José Esteban González R.
Desde hace varios años, el acontecer nacional está dominado por una sucesión de duelos a muerte y de acuerdos entre dos caudillos, y esto con un doble objetivo: a) justificar y asegurar su cuota de poder en el seno de sus respectivos partidos; y b) garantizarse mutuamente la impunidad.
Esto ha hecho descender el debate político a niveles mínimos, reduciéndolo a un mero juego táctico para lograr un equilibrio perverso consistente en imponer el propio interés sin dañar a la contraparte más allá del punto en que pudiera enajenarse su colaboración y poner en peligro el acuerdo de mutua salvaguarda.
Los personajes políticos más influyentes consagran sus esfuerzos no en procura del bien común sino del propio interés, mediante un ritual cíclico en que se alternan confrontaciones a muerte, sórdidas negociaciones y complicidades inconfesables.
Presenciamos atónitos el espectáculo bochornoso de servidores incondicionales compitiendo por congraciarse con su dueño. Para ellos, la verdad y la moral no obedecen a cánones conceptuales ni a normas objetivas sino que dependen de sofismas impuestos por el caudillo.
Tal actitud se traduce en la justificación de todos y de cualquier medio para alcanzar fines cuya moralidad no les importa, recurriendo a procedimientos que bordean los límites de la criminalidad.
El pueblo clama por un liberador personal o colectivo que enarbolando la bandera de la dignidad, reivindique el honor nacional.
La perversión amenaza con invadir incluso esferas y personajes que creíamos inmunes a tal contaminación o a tales complacencias; esferas y personajes que por su elevada dignidad, su misión y su experiencia deberían escapar a ese juego de poder y de muerte.
Hemos visto desplomarse figuras egregias, convertidas en mensajeros y mediadores de delincuentes. Han rendido a cambio de nada sus banderas más hermosas, comprometiendo su capacidad y su autoridad para juzgar con serenidad, independencia y con credibilidad incuestionable los hechos y las conductas desde la suprema altura de la humildad y de la caridad. Nicaragua entera lo lamenta y espera que recapaciten y recuperen su independencia frente a intereses de partidos o de grupos de poder.
Hoy es más urgente que nunca redescubrir los fundamentos éticos capaces de guiar a los actores públicos a fin de evitar el hundimiento total del tejido social. Urge iniciar un esfuerzo concertado de todos los hombres, mujeres e instituciones de buena voluntad para restituir la hegemonía de las virtudes cívicas y familiares, a saber: el respeto de la verdad, el cumplimiento de la palabra dada, la autonomía frente a los poderes corruptores, la fidelidad a la recta razón y a la honesta conciencia.
En esa perspectiva, parece conveniente convocar a un encuentro de personas competentes y honestas para diseñar un método y escoger procedimientos científicamente solventes con el objeto de:
1) Identificar los valores y principios esenciales e intangibles en los que deben fundarse nuestras leyes e instituciones y nuestro actuar individual y social;
2) Identificar las amenazas y obstáculos que socavan o destruyen dichos valores y principios;
3. Elaborar un código de ética pública y privada fundado en las raíces de nuestra nacionalidad y de nuestra cultura de esencia cristiana y humanista.
4. Identificar criterios que permitan a los responsables de partidos, del Gobierno y de las instituciones civiles y religiosas detectar sus propios errores para evitarlos o rectificarlos.
Se podrá así generar una cultura del bien, de la excelencia y de la sencillez que ponga en evidencia el efecto corruptor de las ambiciones desmedidas, del consumismo desenfrenado, del lujo desmedido y de mal gusto que caracteriza cada vez más a una clase prepotente que —enriquecida, no por el trabajo honrado y el ahorro sino por la corrupción y la rapiña— despliega caudales mal habidos con vulgaridad e insolencia.
Deberá ponerse nuevamente en valor la nobleza y elegancia propias de la vida honesta y sencilla como ideal de realización personal y colectiva. Sólo así Nicaragua escapará al abismo hacia el cual se precipita, resurgirá de la lastimosa postración en la que se encuentra y será para ella misma fuente de legítimo orgullo al alcanzar con serenidad y seguridad su propia e incorruptible grandeza.
El autor es presidente del Partido Social Cristiano