier gestión suponía algunos dólares para el soldado de la puerta, el funcionario de seguridad, el funcionario que ponía el primer sello, el que le daba, salida… Pero podías pasear tranquilamente por la rivera del Tigris, disfrutar de un pescado a la brasa, un vaso de té y una pipa de agua”, recuerda un conocido periodista occidental ahora afincado en Irak.

Una vida que, pese a la “liberación”, también hecha de menos gente como Ali Ibrahim, panadero en Jadriye, un barrio del céntrico distrito de Karrada. A 50 dinares iraquíes el bollo de pan (apenas 3 centavos de dólar), debe hacer muchos esfuerzos, y cocer muchas masas, para poder llegar a fin de mes.

“No me va mal del todo, pero tengo que trabajar todo el día. Además, los precios están establecidos oficialmente y no los puedo variar”, aclara Ali.

ENTRE EL PARO Y EL MIEDO A MORIR

El paro es uno de los grandes problemas de Irak. Meses antes de la guerra, muchos imaginaban que cuando llegara la democracia, el trabajo y los dólares iban a entrar a raudales en el país, en las carteras de las compañías occidentales.

Ahora son pocos los que encuentran trabajo con las empresas, que prefieren traer consigo a sus expertos y emplear a los iraquíes en puestos de menor responsabilidad. Y además, quienes lo hacen tienen miedo a ser tachados de colaboradores.

Los “colaboracionistas” han sido uno de los objetivos preferidos, junto a los soldados de EE.UU. de los heterogéneos y dispersos grupos de insurgentes, integrados por mercenarios, integristas islámicos venidos de otros países musulmanes, y partidarios del antiguo régimen.

Uno de esos señalados por la fortuna, de los que ganan dólares con las compañías llegadas junto a los soldados ocupantes, es Samir al-Salah, quien pese a ello, como la mayoría del país, despotrica de los invasores.

“Antes, si no te metías con nadie, podías vivir en paz, beberte unas cervezas y pasarla bien. Ahora eso es imposible. Y todo por culpa de los americanos que quieren nuestro petróleo”, se queja Al-Salah.

Pocos dirían de él en Occidente, por su imagen, que se ajusta al prototipo manido de radical islámico; pero sus palabras podrían granjearle las suspicacias de los norteamericanos. Añora la vuelta del caído Saddam “para que nos libre de esos locos chiítas que sólo piensan en ir a la mezquita y que quieren hundir el país”.

Un discurso que refleja el que es, quizá, el peligro futuro que más amenaza a Irak: una eventual guerra civil entre las dos corrientes islámicas mayoritarias en el país.

Las raíces de este temor, advierten los expertos, es la falta de transparencia y la desconfianza con la que los iraquíes ven el proceso de transición, al que apenas prestan atención.

Ali, el panadero, no se ruboriza al admitir que no está muy al tanto de la labor de la Coalición internacional que gobierna Irak de facto desde la caída de Saddam Hussein, y que apenas conoce cómo será la transferencia de poder prevista para el 30 de junio.

Una fecha que ha parado los relojes de Irak. Todo el mundo habla de ella, nadie se atreve, si quiera, a pensar, a musitar qué pasará después.

Igual confesión admite más del 60 por ciento de los iraquíes, que además aseguran no tener mucha confianza en esa autoridad provisional y demuestran más fidelidad a los líderes religiosos de sus comunidades, la policía iraquí o Naciones Unidas, organización a la que muchos darían la bienvenida.

“Ahora no hay seguridad. Tampoco hay trabajo. Es todo muy difícil Nos gobierna una partida de ladrones”, afirma Ali Hashim, un ingeniero informático de 28 años que trabaja seis días a la semana en uno de los muchos café Internet que han proliferado en Irak.

Ali terminó su servicio militar obligatorio el 1 de marzo de 2003, apenas tres semanas antes del comienzo de la guerra, y dice seguir “dando gracias a Dios por ello”.

“A Ahmed Chalabi –miembro del Consejo de Gobierno– lo buscan en Jordania para meterle en la cárcel. Todos luchan por el poder. Aún así, esperemos que todo este esfuerzo al menos nos traiga verdadera democracia”, señala Ali.

Casi un año después de la caída de Saddam, tras más de treinta de dictadura, cuatro de cada cinco iraquíes desean una democracia en su país. Sin embargo, el mismo número sigue confiando en la llegada de un nuevo líder que sepa dirigir el país con mano y hierro.

“Necesitamos a alguien que sepa mandarnos”, insiste Al-Salah, que vuelve a evocar a Saddam, una larga sombra que todavía se cierne, tenebrosa, sobre el pueblo iraquí, pese a que pena en un algún oscuro rincón del país que un día gobernó con opulencia.

Un país sacudido, donde un año después conviven sentimientos encontrados: un 40 por ciento de la población dice sentirse “humillada” por la invasión de Irak; otro 40 por ciento responde sentirse “liberada”.

HACIENDO SU AGOSTO

En este ambiente, hacen su agosto personajes como Patrick Lowry, un norteamericano fortachón dueño de uno de los negocios más florecientes ahora en Irak: las compañías de seguridad personal. “Te puedo conseguir un guardaespaldas entrenado para defenderte desde 250 dólares al día. Si quieres a alguien que dé la vida por ti, te costará más de 3,000 dólares. Yo me llevo el 15 por ciento. Es el precio de la libertad y de la democracia”, se jacta.

LA TIRANÍA DE LA MISERIA

A pesar de la buena cosecha de cereales de 2003 y el levantamiento de las sanciones de la ONU, casi la mitad de los 26 millones de iraquíes viven por debajo del umbral de la pobreza y dependen aún de la ayuda alimentaria, según un informe hecho público en septiembre pasado por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA).

El estudio sobre las reservas alimentarias y la nutrición en Irak, fruto de una misión conjunta sobre el terreno de expertos de ambos organismos de la ONU, señala que los efectos de la guerra, las sanciones económicas y tres años de grave sequía (1999-2001) han mermado drásticamente los medios de subsistencia de la población y dañado la capacidad productiva del sector agrícola.

La malnutrición crónica afecta a varios millones de personas, entre las cuales hay 100,000 refugiados y alrededor de 200,000 desplazados en el interior del país, con una situación más delicada para las madres y la población infantil en el centro y el sur de Irak.

Se calcula además que en la actualidad hasta el 60 al 70 por ciento de la población iraquí no tiene trabajo.

Frente a esta situación la misión de FAO y PMA reconoce la necesidad de proseguir con el sistema de distribución pública de alimentos –financiado mediante el programa Petróleo por Alimentos– y subraya que el sector agrario necesitará todavía un período de tiempo considerable para restablecerse y poder abastecer a la población.

En otro orden de cosas, la escasez de agua potable y la falta de estructuras sanitarias son otros de los graves problemas de la posguerra iraquí.

En sus conclusiones, los expertos de la FAO y del PMA subrayan que hace falta todavía un flujo considerable de recursos para rehabilitar la economía iraquí en su conjunto y el sector agrario en particular, en especial sus infraestructuras –como el regadío– y poder mejorar así la situación nutricional de la población.

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