Joaquín Absalón Pastora
Los sollozos peregrinan como raudales sobre la faz cada vez que hay Pasión de Cristo. El dolor habita la memoria cuando la luna promueve su luz o cuando las nubes están envueltas en su ceremonia nostálgica. En ese combinado ambiente transcurre Semana Santa, una tradición inmortal no obstante las filtraciones paganas. ¿Podrán morir más de dos mil años de recordación? No, no pueden morir.
Uno de los motores que conduce al sufrimiento es la modernidad de los gigantes electrónicos que el hombre ha puesto valiéndose de su inteligencia, entre los cuales está el cine de no interrumpido sostenimiento.
La pasión está en todas las pantallas —en las chicas y en las grandes— entre lo razonable y lo técnicamente sensacional. En esta síntesis del dolor vuelve el intento de mostrarse el verdadero rostro sin que ello ocurra a pesar de la insistencia imaginativa de revelarlo haciendo uso de las semejanzas étnicas, del afán de reconstruirlo a través de las computadoras y de las aplicaciones forenses basadas en la integración craneana de la época, a pesar de todas las recurrencias de la iconografía, a pesar de la crispante publicidad, a pesar de todo, nada ni nadie reducirá la intensidad enigmática del rostro de Cristo. Será para siempre un misterio.
Desde que el celuloide tira sus rasgos —luminosos y sombríos— se ha pretendido presentar al auténtico. Durante el transcurso de tantos años adoloridos, cada versión valora su genuinidad. Este afán se ha convertido en una irrefrenable instrumentación que ha convocado a miles de devotos desesperados por iniciar el gimoteo desde el momento prematuro de ponerse en las filas con firme voluntad.
El movimiento de la reconstrucción cinematográfica está avivado en no pocos casos por el deseo material de aprovecharse del sacrificio eterno, de la causa liberadora cuyos efectos, por el contrario, han producido a nuevos Midas tocando para palpar y gozar las vertientes del oro de las terribles tragedias.
Desembocamos —no por una sino por todas— en la abundancia de las figuras y de las alegorías distinguidas —una de otras— por las innovaciones llamativas, latentes en la imaginación del sujeto creador como las de introducir los postulados orales fidedignos de la época: el arameo y el latín. En el comienzo fue el simbolismo, el lenguaje clandestino con el mudo testimonio del pan y de la uva. La alusión estaba sobre los atributos y no en la imagen.
De vuelta a las páginas del teólogo, particularmente de Puig, se advierte que todo ese desborde de descubrimiento, de floración renovada del rostro del Mesías, nace del hallazgo del primer retrato encontrado en la antigua catacumba de Calixto (siglo uno) Pero lo más influyente en la diversidad iconográfica es el Sudario de Cristo, conocido también entre los iniciados como la “Santa Sábana”, que según el entendimiento antiguo estuvo sobre el rostro de Jesús desde el Viernes Santo, con la que tienen cercana o lejana afinidad la características de la larga cabellera. Nunca han puesto sobre los ojos —creo— al Cristo “pelón” ni para querer complacer el ego sapiente de los calvos. A ese extremo no llega el divorcio con los cánones clásicos del ayer profundo.
Las multitudes lloran más que nunca. El cine es un templo donde se solloza, donde la función didáctica del arte establece que llorar es purificante y reflexivo, donde se dice que cuando resbala una gota queda inaugurada la lectura constructiva de una nueva página.
Qué película podría ufanarse de lucir al mejor Cristo entre tantas realizadas en homenaje a las efemérides. La historia de la estética si fuese invocada por el noble empeño de conocer lo cierto, no daría la respuesta. La impide la libertad de estilos de la recreación en los que se concibe la diferencia hasta en la piel: el cristo moreno, blanco, negro, amarillo, rubio… Cada continente le pone al suyo la coloración de su génesis.
En la severa intimidad del alma pongo como favorito el redescubrimiento de finales de siglo XIX en Turín en la santa congregación.
Mientras tengan vida los rostros, por ellos en cada cara aludida andará la cabalgata de las lágrimas. Los aludidos no pueden ser otros: somos los que en cada sincronización anual celebramos y lloramos La pasión de Cristo.
El autor es periodista.