El juicio de Jesucristo

Mario Ruiz Castillo

Una sociedad sin crimen es como un jardín sin flores: inconcebible. Así introduce su libro Estrategia judicial en los procesos políticos, Jacques M. Vergés.

Relata también que un anuncio en el periódico sobre la comisión de un delito puede poner en marcha un engranaje y el cuestionamiento sobre un problema determinado; llegándose hasta el caso de un replanteamiento de comportamientos sociales, económicos o administrativos que se consideraban normales o no se percibían o con la suficiente fortaleza.

Cotidianamente oímos de casos de violaciones a menores, que implican no sólo el procesamiento de los presuntos culpables, sino un reflexionar sobre el comportamiento social establecido, a partir de ese momento nos enteramos que algo está mal, no sólo en ese individuo sino en la sociedad en general.

Basta una simple presunción para desencadenar toda una red muy bien montada, que comienza a derrumbarse o hundirse como un barca, en donde la sumersión es sólo cuestión de tiempo, al final todo va al fondo del mar y únicamente se salvan aquéllos que con antelación toman sus salvavidas y se lanzan al agua, porque aún con el peligro de los tiburones y las frías aguas, las posibilidades de conservar la vida son mayores que permanecer en el barco que se hunde.

La función de un proceso penal es regular las contradicciones entre el individuo y la sociedad: la sociedad pretende siempre la enmienda, la reintegración, el perdón y recuperar al hijo pródigo. No debe el juez confundir al presunto delincuente como un enemigo de la ley; sino permitirle que el acusado se rinda revelándose a sí mismo.

El estilo de un proceso es determinado por la actitud del procesado hacia el orden público, si éste acepta las reglas del juego el juicio es posible, si lo rechaza es un proceso de ruptura. Pero para rechazarlo tiene que estar en contra no de las personas que personifican un sistema judicial, sino del sistema mismo y ello sólo es posible cuando el procesado desconoce el sistema imperante, porque desea instaurar otro en su lugar. Por ello Jesús no pudo ser defendido por un abogado, ya que sabía que había sido condenado de antemano por el Sanedrín: estaba desconociendo un orden establecido y buscaba cambio, en cambio uno de los que están a su lado en la cruz, acepta el sistema, pero lo transgrede, delinque y está sujeto a la autoridad, a la cual desprecia y teme al mismo tiempo; insulta a su compañero de infortunio y a todo lo que le rodea.

El juicio de Jesús es político, como lo fue el de Sócrates, Regis Debray, Juana de Arco y el capitán Dreyfus; para los dos que lo acompañan en su martirio, es consecuencia de sus actos y un juicio ordinario. El juicio político implica valores, equivocados o no; el ordinario conlleva interés material, abuso de poder y confianza, engaño y simulación. En el juicio político no importa la suerte del procesado, siempre será victorioso y pasa a la posteridad; en el proceso ordinario la condena o absolución del reo, vital para él, es irrelevante para la sociedad, que únicamente aprueba o desaprueba la sentencia judicial.

Barrabás (condenado a muerte) es liberado por una tradición de la época y pasa a la historia en libertad pero cargando su denigrante insignia.

El autor es jurista.

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