La esclavitud, del brazo con la majestad

Rafael Ibarguren

Hay acontecimientos importantes que marcan los anales de la humanidad con sello indeleble. Para bien o para mal. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, el crimen de Caín, el diluvio universal o la promesa hecha a Abraham. Ya en la Era Cristiana, el descubrimiento de América, la llegada del hombre a la Luna o ¡qué sé yo! la destrucción de las Torres Gemelas: cosas tan dispares como destacadas. Son hitos de la historia.

Entretanto, nada —ni de lejos— llega a tener la trascendencia de la anunciación del ángel a María y la encarnación del Verbo en la plenitud de los tiempos. Es lo que celebra el calendario litúrgico hoy 25 de marzo.

La Encarnación es la originalidad divina del cristianismo. Dios —la Segunda Persona de la Santísima Trinidad— toma nuestra naturaleza y nos eleva a la divinidad. El misterio-realidad de Dios hecho hombre es la clave de comprensión de toda la historia de la salvación.

La espiritualidad de la Iglesia en Occidente tiende a ver en la encarnación a la Divinidad que se hace humana, pequeña, frágil. En el Oriente, predomina la idea de que la humanidad se diviniza. Ambas cosas son, por cierto, verdaderas, pero la idea del Oriente, cuna del cristianismo, es más definitiva: lo inferior y despreciado es elevado y capacitado para ser portador de vida divina.

Por la gracia de Cristo pasamos a ser hijos de Dios y, si somos consecuentes con nuestro bautismo, confundiremos nuestro destino con el del propio Dios en la gloria.

El Evangelio de San Lucas relata con una simplicidad encantadora el hecho inmenso que meditamos en el primer misterio gozoso. No resisto al deseo de transcribirlo para edificación de los lectores:

En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado a una ciudad de Galilea llamada Nazareth, a una Virgen desposada con un hombre llamado José, de la Casa de David; y el nombre de la Virgen era María. Él entró en su casa y le dijo: “Dios te salve María, llena de gracia, el Señor es contigo”. Al oír estas palabras ella se turbó y se preguntaba qué significaría aquel saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. He aquí que concebirás y darás a luz a un Hijo, al que pondrás por nombre Jesús. Él será grande y se le llamará Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; Él reinará sobre la casa de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin”. María dijo al ángel: “¿Cómo sucederá esto, puesto que no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño será santo y será llamado Hijo de Dios. Figúrate que Isabel, tu prima, acaba de concebir también ella un hijo en su vejez; y está en su sexto mes aquélla a quien llamaban estéril, porque nada es imposible para Dios”. María dijo entonces: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y el ángel la dejó (Lc. 1, 26-38)

María, esa providencial Virgen de Nazareth, fue así asociada íntimamente a la historia de la salvación. Ella está colocada en el centro de los designios del Creador y su grandeza le viene de la participación en los planes de Dios.

Estamos en Cuaresma, es el tiempo que nos prepara para la Pascua (y no, como se cree a menudo, para la Pasión y Muerte de Jesús) La Pascua es la resurrección de Jesús, el paso de la muerte a la vida; es la fiesta de las fiestas.

En la Encarnación debemos considerar la semilla de la resurrección con la cual queda sellada la divinidad de Jesús. También ver en el misterio de la Encarnación el origen de la multitud de dones que Nuestro Señor nos da a diario, entre los cuales se destaca la Sagrada Comunión: no tendríamos la Eucaristía si María no hubiera dado su carne a Jesús.

Veamos, pues, en este día bendito en que Cristo se hizo hombre en las entrañas purísimas de la Virgen, cómo la grandeza y la majestad están en armonía con la humildad y la simplicidad. ¡Y qué magnífico son los ejemplos que nos dan la Madre y el Hijo al someterse a los designios eternos! Ella se declaró “la esclava del Señor”. Y de Jesús, nos dice el Apóstol que “a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos” (Fl. 2, 6-7)

* El autor es miembro de la Asociación de Fieles de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio.

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