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La objeción de conciencia
El caso de Camilo Mejía Castillo, el joven de origen nicaragüense que desertó de las fuerzas armadas de Estados Unidos para no volver a Irak, y que esta semana se entregó a las autoridades militares estadounidenses, ha sido convertido en un escándalo político e ideológico de trascendencia internacional.
El asunto es inclusive sensacional, por la prominencia de los progenitores del desertor: el cantautor del FSLN y la revolución sandinista, Carlos Mejía Godoy, y Maritza Castillo, una mujer que participó estelarmente en la sórdida trampa que el régimen sandinista montó en 1982 contra el padre Bismarck Carballo, para desacreditar a la Iglesia Católica y humillar al sacerdote que era entonces uno de los más cercanos al ahora cardenal Miguel Obando Bravo.
El sargento Camilo Mejía Castillo ha justificado su deserción con el alegato de que es objetor de conciencia, lo que tendría inmenso peso moral si acaso fuera cierto. Por definición, objetor de conciencia es aquella persona movilizada militarmente que expresa su convicción pacifista —fundada generalmente en razones religiosas— que le impide participar en acciones de guerra. Pero precisamente por eso objetores de conciencia sólo pueden ser los movilizados obligatoriamente; o sea que si el servicio militar es voluntario no puede alegar objeción de conciencia, porque nadie lo obligó a enrolarse.
En algunos países democráticos donde hay servicio militar obligatorio porque se considera útil para la formación de los jóvenes y beneficioso para la nación, se reconoce la objeción de conciencia pero no se exime al objetor del servicio militar, sino que se le asigna a misiones no bélicas alejadas de los escenarios de guerra. O se exonera al objetor de la participación en el ejército pero debe compensarlo con cualquier forma de servicio civil.
De manera que en el caso de Mejía Castillo no puede hablarse verazmente de objeción de conciencia. Se trata simple y llanamente de una deserción, pues él se incorporó a la fuerza armada estadounidense de manera voluntaria y consciente. Y la deserción se castiga severamente porque se supone que quien abandona un puesto de combate pone en mayor riesgo la vida de sus camaradas de armas que se mantienen firmes y valientes en su posición.
Otra cosa, completamente distinta, es que ningún militar puede ser obligado a cumplir órdenes que presupongan la ejecución de actos bélicos que atenten contra el orden jurídico y la conciencia moral de la humanidad. Desde el Tribunal de Nuremberg (que funcionó del 26 de noviembre de 1945 al 30 de septiembre de 1946) para juzgar a los criminales de guerra nazis que cometieron crímenes contra la humanidad durante la II Guerra Mundial, quedó claramente establecido que nadie puede alegar el principio de la obediencia debida para justificar su participación en crímenes atroces.
Además, ahora que el desarrollo de la doctrina de derechos humanos los ha llevado a su máxima expansión, se discute a nivel internacional si un militar en servicio profesional y voluntario está obligado o no a participar en una guerra que a su juicio e íntima convicción es injusta e injustificada. En Israel han ocurrido recientemente varios casos de militares que se negaron a combatir contra los terroristas palestinos y a reprimir a los combatientes de la Intimada, porque consideran que la posición política de su propio país es injusta y que los palestinos tienen la razón.
Sin embargo, las personas que —con todo derecho— piensan de esa manera pero no fueron obligadas a enrolarse en el Ejército, debieron haberse hecho esas consideraciones antes de convertirse en soldados y firmar un compromiso que, como el militar, tiene que ser rigurosamente cumplido a riesgo inclusive de la propia vida.
Todas las guerras, hasta las defensivas, son injustas e inhumanas. Pero es indigno entrar voluntariamente a un Ejército para recibir los beneficios y privilegios que éste ofrece, y luego, a la hora del combate, desertar con el pretexto de que se es objetor de conciencia. Y no es cierto que para acceder a una carrera universitaria sea obligatorio alistarse en el Ejército de Estados Unidos. Muchos jóvenes de origen nicaragüense se han pagado sus estudios y abierto camino en ese país sin necesidad de hacerse militares, trabajando en las faenas más duras que cabe imaginar.