- Rossemary Mejía, nica y sargento del Ejército de Estados Unidos, narra lo crudo de estar en Irak
José Adán Silva
Es muy joven y su aspecto más que el de una militar del Ejército de Estados Unidos, es el de una estudiante universitaria de alguna Facultad de Medicina. Sus manos son medianas, y así a simple vista, no pareciera que por ellas se hayan escurrido litros de sangre ni que hayan suturado las pieles rasgadas de compañeros de armas y civiles víctimas de lo que los norteamericanos suelen llamar “daños colaterales”.
Se ve sincera y no se ufana de decir que es valiente por haber participado en esa guerra a la que miles de opusieron en todo el mundo, pero a leguas se le nota el orgullo por haber cumplido su misión.
Rossemary Mejía, una joven de 20 años nacida en Nicaragua de padres nicaragüenses, pero que se crió en Estados Unidos, a donde emigró desde muy chica, prestó un año de servicio en la guerra de Irak: del 29 de febrero del 2003 al 22 de febrero del 2004.
Su rango es sargento y, aunque vistió el uniforme y cargó su fusil, no disparó una sola vez, ya que se desempeñó como asistente médico del 101 Airborne, División de Asalto.
Ella estuvo inmediatamente detrás de la línea de fuego, no muy lejos, atendiendo a los soldados y civiles heridos por el fuego de ambos bandos. Ahora está en Nicaragua de vacaciones, visitando a su padre, Miguel Mejía.
CASADA CON SUS IDEAS
“Participar en una guerra es una de las experiencias más duras que puedan existir en la vida, pero es una de las pocas oportunidades que la vida te da para demostrar el coraje para ayudar a quienes pelean al lado tuyo”, dice esta joven militar, quien los últimos seis meses de su misión soportó los calores infernales de Mosul, ciudad al norte de Bagdad, y la tercera más grande de Irak.
Mejía, quien no se atreve a juzgar a nadie que haya desertado de ese Ejército, por aquello de que cada quien es dueño de sus criterios, se limita a resaltar la labor que ella y otros compañeros de armas hicieron en tierras iraquíes.
“Con los que trabajé fueron dignos, firmes, llegaron a hacer un trabajo y lo terminaron de hacer conmigo, todos sabían a que iban y, aunque fue duro, cumplieron; muchos murieron, pero todos los que entramos en un Ejército sabemos que existe ese riesgo”, dice, sin olvidar la incertidumbre de aquel mes de enero del 2003, cuando le dijeron que estuviera lista para partir a misión.
“No tuve nada que decir sobre eso, soy subordinada, tenía que hacer un trabajo y cumplir”, dice, aparentemente convencida de sus palabras.
INCERTIDUMBRE PERMANENTE
Tarde o temprano, entra en la entrevista el tema de los desertores y ella, en un inicio, evita el tema, pero luego opina brevemente. “Allá se siente miedo, las bombas explotan cerca y diario se oyen explosiones, pero sólo el que ha aceptado ir allá por su propia voluntad puede evitar eso. Yo sé que uno firma un contrato para entrar al Ejército; todos los que firman, saben a qué se atreven, no es un juego”, dice. Ahora, más que estar casada con un marine, parece estar casada con sus convicciones militares.
Para esta joven, que cree en sus ideales a pesar de no ser norteamericana de naturaleza, lo más duro de la guerra es la angustia de la familia y la incertidumbre sobre si regresará o no.
ALLÁ, DONDE LA ANGUSTIA DUELE
Una vez la alarma sonó por la presencia de misiles en el aire y todos tuvieron que correr a los refugios. Las bombas cayeron cerca con un ruido ensordecedor y nunca pensó que se acostumbraría a ello. “A cada rato se oyen explosiones, las balas silban, siempre estábamos alertas, aun en posición defensiva”, recuerda.
“Pero lo más duro es estar separado de la familia; uno no se puede comunicar por razones de seguridad, uno sabe que al menos por un año no verá a tus familiares y no sabes si ellos alguna vez te volverán a ver…, la angustia de ellos duele y sólo le pides a Dios que se haga su voluntad”, dice Mejía.
Y así, recuerda que el temor siempre estuvo allá, todos los días, a cada momento. “Lo mejor es no pensar en eso, sino tratar de hacer bien las cosas para regresar a casa”, dice sonriendo con una sonrisa de muchacha universitaria, que desaparece y da lugar al gesto castrense cuando habla de su trabajo.
“Yo no recetaba pastillas o trataba enfermos, ayudaba a curar heridos, personas a las que acababan de ametrallar, a quienes les explotó una bomba… cosas de emergencia”, dice, con la cara encendida por el recuerdo de aquellos días en que el polvo lo cubría todo y tenía que suturar pieles rasgadas en campamentos llenos de sangre, donde la temperatura superaba los 40 grados.