A 50 años de las heroicas muertes

Jorge J. Cuadra V.

Analizando los hechos sangrientos del 4 de abril de 1954, se puede llegar a la conclusión de que la dictadura del general Anastasio Somoza García jamás estuvo más cerca de su fin que aquella soleada mañana de Domingo de Ramos. El grupo de jóvenes oficiales de la GN, unido al grupo de civiles que llenos de un gran patriotismo decidieron ofrendar sus vidas por una Nicaragua mejor, conformaban un frente formidable en donde la valentía y el heroísmo eran los principales elementos para asegurar el triunfo.

Las cosas empezaron a salir mal desde que uno de los complotados empezó a padecer de remordimientos y corrió a contarle a la GN los planes que habían para atentar contra el general Somoza, comprometiendo el factor sorpresa tan necesario para el triunfo, no obstante, los planes siguieron el curso establecido.

A lo largo de la Carretera Sur la gente armada estaba en sus puestos y sólo era cosa de esperar que la caravana del dictador pasara por donde le esperaba la muerte, pero el destino incontrolable decidió hacer otra cosa. Esa mañana se había recibido en el despacho presidencial un telegrama. Era del general Juan Domingo Perón, dictador de la República de Argentina, para el general Somoza, y le hacía saber que en las próximas horas de ese 4 de abril le iba a llegar por avión un potro pura sangre que le mandaba de obsequio. A la hora que la caravana presidencial estaba lista para partir, le hicieron saber al general Somoza lo del telegrama del general Perón. Somoza la pensó un instante y a continuación decidió ir al aeropuerto a recibir su potro pura sangre y ordenó el cambio de rumbo, esquivando, sin saberlo, su cita con la muerte.

En ese momento se cambió la historia del país, y por esas casualidades asombrosas de la vida le torcieron el destino a muchas personas ligadas de alguna manera con los héroes que estaban supuestos a morir tratando de eliminar al tirano y murieron sin saber que por la intervención involuntaria de un potro pura sangre, el general Somoza no acudió al lugar en donde lo esperaban los justicieros emboscados.

Mientras el general Somoza se dirigía hacia el aeropuerto, los hermanos Báez Bone, Pablo Leal, Juan Martínez, José María Tercero, Rafael Choiseul Praslin, Gabuardi Lacayo y muchos más que se me esconden tras la barrera del tiempo, esperaban ansiosos en la Carretera Sur la llegada del dictador. Consumidos por la impaciencia se descubrieron al atacar a un camión lleno de guardias nacionales, que por otras razones se encontraba en el lugar de la emboscada y los héroes creyendo que se trataba de la caravana del dictador abrieron fuego y entraron en combate. A la vez se desplazaron hacia los cafetales de la zona, buscando la salida hacia San Marcos, al comprender que el general Somoza no iba en esa caravana. Pero ya era muy tarde, porque los ecos de los balazos llegaron hasta la Carretera Norte, desde donde salió la orden de exterminar a los que se habían atrevido a desafiar al poderoso dictador.

La cacería fue cruel y sangrienta. Para los héroes del 4 de abril no hubo misericordia, ni tregua. Unos tuvieron la suerte de morir en combate mientras se enfrentaban en los cafetales a los esbirros de la GN, pero otros fueron apresados vivos y antes de morir pasaron por las sanguinarias torturas ejecutadas por los verdugos de casa presidencial. A los hermanos Báez Bone les tocó ese doloroso final. Para ellos no hubo piedad y los descuartizaron con saña, porque no les perdonaban que hubieran abandonado las filas de la GN. Y cuentan los que tienen por qué saberlo, que a pesar de tanto dolor los heroicos hermanos fueron desafiantes hasta el último hálito de vida y jamás se rindieron ante su verdugo, que no era otro que el sanguinario coronel GN, Anastasio Somoza Debayle.

Cincuenta años después de esa gesta llena de heroísmo, el país ha cambiado muy poco y a pesar de los nuevos aires de democracia se siguen atropellando las esperanzas del pueblo y se sigue soñando con un mundo de justicia, trabajo y paz, pero la impunidad que se ha apoderado de la nación no deja que se cumplan esos sueños. Los héroes llorarían de vergüenza al ver cómo se manosean los derechos del pueblo y dirían que es mejor estar muertos, que vivir esclavos en este mundo plagado de injusticia.

A cincuenta años de sus heroicas muertes, gloria eterna para aquellos valientes nicaragüenses que sabían que iban a morir por la Patria, y aún así no se doblegaron jamás.

El autor es analista político.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí