El limitado acceso a los servicios básicos es parte de las limitaciones de los habitantes del Triángulo Solidario.

Los tugurios de San José Migrantes en penurias

El sueño de tener un trabajo y llevar una vida digna se esfumó para muchos nicaragüenses que emigraron a Costa Rica. Hoy sobreviven en precarios o tugurios del país vecino, en medio de la pobreza y la adversidad Josué Bravo La suerte de muchos nicaragüenses que decidieron emigrar a Costa Rica en busca de mejor […]

  • El sueño de tener un trabajo y llevar una vida digna se esfumó para muchos nicaragüenses que emigraron a Costa Rica. Hoy sobreviven en precarios o tugurios del país vecino, en medio de la pobreza y la adversidad

Josué Bravo

La suerte de muchos nicaragüenses que decidieron emigrar a Costa Rica en busca de mejor fortuna, no ha sido la que ellos anhelaron. Ilusionados por alcanzar el “sueño” tico, llegaron a este país con la esperanza de ahorrar para construir sus casas en Nicaragua, enviar dinero a los hijos para que estudien y regresar a la madre Patria en períodos festivos, como Semana Santa o Navidad, con un poco de dinero.

Sin embargo, miles de ellos al llegar a Costa Rica experimentan una realidad distinta a la que les contaron o se imaginaron antes de partir, porque además de engrosar las filas del desempleo y la pobreza, el acceso a los servicios básicos a menudo se les dificulta aunque estén legales en el país.

Gran parte de esa población emigrante, al no poder pagar los altos costos por alquiler de vivienda se trasladan a precarios asentamientos donde viven sumergidos en condiciones infrahumanas, por el hacinamiento en los ranchos, la insalubridad, inseguridad y a veces el alcoholismo y la drogadicción.

María Teresa Martínez emigró a Costa Rica junto a su pareja, Juan Francisco Ruiz, con la intención de alejarse de la pobreza que la rodeaba cuando habitaba en Granada. Deseaba ahorrar dinero para construirse una vivienda a su regreso a Nicaragua.

Días antes de viajar, hace más de seis años, su ilusión de mejorar se acrecentó cuando una vecina que recién regresaba de Costa Rica le aseguró que ella y su pareja encontrarían trabajo rápido.

“Ha pasado todo este tiempo y mi vida, junto a la de mi familia, poco ha cambiado. Mi esposa y yo estamos desempleados desde hace buen rato. No tenemos domicilio seguro para vivir y nos exponemos a enfermedades virales como el dengue, por las condiciones de insalubridad del vecindario”, se lamenta Ruiz.

María Teresa y Juan Francisco habitan junto a otros siete familiares, entre ellos dos menores de edad, en un rancho de unos seis metros cuadrados, construido a base de restos de madera, cartón y pedazos de zinc, en el asentamiento Triángulo Solidario, ubicado en el sector de Tibás, al noreste de San José.

“Éste es un vecindario como cualquier otro precario de Costa Rica. Se vive con el peligro de los ladrones, el alcoholismo y la drogadicción. Pero hay que destacar que en el caso de los ladrones no siempre molestan”, comenta Martínez.

TEMEROSOS DEL DESALOJO

Según esta familia granadina, últimamente no duermen con tranquilidad porque las autoridades anunciaron que pronto serán desalojados, lo mismo que en otros asentamientos de la capital costarricense, debido a que los terrenos fueron apropiados indebidamente.

Hace tres años compraron el rancho a otros precaristas por el valor de 150 mil colones (cerca de 350 dólares), con apenas la palabra y una firma de por medio. Lo compraron a sabiendas que la propiedad pertenece al Ministerio de Obras Públicas y Transporte (MOPT), que pretende construir una carretera en la zona.

La suerte de esta familia es similar a la que experimentan muchas otras que procuraron mejorar sus condiciones saliendo de Nicaragua, pero no lo lograron. Muchos llegaron para vivir en tugurios.

Estos tugurios se encuentran principalmente en Guanacaste y San Carlos, al Norte; y en Limón, en el Atlántico. También en el Valle Central —San José, Heredia, Cartago y Alajuela— los hay por todos lados.

En estos asentamientos habita una cantidad modesta de “chusma”, como algunos ticos llaman a los nicaragüenses.

En esos precarios se observan niños llenos de lombrices, curtidos por el sol, descalzos y vestidos con harapos como si estuvieran en abandono; casas improvisadas, muchas ubicadas en los márgenes de pendientes y ríos; calles angostas y mal diseñadas, por lo que se convierten en una bomba de tiempo, de acuerdo a las autoridades de salud.

Funcionan durante la noche como pequeñas “ciudades dormitorios”, pues durante el día sus habitantes concurren a la ciudad para trabajar en las construcciones, empresas de seguridad, servicios domésticos y unos pocos en la industria.

Gran parte de los que viven allí duermen en cuartos compartidos construidos a base de ripios, se divierten a medias y se “aprietan” el estómago con tal de ahorrar lo necesario para solventar los problemas del resto de familiares, que se quedaron en su tierra.

LICOR, DROGA Y PANDILLAS

En cambio los “chavalos” o “carajillos”, como los ticos llaman a los adolescentes que escaparon al dominio de sus padres, se convierten en “chapulines” o “pandilleros” que ponen en peligro la comunidad.

Consumen droga y licor, abandonan los estudios y están desempleados. Algunos roban para sustentar los vicios y otros luchan por preservar el territorio que circundan. A veces la Policía los reprime, pero en la mayoría de ocasiones los agentes evitan entrar a lugares donde se ubican los pandilleros, porque los consideran peligrosos.

Por allí no circulan los taxis debido a las amenazas de asalto. El Ministro de Seguridad, Rogelio Ramos, ha manifestado que los precarios son sitios de alta peligrosidad, por lo que la Policía y Migración seguirán haciendo operativos migratorios, como el ocurrido el 30 de enero en La Carpio, donde más de 200 nicaragüenses fueron detenidos.

En Triángulo Solidario habitan unas 500 familias nicaragüenses pobres, según sus pobladores. Las vías de acceso son angostas, caminos polvorientos y quebradizos, sucios, cortos y sin salida, semejantes a un laberinto.

El terreno es un poco desigual, por lo que las casas se sitúan hacia arriba o hacia abajo, pero siempre destartaladas y con muchas aberturas, por donde penetra el calor durante el día, el frío en la noche y la lluvia en invierno.

El acceso al agua potable es limitado. Apenas existen unos cinco puestos donde la gente hace filas junto a sus cubetas. Todos los ranchos tienen energía, pero hay sitios donde el tendido eléctrico se cruza por lo que no se descarta un posible incendio.

ENCERRADOS

Cerca está la ciudad, San José, pero lejos se encuentran los cines, las tiendas, los supermercados, los “mall” y el parque de diversiones. Aunque quisieran visitar estos sitios, para al menos admirar el lujo, los ilegales no siempre pueden hacerlo porque en las calles está la Policía y podrían ser deportados.

Muchos sueñan con el retorno a Nicaragua. “Me gustaría regresar porque en Costa Rica la vida cada vez está más dura. Casi no hay trabajo y lo poco que se gana, hermano, es para comprar los frijoles. También que en mi país la vida se vive distinta, porque no puede haber trabajo ni comida, pero no te morís de hambre, estás con tus amigos, con tu familia”, explica el chinandegano Noel Flores, quien se tituló de agrónomo en Managua pero en San José labora como peón de construcción.

Este sentimiento pareciera tener eco en otros rincones. Angélica Franco, originaria de Diriá, Granada, arribó a Costa Rica hace 11 años.

“Mi esposo toda la vida ha sido zapatero. Alguien nos dijo que si veníamos a Costa Rica mi esposo bien podía poner una tienda de zapatos. Vendimos la casa y nos venimos. Hoy no tenemos ni casa, ni dinero, ni nada. Nos fue mal aquí, no era lo que esperamos. Si Nicaragua se compone yo no dudaría en irme”, dice Franco, quien habita en el asentamiento Los Guidos, en Desamparados, al Sur de San José.

“NO ES GANGA”

La nicaragüense Marta Norori dice estar contenta en Costa Rica. “Yo vine a pasear. Creo que si estuviera en Nicaragua no estaría mejor que aquí. Por lo menos trabajo y de vez en cuando me doy mis gustos. Yo no me voy a Nicaragua porque Costa Rica está mejor”, comenta a pesar de que vive en un destartalado rancho de zinc, en Los Guidos.

“Yo no pienso así —responde Angélica Franco, otra nicaragüense, de Diriá— sigo diciendo que si el país (Nicaragua) se compone me voy porque me voy. Tengo cinco chavalos y dos de ellos estudian y aquí los estudios son caros. No creo que podré obtener dinero una vez que tenga a los cinco chavalos en clases. Podré tener para la comida porque me gusta trabajar, pero no para darles estudio”.

Sin embargo, el retorno de Angélica es incierto y seguirá viviendo en un tugurio de San José. Aunque, según ella, estar en Costa Rica “ahora ya no es una ganga”.

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