Ariel Montoya
Desde las elecciones de 1990 hasta las del 2001, el voto ha sido de castigo, más que contra el FSLN, dada la sospecha totalitarista y la percepción del miedo que podrían volver a implementar de llegar al Gobierno. Tampoco ha sido un voto orgánico a favor del liberalismo, lo que demuestra la fragilidad del sistema democrático, atrapado aún por el caudillismo y la oxidación partidaria. ¿Soluciones? Varias. Pero sin duda aquélla que sea capaz de aglutinar una alianza política amplia, con un liderazgo renovado capaz de competir con un sandinismo consciente, igualmente, de la necesidad de la renovación.
Ésta vendría a ser la alternativa más viable para romper el cacicazgo del arnoldismo y el orteguismo, más allá de las encarcelaciones, difamaciones, acusaciones, señalamientos y pactaciones de uno u otro en el transcurrir de la vida nacional y en la influencia decisoria de los mismos en los futuros comicios.
Estas circunstancias, sumadas a las actuales en las que sobresalen el desmedro de la clase política, el desencanto popular y hasta la experiencia electoral de El Salvador, donde la derecha arenista pulverizó los quebrantados huesos de una izquierda, el FMLN, reacia a los cambios, obligan enardecidamente a replantear en Nicaragua el norte de la clase política en todas sus expresiones.
El líder liberal más connotado de los noventa, Arnoldo Alemán, llegó al poder con los fantasmas reales de ese totalitarismo y de ese miedo engendrado en la ciudadanía por los excesivos abusos que cometió el sandinismo en diez años de gobierno. Alemán llegó a convertirse en un abanderado del antisaninista, propiciando un extremismo ideológico distante de un auténtico sistema democrático proclive a la tolerancia partidaria y hacia cualquier signo ideológico.
El ex presidente Alemán se convirtió en un caudillo por su extremismo, su autoritarismo y su intolerancia, retroalimentando la confusión Estado-partido, contrario al comportamiento de la ex mandataria Violeta de Chamorro quien propició la convivencia política en medio de difíciles momentos de transición, y que actualmente es la vía que retoma el presidente Enrique Bolaños.
Todas estas fisuras en el enclenque entramado socio político demuestran la fragilidad democrática, sustentada por la carencia de un auténtico desarrollo institucional, el cual, no obstante, propicia la oportunidad histórica en la visión sobre el destino de nación que se requiere y este inevitablemente debe empezar por la modernización de la estructura partidaria en todas sus categorías.
Hasta el momento las alianzas democráticas han tenido efecto únicamente de cara a las contiendas electorales para derrotar al sandinismo. Sin embargo, éstas, una vez alcanzado el objetivo, se desmoronan tras las típicas divisiones promovidas por el espíritu individualista, la sed de poder y la estrecha visión de nación proveniente tanto de sus grupúsculos como de sus líderes principales.
Bajo ningún período presidencial se ha promovido tanto el eje anticaudillista como ahora, sobre todo cuando mediante la aprobación legislativa de leyes económicas —y no decretos—, trascendentales aprobadas en los últimos dos años, empieza a percibirse gracias al impulso presidencial y al consenso parlamentario, un equilibrio institucional que si bien es cierto resulta aún incipiente, crea desde ya las bases para una continuidad y legitimidad del sistema democrático.
Nicaragua requiere de una auténtica reforma institucional, moral y política. Y la ruta más adecuada para alcanzarlas es a través de la renovación partidaria como pivote escénico de la conducción social.
Para ello, existe una amplia gama dirigencial que va desde dirigentes como José Rizo, Eduardo Montealegre, José Antonio Alvarado, Pedro Joaquín Chamorro, Alejandro Fiallos, Miguel López, William Báez, Pedro Solórzano o Wilfredo Navarro, entre tantos otros provenientes del libero conservatismo; y otras que aterrizan: desde el sandinismo disidente como Joaquín Cuadra, Sergio Ramírez o Rafael Córdoba entre muchos más, y para quienes sería más atractiva la disputa cívica, electoralmente hablando, si llegara el sandinismo a abrir la gasa para líderes sin tanto olor a charreteras y a pólvora envejecida, como Alejandro Martínez Cuenca, Dora María Téllez o Víctor Hugo Tinoco.
Ésta vendría a ser la práctica evolutiva más importante desde el inicio de la transición democrática iniciada en 1990, la cual estaría sustentada cívicamente por la ciudadanía, puesto que parte del malestar político existente proviene del caudillaje imperante. De este grupo generacional, así como de otros como ex contras o de partidos eventualmente no de masas, como el Social Cristiano, Social Demócrata, o evangélicos como Camino Cristiano, depende la democracia participativa del nuevo presente y, claro está, de poner fin al tenebroso episodio del atraso y la pobreza crecida a la sombra del caudillo, ciega de un mejor futuro.
El autor es escritor y periodista.