Alina Lorío L.CORRESPONSAL/ OCOTAL
La calma que se vive en el pueblo El Jícaro, se vio alterada este domingo después que la fanaticada del beisbol en la final del campeonato Mayor A, armó tremenda trifulca donde los agentes policiales llevaron la peor parte.
Todo empezó cuando a las tres de la tarde de este domingo, el pelotero Norwin Osorio de la tercera base del equipo de El Jícaro, en una apelación trata de confundir al árbitro sobre una jugada de sacrificio de tercera a home impulsada por Carlos Herrera, pelotero del equipo de Totogalpa.
El árbitro Francisco López mantuvo que Herrera había salido bien hacia el home play, lo que provocó que Osorio evidentemente exaltado por la decisión, lanzara la pelota fuera del estadio, según el relato de Ramón Gutiérrez Ulloa, cronista deportivo y directivo de la Federación de Beisbol en Nueva Segovia.
El árbitro principal, Rubén Guillén, expulsó del juego a Osorio, y el manager del equipo de El Jícaro, Manuel Amador, protestó fuertemente y después de discutir por varios minutos, amenaza con seguir jugando sólo si Osorio no es expulsado. El árbitro principal mantuvo su decisión.
La fanaticada de El Jícaro, sentada en las gradas, empezó a protestar golpeando el zinc, halando la malla y se armó una especie de trifulca entre fanáticos de El Jícaro y de Totogalpa.
Gutiérrez relató que un policía que se encontraba en la gradería, cuando miró el pleito, intervino y recibió un golpe de un fanático que fue capturado una vez que el agente reaccionó.
FORCEJEO CON LOS AGENTES
Los demás fanáticos empezaron a forcejear con el uniformado para que no se llevara detenido al fogoso jicareño. Dos policías más van en auxilio de su compañero y los fanáticos la arremeten contra ellos, agregó nuestro informante.
Uno de los agentes, para cubrirse empieza a tirar golpes con un bate, pero no le valió y pudo más la fanaticada furiosa, que dejó a los policías en el suelo. Desde ahí uno de ellos lanzó una bomba lacrimógena con la intención de disolver el tumulto.
Ante los estragos de la bomba, hombres, mujeres, niños y hasta mujeres embarazadas intentan salir al terreno de juego, pero la puerta estaba enllavada, por lo que tuvo que ser forzada por un ciudadano.
La actuación se revierte en ese momento contra la Policía, el origen del conflicto quedó en el olvido. Algunos fanáticos enardecidos exigían la humanidad del policía que tiró la bomba, para masacrarlo.
En ese momento el comisionado Marenco, manager del equipo de Totogalpa, trata de mediar con los fanáticos, al igual que el ingeniero Luis Sarantes, alcalde de El Jícaro y logran medio apaciguar los ánimos en el estadio.
Pero, el policía que había tirado la bomba lacrimógena muy nervioso todavía sacó su pistola y la manipuló frente a los ciudadanos enardecidos. Más se encolerizó la gente.
El alcalde y otros ciudadanos logran que los peloteros de Totogalpa y el vehículo del comisionado Marenco salgan del estadio. Después, una patrulla llegó de refuerzo con otros cinco policías para la protección de los demás agentes que se encontraban en el estadio, pero fueron recibidos a pedradas, botellazos y acorralados, logrando en esa guerra campal salir hacia su unidad.
PATRULLA DESTRUIDA
Hasta la unidad policial fueron seguidos y prácticamente sitiados por la fanaticada de El Jícaro. En el lugar le pegaron fuego a una bicicleta propiedad de la Policía Nacional y ésta en llamas se la tiraron al vehículo patrulla, al que ya habían desbaratado sus vidrios y carrocería, exigiendo siempre al policía que había tirado la bomba.
Los ánimos caldeados desde las tres de la tarde, fueron desvaneciendo a eso de las siete de la noche aproximadamente, cuando una comisión local compuesta por el padre Carlos Fonseca, de la Iglesia Católica y el alcalde, intervino.
Se dice que la fanaticada extralimitó sus actuaciones cuando por personas irresponsables conocieron de la supuesta muerte de un niño y varias mujeres embarazadas desmayadas que presuntamente eran atendidas en el centro de salud de la localidad, lo que fue demostrado como falso por la misma comisión, que finalmente logró apaciguar a los jicareños enardecidos.
UN DÍA DESPUÉS
A eso de las 11 de la mañana de este lunes una comisión conformada por el alcalde, el sacerdote, la delegada del MECD, el juez único local y los jefes policiales subcomisionado Julián Lumbí, teniente Nicolás Chavarria y el jefe de la unidad en El Jícaro, negociaron la liberación de por lo menos 20 implicados en los hechos.
La negociación finalmente logró la liberación de ocho, entre los primeros 10 detenidos, pero estuvo marcada por señalamientos drásticos contra la Policía Nacional externados por el mismo ingeniero Luis Sarantes, alcalde de El Jícaro, quien dijo justificar la actitud de la población en el estadio municipal.